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San Josemaría, un gran comunicador

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Escrito por Salvador Bernal

Sociedad - Religión

En el otoño de 1972, tuve ocasión de participar en el montaje de las primeras películas que recogían escenas de la catequesis de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. En la moviola sentí la experiencia clara de que esas imágenes -tomadas al fin, después de vencer su resistencia personal durante años- facilitarían en el futuro un conocimiento directo y vivo del Fundador del Opus Dei, también por la gran capacidad expresiva que denotaban, a pesar de que sólo intentaba hablar de Dios, contestando a las preguntas de sus interlocutores.


Sin duda, se advierte en esa expresividad comunicativa algo específico de su personalidad, inseparable de la gracia de Dios. Como en tantos otros aspectos de su vida y de su doctrina, lo humano y lo divino se funden de tal manera, que no es fácil distinguir si estamos ante un rasgo de carácter o ante la acción eficaz del Espíritu. Pero lo cierto es que Josemaría Escrivá denotaba una profunda formación cultural y doctrinal, adquirida desde el hogar paterno y las primeras lecturas.

FORMACIÓN CULTURAL Y LECTURAS

Don José Escrivá impulsó la afición a la lectura de su hijo, suscribiéndole a un semanario titulado Chiquitín, que más tarde tomó el nombre de Chiquilín. Pronto se fijaría también en las revistas que llegaban al hogar de Barbastro, Blanco y Negro y La Ilustración Hispanoamericana. Y en su momento comenzaría a leer ABC de Madrid, y La Vanguardia de Barcelona, que recibían en casa.

Fue grande su afición a la literatura y a la historia. De sus libros se deduce -aunque a veces prefería no incluir citas expresas- una gran familiaridad con Cervantes y Quevedo, con Tirso o Calderón. Y tuvo siempre muy clara la necesidad de leer la prensa, para estar al día, sin vanas curiosidades. Dio lugar a escenas impresionantes de su vida mística, que aparecen en diversos lugares de sus Apuntes íntimos. Por ejemplo, el 26 de febrero de 1932 escribe: Quiero anotar, porque es algo raro, que Jesús suele darme oración cuando leo la prensa. Y tres días después reconoce con sencillez: El sábado último me fui al Retiro, de doce y media a una y media (es la primera vez, desde que estoy en Madrid, que me permito ese lujo) y traté de leer un periódico. La oración venía con tal ímpetu que, contra mi voluntad, tenía que dejar la lectura: y entonces ¡cuántos actos de Amor y abandono puso Jesús en mi corazón y en mis labios! Y de nuevo un mes más tarde, el 26 de marzo: Es incomprensible: sé de quien está frío (a pesar de su fe, que no admite límites) junto al fuego divinísimo del Sagrario, y luego, en plena calle, entre el ruido de automóviles y tranvías y gentes, ¡leyendo un periódico!, vibra con arrebatos de locura de amor de Dios.

Andando los años, he escuchado cómo le describía don Alvaro del Portillo, impensierito, con la mejilla apoyada en la palma de la mano, en cuanto había comenzado a leer el periódico de la mañana a la hora de su frugal desayuno. Otras veces le sorprendía ver que sacaba del bolsillo su pequeña agenda y tomaba alguna nota: -Son modos de decir, respondía cuando le preguntaba qué había anotado. Don Alvaro recordaba también cómo, ante la bola del mundo con que arrancaban algunos informativos de televisión, su cabeza y su corazón se iban a las necesidades apostólicas en tantos países del planeta... "Leía los periódicos -resumía-, veía el telediario, le gustaban las canciones de amor, rezaba por los astronautas que iban a alcanzar la Luna..."

Luchó siempre para vivir con moderación esa necesaria lectura de la prensa, ganando en orden y aprovechamiento del tiempo. Y deseó escribir en bien de las almas, al menos desde el 7 de agosto de 1931, en que anotaba: A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey. Pero conocía las dificultades, como reconoce dos años después, el 8 de agosto de 1934: Querría, Jesús, escribir muchos libros, pero comprendo que no tendré tiempo.

APOSTOLADO INTELECTUAL

Josemaría Escrivá tuvo conciencia clara de la importancia cultural y doctrinal de los medios de comunicación en el siglo XX, educadores de las masas, más aún que la escuela. Y, en un punto de Camino, 338, que procede de anotaciones de 1932, se refirió a la nueva apología de la fe:
Antes, como los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe.
Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia.
-Tú... no te puedes desentender de esta obligación.

Soñaba con la tarea apostólica que desempeñarían los profesionales de la inteligencia, dispuestos a servir a Dios, frente al non serviam! de tantos, que mucho le dolía ya en 1930. Y en Forja 636 resumió su gran deseo: Hemos de procurar que, en todas las actividades intelectuales, haya personas rectas, de auténtica conciencia cristiana, de vida coherente, que empleen las armas de la ciencia en servicio de la humanidad y de la Iglesia.
Porque nunca faltarán en el mundo, como ocurrió cuando Jesús vino a la tierra, nuevos Herodes que intenten aprovechar los conocimientos científicos, incluso falseándolos, para perseguir a Cristo y a los que son de Cristo.
¡Qué gran labor tenemos por delante!

Así, en los años de Burgos, en plena guerra civil española, sentía la pasión por la formación científica y cultura de la juventud, que resumió en Camino 467: Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios.
-Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo... ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?

Ya en la posguerra, cuando comenzó la Escuela Oficial de Periodismo, no pudo decir que no a su amigo de los años de Zaragoza, Enrique Giménez-Arnau, y se ocupó durante un curso de enseñar Ética y Deontología profesional. Algunos alumnos han dado testimonio sobre las dotes humanas y cristianas de su profesor. Personalmente, considerando escenas de su vida y retazos de sus escritos, me gusta destacar algunos criterios fundamentales. Los señalaré a continuación brevemente, advirtiendo que no siguen ni mucho menos un orden de importancia ni esquema sistemático alguno.

LA PRIORIDAD ES LA PERSONA.

Le importaba por encima de todo la formación de cada uno, mucho antes y más allá de que existieran o no medios de comunicación bien orientados. Promovía el compromiso y la coherencia personal de buenos profesionales, sin confesionalismos, como escribió en Camino 353:

Aconfesionalismo. Neutralidad. -Viejos mitos que intentan siempre remozarse.
¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?


Por eso, impulsó los estudios universitarios de ciencias de la información y, de hecho, incorporó a la Universidad de Navarra un Instituto de Periodismo que daría origen en su momento a una nueva Facultad. Señaló siempre criterios formativos amplios y profundos, como los sintetizados en Surco 428:
Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:
-amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;
-afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...;
-una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;
- y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida.

MÁXIMA LIBERTAD Y PLURALISMO.

Fue una enseñanza constante y neta, al impulsar la acción apostólica de los cristianos y, concretamente, de los fieles del Opus Dei. Baste un resumen, tomado de una homilía en Es Cristo que pasa (124), en el contexto de la parábola de la cizaña, que tantas veces empleó para animar positivamente a los creyentes: ¿Qué hacer? Os decía que no he procurado describir crisis sociales o políticas, hundimientos o enfermedades culturales. Con el enfoque de la fe cristiana, me vengo refiriendo al mal en el sentido preciso de la ofensa a Dios. El apostolado cristiano no es un programa político, ni una alternativa cultural: supone la difusión del bien, el contagio del deseo de amar, una siembra concreta de paz y de alegría. Sin duda, de ese apostolado se derivarán beneficios espirituales para todos: más justicia, más comprensión, más respeto del hombre por el hombre.

ESPÍRITU POSITIVO.

Frente a posibles lamentaciones estériles, que rechazaba con fuerza, animaba a ahogar el mal en abundancia de bien. Aplicaba el símil evangélico del fermento en la masa, al menos desde junio de 1930, para describir un aspecto nuclear del Opus Dei: Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos! Entrega silenciosa. Desarrolló esa idea central en muchos lugares, a lo largo de los años, como en este pasaje de Amigos de Dios (257-9:
Nosotros queremos seguir al Señor, y deseamos difundir su Palabra. Humanamente hablando, es lógico que nos preguntemos también: pero, ¿qué somos, para tanta gente? En comparación con el número de habitantes de la tierra, aunque nos contemos por millones, somos pocos. Por eso, nos hemos de ver como una pequeña levadura que está preparada y dispuesta para hacer el bien a la humanidad entera, recordando las palabras del Apóstol: un poco de levadura fermenta toda la masa (1 Cor V, 6.), la transforma. Necesitamos aprender a ser ese fermento, esa levadura, para modificar y transformar la multitud.

¿Acaso el fermento es naturalmente mejor que la masa? No. Pero la levadura es el medio para que la masa se elabore, convirtiéndose en alimento comestible y sano.


Ese espíritu positivo le llevaba a procurar dar a conocer a las gentes de bien, que tantas veces sufren una cierta conspiración de silencio. Y, al contrario, como escribió en Camino (836): Servir de altavoz al enemigo es una idiotez soberana; y, si el enemigo es enemigo de Dios, es un gran pecado. -Por eso, en el terreno profesional, nunca alabaré la ciencia de quien se sirve de ella como cátedra para atacar a la Iglesia.

OPTIMISMO.

Josemaría Escrivá destacó siempre por su buen humor y su optimismo, lejos de cualquier manifestación de celo amargo. Y con esa visión afrontaba también las grandes cuestiones de la comunicación, en las que uno podría dejarse llevar por el pesimismo, ante la magnitud de la tarea y la presencia de dificultades humanamente insuperables. Por eso, leo con frecuencia, y suelo recomendar mucho el punto 974 de Forja:
Los enemigos de Jesús -y algunos que se dicen sus amigos-, cubiertos con la armadura de la ciencia humana, empuñando la espada del poder, se ríen de los cristianos como el filisteo se reía de David, despreciándole.
También ahora caerá por tierra el Goliat del odio, de la falsía, de la prepotencia, del laicismo, del indiferentismo...; y entonces, herido el gigantón de esas falsas ideologías por las armas aparentemente débiles del espíritu cristiano -oración, expiación, acción-, le despojaremos de la armadura de sus erróneas doctrinas, para revestir a nuestros hermanos los hombres con la verdadera ciencia: la cultura y la práctica cristiana.

AMOR A LA VERDAD.

Como no podía ser menos, Josemaría Escrivá fue un apasionado de la verdad, que debería vertebrar, en concreto, cualquier actuación relacionada con la comunicación y la cultura. Recuerdo bien que el 27 de abril de 1967 consagró el altar -según la praxis de la época- de un Centro del Opus Dei situado en la calle Vitruvio de Madrid, que es también sede de la Oficina de Información de la Prelatura. Comentó luego que le parecía muy adecuada la frase grabada sobre la piedra de ese altar: Hoc facite in meam commemorationem (Lc XXII, 19). Pero que, estando allí la oficina de información, habría quedado muy bien el Veritas liberabit vos de San Juan (VIII, 32). No mucho después, grabamos esta frase a la derecha, centrada en una columna lateral.

Ese amor a la verdad incluía lógicamente la capacidad -la alegría- de rectificar. Basta anotar aquí un párrafo de "Memoria del San Josemaría Escrivá2222", que tanto impresionó al periodista de la SER que me entrevistó en Palma con motivo de la presentación de ese libro: "Precisamente porque era muy franco, nunca tuvo el menor inconveniente en rectificar, cuando se había equivocado, o recibía nuevos datos sobre un problema. Si era necesario, pedía perdón y aclaraba su postura empleando un proverbio: no soy un río que no puede volverse atrás".

CON DON DE LENGUAS.

Para no alargarme demasiado, me limitaré a citar el punto de Forja 634:
Encomiendo de todo corazón, a diario, que el Señor nos conceda el don de lenguas. Un don de lenguas, que no consiste en el conocimiento de varios idiomas, sino en saber adaptarse a la capacidad de los oyentes.
-No se trata de "hablar en necio al vulgo, para que entienda"; sino de hablar en sabio, en cristiano, pero de modo asequible a todos.
-Este don de lenguas es el que pido al Señor y a su Madre bendita para sus hijos
.
De ese don de lenguas dio también ejemplo proverbial don Alvaro del Portillo, que le sucedería en 1975 al frente del Opus Dei. Por eso, me gustó mucho el título que eligió la Universidad Pontificia de la Santa Cruz para el libro que reuniría en un solo volumen infinidad de artículos y discursos del que fue su Gran Canciller: Rendere amabile la verità. En cierta medida, reflejaba la vida entera del que había sido también la persona que mejor encarnó el espíritu y las enseñanzas de San Josemaría.

(Conferencia de D. Salvador Bernal, en las XV Jornadas de AGEA.)



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