Distorsiones
Escrito por Julio Narro - GEA Madrid IIFamilia-Educación - Afectividad-Sexualidad
Con cierta frecuencia se pueden ver algunas señoras maduras guardando turno en la cola para la taquilla de un teatro donde se ofrece el espectáculo de un conjunto de jóvenes esbeltos que salen sin atuendo que cubra sus vergüenzas para hacer las delicias del respetable público. La inmensa mayoría de los viandantes pasa junto a esas señoras sin dar importancia alguna al asunto, pero a veces, alguien, posiblemente alguna persona mayor, queda ligeramente sorprendido y ello es ocasión para plantearse algunas cuestiones.
Cuentan las bisabuelas, de las que queda alguna todavía, como en sus tiempos se daba importancia a mantener en reserva lo que es íntimo de cada persona, tanto de su físico como de su espíritu. Se mantenía un cierto pudor, como tendencia natural a ocultar a la curiosidad de los demás lo que pertenece a la intimidad de la persona o la familia. Y existen fuertes razones para ello, porque desvelar la intimidad -si no es en el propio ámbito- es como perderse a sí mismo. Se entiende que, cuanto más rica es una personalidad, más valora su intimidad. En cambio, las personas carentes de calidad interior, que no tienen nada que guardar, no dan ningún valor a lo que es más suyo y exhiben su intimidad a las miradas de la multitud de curiosos que se entretienen con vidas de escaparate vacías e inconsistentes.
Hay gente para todo, para ser catedrático de universidad y para ser funambulista, y cada uno de ellos merece el mayor de los respetos cuando hace bien su trabajo, pero lo que resulta llamativo es que haya gente que, en lugar de defender la intimidad de su cuerpo y de sus sentimientos con la misma energía con que defiende su monedero, se exhiba a la vista del público y además se muestren satisfechos como si fuera la cosa más natural del mundo. Esa gente no debería confundir la sinceridad o la libertad con la impudicia porque eso sería aplicar unos criterios de comportamiento distorsionados de la realidad.
Es que "lo hacen todos", se dice como excusa. Como si se hubiera extendido la contaminación ambiental de la sociedad y los ecólogos sociales, en lugar de intervenir para atajar los males, dijesen que eso es "modernidad". Lo que sí es moderno, efectivamente, es la televisión y habría que ver como influye para llegar a esta distorsión entre el recato y el desenfreno. Ya se ha comprobado que existen diferencias de conducta entre los clientes asiduos de la televisión y los que apenas la encienden.
Según la llamada "teoría de la cultivación", confirmada por estudios sociológicos, "los grandes consumidores de televisión absorben respuestas televisivas, o sea, imágenes de la sociedad congruentes más con los contenidos televisivos que con las tendencias reales presentes de hecho en la sociedad". Es decir, se comportan según los modos y maneras de los personajes de las series de televisión, y los televidentes pasivos, que han de vivir cerca del adicto a la pequeña pantalla, sean parientes, amigos o conocidos, no tienen otra alternativa que seguir el guión de la película o soportar una conducta distorsionada.
Se ha confirmado una divergencia del conocimiento de la realidad, cada vez mayor, entre los grandes consumidores de televisión y los no consumidores, sobre todo respecto a criterios morales y cuestiones sociales.
Muchas personas, no sabemos si mayoría o minoría silenciosa, pero tan ciudadanos como cualquier otro, sienten como su sentido común se ve continuamente agredido con mensajes mediáticos donde se alienta la promiscuidad sexual de los adolescentes, la simpática acogida a la sodomía, las delicadas tentativas para legalizar la pederastia, el olvido de que el aborto es un delito que solo no está penalizado en ciertos supuestos, la conveniencia de acabar con el viejo inútil y achacoso, la clonación o cualquier negocio de éxito cómodo y rápido.
Es fácil darse cuenta de la perversión de conciencias que se puede alentar con imágenes donde aparezca simpático y atrayente el personaje vicioso y amoral, mientras se muestra ridícula a la figura que se comporta con cierta normalidad. Lo triste del caso es que quien se deja llevar en su conducta por imágenes y opiniones de los modernos medios de comunicación sin contrastar con la referencia de criterios sólidos, anda a la deriva por la vida, es fuente de desventuras y, más que nada, hace notar su falta de formación.
Hace no mucho tiempo, en 1.946, cuando no había televisión, un gran pensador decía: "Cuando la familia y la escuela no han sabido o no han podido cumplir su función específica, se ha producido el fenómeno de la aparición de masas ingentes cuya única educación constante ha sido la que reciben por periódicos, revistas, radio y la fácil lectura." Cualquier padre puede darse cuenta de que la falta de criterios y educación en valores origina unas carencias en sus hijos que, con toda probabilidad, serán causa de su futura desventura. Puede resultar más necesaria la formación que la instrucción y aprendizaje de las cosas.
Comparte esta página en tu red social Seguro que alguien te lo agradece



