Mensaje de Benedicto XVI en la concelebración eucarística con los Cardenales
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Benedicto XVI ha pronunciado un extenso discurso al término de la Eucaristía que ha concelebrado junto con el colegio cardenalicio. En sus palabras, ha incidido especialmente en el valor de la Eucaristía y el ecumenismo, y ha citado a los jóvenes para el Encuentro de Colonia.(Traducción no oficial del original en latín)
Venerables hermanos Cardenales,
queridos hermanos y hermanas en Cristo,
a todos, hombres y mujeres de buena voluntad.
1. ¡Gracias y paz en abundancia para vosotros! (cfr. 1 Pt `1`, `2`) En mi alma conviven en este momento dos sentimientos encontrados! Por una parte, un sentimiento de incapacidad y de humana turbación por la responsabilidad que ayer me fue confiada como sucesor del Apóstol Pedro en esta sede de Roma, ante la Iglesia universal. Siento viva en mí una profunda gratitud a Dios que, como nos hace cantar la Liturgia, no abandona su rebaño sino que lo conduce a través de los tiempos bajo la guía de aquellos que Él mismo elige como vicarios de su Hijo y los constituye en pastores (Prefacio de los Apóstoles I).
Queridísimos, este íntimo reconocimiento por el don de la divina misericordia prevalece sin embargo en mi corazón. Considero este hecho una gracia especial que me ha sido concedida por mi venerado predecesor Juan Pablo II. Me parece sentir ahora su mano fuerte, que aprieta la mía; me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras, dirigidas en este momento a mí particularmente: “¡No tengas miedo!”
La muerte del Santo Padre Juan Pablo II y los días siguientes han sido para la Iglesia y para el mundo entero, un tiempo extraordinario de gracia. El gran dolor por su muerte y el sentido de vacío que ha dejado en todos nosotros han sido templados por la acción de Cristo resucitado que se ha manifestado durante varios días en la oleada coral de fe y amor y solidaridad espiritual, que culminaron en sus solemnes exequias.
Podemos decir que los funerales de Juan Pablo II han sido una extraordinaria experiencia, en la cual se ha percibido en cierto modo la potencia de Dios que a través de su Iglesia quiere formar con todos los pueblos una familia mediante la fuerza edificante de la verdad y del amor (cfr. Lumen Gentium, 1). En la hora de la muerte, conformado a su maestro y señor, Juan Pablo II ha coronado su largo y fecundo pontificado confirmando en la fe al pueblo cristiano, reuniéndolo en torno a sí y haciendo sentir más unida la entera familia humana. ¿Cómo no sentirse sostenidos por este testimonio? ¿cómo no advertir el aliento que proviene de este acontecimiento de gracia?
2. Sorprendiendo toda previsión mía, la Providencia divina, a través del voto de los venerables Padres Cardenales, me ha llamado a suceder a este gran Papa. Vuelvo a pensar en estos momentos en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo, hace dos mil años. Me parece estar escuchando las palabras de Pedro: “Tu eres Cristo, el Hijo de Dios vivo”, y la solemne afirmación del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (...). Te daré las llaves del reino de los Cielos”. (Mt 16, 15-19).
¡Tú eres el Cristo! ¡Tú eres Pedro! Creo revivir la misma escena evangélica. Yo, sucesor de Pedro, repito con emoción las palabras del pescador de Galilea y escucho la tranquilizadora promesa del Maestro. Si es enorme el peso de la responsabilidad que se vuelca sobre mis pobres hombros, más inmensa es la potencia divina con la cual puedo contar: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Eligiéndome como Obispo de Roma, el Señor me ha escogido como su Vicario, como piedra, sobre la cual todos se puedan apoyar con seguridad.
A Él pido que supla la pobreza de mis fuerzas, para que sea valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones de su Espíritu. Me dispongo a llevar a cabo este peculiar ministerio al servicio de la Iglesia universal con humilde abandono en las manos de la Providencia de Dios. Es en primer lugar a Cristo, a quien renuevo mi total y confiada adhesión. ‘In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!’.
A ustedes, señores Cardenales, con agradecimiento por la confianza demostrada en mi, os pido que me sostengáis con la oración y con vuestra constante, activa y sabia colaboración. Pido también a todos mis hermanos en el episcopado que estén junto a mí con su oración y consejo, para que pueda ser verdaderamente el ‘Siervo de los siervos de Dios’. Así como Pedro y los otros apóstoles constituyeron por querer del Señor un mismo colegio apostólico, igualmente el Sucesor de Pedro y los Obispos sucesores de los Apóstoles –el Concilio lo ha reafirmado con fuerza (cfr. Lumen Gentium, 22)- deben permanecer estrechamente unidos entre sí. Esta comunión colegial, respetando la diversidad de funciones del Romano Pontífice y los Obispos, está al servicio de la Iglesia y de la unidad en la fe, de la cual depende en notable medida la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Por este camino, por el que han avanzado mis venerados predecesores, deseo proseguir también yo, preocupado únicamente por proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo.
3. Tengo presente en particular el testimonio del Papa Juan Pablo II, que deja una Iglesia más ilusionada, más libre, más joven. Una Iglesia que, según sus enseñanzas y ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro. Con el gran Jubileo, la Iglesia se ha introducido en el nuevo milenio llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a través de la autorizada relectura del Concilio Vaticano II. Justamente el Papa señaló al Concilio como la brújula que nos orientará en el amplio océano del tercer milenio (cfr. Carta Apost. Novo Millenio Ineunte, 57-58). También en su testamento espiritual anotaba: “Estoy convencido de que por mucho tiempo las futuras generaciones acudirán a las riquezas que el Concilio del siglo XX nos ha legado” (17.III.2000).
También yo, por tanto, al prepararme para el servicio propio del Sucesor de Pedro, quiero afirmar con fuerza la decidida voluntad de proseguir el esfuerzo de aplicación del Concilio Vaticano II, sobre la estela de mis predecesores y en continuidad con la bimilenaria tradición de la Iglesia. Precisamente este año celebraremos el 40º aniversario de la conclusión de la Asamblea Conciliar (8 diciembre 1965). Con el paso de los años, estos documentos conciliares no han perdido actualidad, más bien sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes en relación a las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada.
4. De manera significativa, mi Pontificado se inicia mientras la Iglesia está viviendo un Año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no reconocer en esta providencial coincidencia un elemento que debe caracterizar el ministerio al cual he sido llamado?. La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, debe constituir el centro permanente y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado.
La Eucaristía hace constantemente presente a Cristo resucitado que continúa dándosenos, llamándonos a participar del banquete de su Cuerpo y de su Sangre. De la plena comunión con Él, surge todo elemento de la vida de la Iglesia. En primer lugar, la comunión entre todos los fieles, el empeño de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y pequeños.
En este año, por tanto, deberá ser celebrada con particular relevancia la Solemnidad del Corpus Christi. En agosto, la Eucaristía estará en el centro de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia; y, en octubre, en la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se centrará en el tema de ‘La Eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia’. A todos pido que intensifiquen en los próximos meses el amor y la devoción a Jesús Eucaristía y que expresen de modo claro la fe en la presencia real del Señor, sobre todo mediante la solemnidad y la corrección de las celebraciones.
Lo pido de modo especial a los sacerdotes en los cuales pienso de modo especial en estos momentos con gran afecto. El sacerdocio ministerial ha nacido en el cenáculo, junto con la Eucaristía, como tantas veces ha subrayado mi venerado predecesor Juan Pablo II: “La existencia sacerdotal debe tener como título especial una forma eucarística”, escribió en la última carta del Jueves Santo (n.1). A este fin contribuye, ante todo, la devota celebración cotidiana de la Santa Misa, centro de la vida y de la misión de todo sacerdote.
Alimentados y sostenidos por la Eucaristía, los católicos tienen que sentirse estimulados a dirigirse a la plena unidad que Cristo ardientemente deseó en el Cenáculo. De este supremo anhelo del Maestro divino, el Sucesor de Pedro sabe que debe hacerse cargo de un modo especialmente particular. A él le ha sido confiado el deber de confirmar a sus hermanos (cfr. Lc 22, 32).
Con plena conciencia, al inicio de su ministerio en la Iglesia de Roma, que Pedro regó con su sangre, el actual Sucesor asume como empeño principal el trabajar sin ahorro de energías por la reconstitución de la plena y visible unidad de todos los discípulos de Cristo. Esta es su ambición, este es su imperioso deber. Es consciente que para esto no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos, hacen falta gestos concretos que entren en las almas y remuevan las conciencias, solicitando de cada uno aquella conversión interior que es el presupuesto de todo progreso en el ecumenismo.
El diálogo teológico es necesario, la profundización en las motivaciones históricas de las elecciones sucedidas en el pasado es también indispensable. Pero lo que urge mayormente es aquella “purificación de la memoria”, tantas veces invocada por Juan Pablo II, que ella sola puede disponer a las almas para acoger la plena verdad de Cristo. Es delante de Él, Supremo Juez de todo ser vivo, donde cada uno de nosotros debe ponerse, con la conciencia de tener un día que dar cuentas de cuanto se ha hecho y cuanto no se ha hecho en relación al gran bien de la plena y visible unidad de todos sus discípulos.
El actual Sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esta pregunta, y está dispuesto a hacer cuanto esté en su poder para promover la fundamental causa del ecumenismo. Sobre la estela de sus predecesores está plenamente determinado a cultivar toda iniciativa que pueda parecer oportuna para establecer los contactos y el entendimiento con los representantes de las diversas comunidades eclesiales. A ellos envío en esta ocasión mi más cordial saludo en Cristo, único Señor de todos.
6. Vuelvo con la memoria a la inolvidable experiencia vivida por todos con ocasión de los funerales del llorado Juan Pablo II. Alrededor de sus restos mortales, dispuestos sobre la tierra desnuda, se han congregado los jefes de las naciones y personas de todos los sectores sociales, y especialmente jóvenes, en un inolvidable abrazo de afecto y admiración. El mundo entero le miró con confianza. A muchos ha parecido que esta intensa participación, amplificada hasta los confines de la tierra por los medios de comunicación social, fue como un clamor universal de ayuda dirigida al Papa por parte de la Humanidad actual, que turbada por las incertidumbres, se preocupa por su futuro.
La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma el compromiso de reproponer al mundo la voz de Aquel que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). En el comienzo de su ministerio, el nuevo Papa sabe que su tarea es hacer resplandecer delante de los hombres y mujeres de hoy la luz de Cristo: no su propia luz, sino la de Cristo.
Con esta conciencia, me dirijo a todos, también a aquellos que siguen otras religiones o que simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y todavía no la han encontrado. A todos me dirijo con sinceridad y afecto para asegurarles que la Iglesia quiere continuar tejiendo con ellos un diálogo abierto y sincero, a la búsqueda del verdadero bien del hombre y de la sociedad.
Invoco de Dios la unidad y la paz para la familia humana y declaro la disponibilidad de todos los católicos a cooperar por un auténtico desarrollo social, respetuoso con la dignidad de todo ser humano.
No ahorraré esfuerzos y dedicación para continuar el diálogo prometedor comenzado por mis venerados predecesores con las diversas civilizaciones, para que de la recíproca comprensión surjan las condiciones de un futuro mejor para todos.
Pienso particularmente en los jóvenes, interlocutores privilegiados del Papa Juan Pablo II. A ellos va mi afectuoso abrazo, esperando que –si Dios quiere- nos encontremos en Colonia, con ocasión de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Con vosotros, jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y la Humanidad, seguiré dialogando, atento a vuestras esperanzas, e intentaré ayudaros a encontrar cada vez más profundamente a Cristo vivo, el eternamente joven.
Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor! Esta invocación, tema dominante de la carta apostólica de Juan Pablo II para el año de la Eucaristía, es la oración que surge espontánea de mi corazón mientras me preparo a iniciar el ministerio al cual Cristo me ha llamado. Como Pedro, también yo le renuevo mi incondicionada promesa de fidelidad. Sólo a Él pretendo servir, dedicándome al servicio de su Iglesia. Para sostener esta promesa invoco la intercesión materna de María Santísima, en cuyas manos pongo el presente y el futuro de mi persona y de la Iglesia. Que también intervengan con su intercesión los santos apóstoles Pedro, Pablo y todos los santos.
Con este sentimiento, os imparto a vosotros, queridos hermanos Cardenales, a todos los que participan en este acto y a cuantos están escuchando mediante la televisión y la radio una especial y afectuosa bendición.
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