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En la muerte de Juan Pablo II

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Sociedad - Religión

Juan Pablo II falleció a los 84 años de edad, el sábado 2 de abril, a las 21,37 horas, según confirmó el portavoz vaticano, Joaquín Navarro Valls. que explicaba que el Santo Padre ha muerto en su apartamento privado, tal y como era su deseo y que se han puesto en marcha todos los procedimientos previstos en la Constitución Apostólica Universi Dominicio Gregis, promulgada por él el 22 de febrero de 1996".

 

 


La confirmación de la noticia a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro –más de cuarenta mil personas- que  rezaban el Rosario para acompañar al Papa, ha sido acogida con profundo pesar.

 

El cardenal polaco Edmund Scoka ha anunciado el fallecimiento a los fieles diciéndoles "acompañemos al Santo Padre". Poco antes las luces de sus dependencias se habían apagado. Poco después, el secretario de Estado del Vaticano ha entonado el De Profundis y posteriormente ha recitado una plegaria ante los fieles.


Las campanas de la Basílica se han puesto a repicar pocos minutos después de las 21.45 horas.

 

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Un gigante de la Historia

Pedro Beteta. Escritor. Autor de libros sobre Juan Pablo II.

 

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Reflexión durante la agonía de Juan Pablo II
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La Sede vacante en la vida de la Iglesia. Guía rápida

Dossier realizado por Marta Lago. Redactora de la agencia de información Zenit

Que, durante el Conclave, todos los fieles recen insistentemente por el nuevo Papa.
Las previsiones de Juan Pablo II en los acontecimientos que va a vivir la Iglesia tras su fallecimiento. Pidió unidad y oración.

La Constitución Apostólica «Universi Dominici Gregis» promulgada por Juan Pablo II no son sólo reglas sobre la vacante de la Sede Apostólica y la elección del Papa; en ella indica la actitud espiritual con que la Iglesia debe afrontar y vivir ese período.

«Durante la Sede vacante, y sobre todo mientras se desarrolla la elección del Sucesor de Pedro –dice el texto, promulgado el 22 de febrero de 1996--, la Iglesia está unida de modo particular con los Pastores y especialmente con los Cardenales electores del Sumo Pontífice y pide a Dios un nuevo Papa como don de su bondad y providencia» (Cf. n. 84).

Juan Pablo II puso de ejemplo «la primera comunidad cristiana, de la que se habla en los Hechos de los Apóstoles (Cf. 1, 14)», indicando que «la Iglesia universal, unida espiritualmente a María, la Madre de Jesús, debe perseverar unánimemente en la oración».

«De esta manera --añadió--, la elección del nuevo Pontífice no será un hecho aislado del Pueblo de Dios que atañe sólo al Colegio de los electores, sino que en cierto sentido, será una acción de toda la Iglesia».

Por ello estableció «que en todas las ciudades y en otras poblaciones, al menos las más importantes, conocida la noticia de la vacante de la Sede Apostólica, y de modo particular de la muerte del Pontífice, después de la celebración de solemnes exequias por él, se eleven humildes e insistentes oraciones al Señor (cf. Mt 21, 22; Mc 11, 24), para que ilumine a los electores y los haga tan concordes en su cometido que se alcance una pronta, unánime y fructuosa elección, como requiere la salvación de las almas y el bien de todo el Pueblo de Dios».

Pero también confió una misión a los cardenales no electores –mayores de 80 años--, de quienes se espera «en particular» que «durante la Sede vacante, y sobre todo durante el desarrollo de la elección del Romano Pontífice, actuando casi como guías del Pueblo de Dios reunido en las Basílicas Patriarcales de la Urbe, como también en otros templos de las Diócesis del mundo entero, ayuden a la tarea de los electores».

¿De qué forma? «Con intensas oraciones y súplicas al Espíritu Divino –aclara el Papa en la introducción de la Constitución Apostólica--, implorando para ellos la luz necesaria para que realicen su elección teniendo presente solamente a Dios y mirando únicamente a la salvación de las almas que debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia».

Del «modo más vivo y cordial» reiteró el Papa esta recomendación a los cardenales no electores (Cf. n. 85) «en virtud del especialísimo vínculo» que los purpurados «tienen con la Sede Apostólica».

 



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