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El desafío de ser hombre.

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Escrito por Ricardo Benjumea. Publicado en Alfa y Omega.

Sociedad - Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas

¿Qué es el hombre? ¿Nos hacemos esta elemental pregunta, o la dejamos en manos del poder y de los especialistas? El mayor peligro que afronta hoy la Humanidad es la falta de una concepción integral del ser humano. Ésta es la cuestión clave de hoy, la madre de todas las batallas.


Desde el aborto y la manipulación genética, a la redefinición de la familia, se ha extendido un ambiente de relativismo en el que ya nada es verdad ni mentira; todo depende del partido que legisla. «En esta situación -advierte don Alfredo Dagnino, Presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, organizadora del VIII Congreso Católicos y vida pública-, los católicos debemos decir que sí tenemos una medida: Cristo, y no dejarnos llevar por los vientos de la Historia» Se percibe -añadió don Alfredo Dagnino- que «los laicos están perdiendo el miedo a participar en la vida pública». Y por eso -continúa-, aunque éstos sean tiempos de incertidumbre, aunque asistamos a «una auténtica metamorfosis antropológica, social y cultural» y se extienda un desprecio al ser humano en múltiples formas, vivimos también «tiempos de esperanza y de inmensas posibilidades para la vida cristiana».


El cupo de congresistas tuvo que quedarse en 1.200 personas, para permitir el intercambio directo de ideas y experiencias, tan importante siempre como el contenido de las ponencias. [...] El tema elegido para este año no podía ser más amplio, y a la vez más sencillo. Se trataba -resumió el Nuncio en España, Monseñor Monteiro- de reivindicar al hombre como ser «dotado de una dignidad intrínseca, que no depende del voto de una mayoría... Hay valores que son irrenunciables, como la vida humana», cosa que, «a menudo, olvidan la ciencia y la tecnología».


La pregunta no es progreso sí, o progreso no. Lo que ha demandado este Congreso es un auténtico humanismo que contemple al hombre en todas sus dimensiones. La Iglesia «tiene una actitud positiva, abierta y esperanzada» hacia la ciencia, dijo el. «Ha enseñado a los hombres a amarla, pues no puede haber contradicción entre fe y razón». Pero, al mismo tiempo, y precisamente por su adhesión inquebrantable a una Verdad, con mayúscula, que no cabe en un tubo de ensayo, «hace oír con fuerza la llamada a la responsabilidad en la política científica».


Se extiende una ideología que, disfrazada de humanismo, quiere convertir al hombre en dios, y le autoriza a inventar su propia realidad. Dentro de esa realidad se encuentra el propio ser humano. Y entre sus poderosos medios de transformación, la ciencia.

 

El desafío de la ciencia

Como expuso el médico cirujano-neonatólogo Patricio Ventura-Juncá, «el hombre hoy tiene una capacidad increíble de intervenir en el proceso de la vida». La pregunta se hace ineludible: ¿qué somos?


«La biotecnología nos permite apropiarnos de un nuevo poder sobre los lazos naturales de la filiación humana -decía doña Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica de la Universidad de Navarra-. Sin embargo, esto no nos puede llevar a olvidar que cualquier nueva vida, también la que se ha generado in vitro, o la que no se ha implantado en el útero materno, tiene la dignidad que Dios le ha dado. Cualquier excepción al reconocimiento del derecho a la vida o de la dignidad humana implica cruzar una terrible frontera. Frente a derechos humanos, tenemos que hablar entonces de derechos de algunos humanos.


Nadie puede quedar indiferente ante estos retos. Recuperar una concepción del hombre que salvaguarde plenamente su dignidad es una tarea a la que están llamados de forma urgente hoy todos los cristianos. Don Rafael Alvira, Director del Instituto Empresa y humanismo de la Universidad de Navarra, planteó la aparente contradicción cristiana de considerar al hombre como «un absoluto relativo» y «una relación absoluta». Hay una dignidad inherente a todo hombre por el hecho mismo de serlo, desde su concepción. Pero, al mismo tiempo, somos seres sociales, y depende de los demás tanto nuestra realización como personas, como -en algún momento de nuestras vidas- nuestra propia supervivencia.

 

«El hombre se desarrolla verdaderamente -dijo la teóloga Jutta Burggraf , de la Universidad de Navarra- cuando se trasciende a sí mismo, cuando mira a otra persona a la que quiere amar y para la que quiere vivir. Solamente en la relación con otra persona, es capaz de conocerse a sí mismo y de encontrar la plena realización de su personalidad». Y esto, que acontece de forma muy especial y concreta en el matrimonio y la familia, es extrapolable a todos los niveles: «El hombre está llamado a dar y recibir amor en todos los sectores de la sociedad, en la cultura y el arte, la política y la economía, en la vida pública y en la privada».

 

Caridad es la respuesta

Todo conduce al cristiano hacia la caridad, el amor de Dios, expresado en el día a día de cada hombre. Este tema se abordó ampliamente en el Congreso el sábado por la mañana. La jornada comenzó con un impresionante testimonio de generosidad hacia los más pobres, encarnado en don Alberto Piubello, médico italiano que llegó a Camerún hace ya diez años, acompañado del movimiento de Los Focolares. ¿Qué le movió a cambiar una casa y un trabajo confortables por un país lejano y pobre, donde el sistema sanitario entonces estaba prácticamente abandonado? Su respuesta fueron estas palabras del poeta tanzanés Risna Myabere: «Esta mañana te levantaste de tu cama, fuiste al trabajo, comiste, regresaste a tu hogar acogido por el calor de tu familia... Millones de personas no tienen casa, trabajo, comida, calor de una familia y no tienen ninguna esperanza en un futuro mejor... Piensa en eso y después dime si este pensamiento no te hace volver loco... O no te obliga a hacer algo para que cada hombre sea más hombre, y Cristo no haya muerto en vano para ti y para ellos».


Desde entonces, dio todo de sí para ayudar a levantar lo que hoy es el servicio católico de salud, que actualmente lleva a cabo la mitad de la actividad sanitaria de Camerún. Don Alberto Piubello aprendió qué significa estar «en el otro lado», saberse atrapado en un mundo de miseria donde no hay solución para nadie. Una enferma de sida y tuberculosis le vomitó sangre en su propia cara. Y, durante seis meses, Piubello creyó que moriría con certeza, pues en Camerún no había medicamentos que le ayudaran. «Estar en el otro lado», en el lado de la falta de oportunidades, eso es lo que probablemente nos falta a muchos para terminar de entender el concepto de caridad, muy fácil de describir en palabras, y muy difícil de ponerlo verdaderamente en práctica. Pero eso es a lo que estamos llamados todos los católicos, sin excepción, en todas las situaciones.


Hay un requisito previo insoslayable, que define cómo es nuestra presencia en el mundo. En última instancia -sostiene Rafael Alvira-, los hombres se dividen entre quienes son agradecidos y quienes «dan por supuesto». Y añade: «El agradecido es aquél consciente del valor de cada realidad, por pequeña que sea. Es el pobre de espíritu, que nunca da por supuesto lo que tiene», ni deja de vivir su relación con el otro desde un ánimo de agradecimiento y plena gratuidad.


Pero agradecer, ¿a quién?; ¿por qué? Ahí está el meollo del problema antropológico contemporáneo. Si creo que me lo debo todo sólo a mí mismo, o que soy un simple producto del azar, todo me lleva a encerrarme en mí mismo. La perspectiva cambia radicalmente desde una fe vivida con autenticidad: «Darse cuenta de que uno podía no haber sido y, sin embargo, existe, provoca sorpresa y nos abre a una alegre y franciscana aceptación de nuestra concreta existencia, de haber recibido el ser como un don», dijo la coordinadora de la RIIAL (Red Informática de la Iglesia en Iberoamérica), doña Leticia Soberón.

 

¿Significa esto que la virtud es patrimonio exclusivo de los cristianos?
Josef Seifert, Rector de la Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein, respondió a este pregunta con una cita de Edith Stein: «Quien busca la verdad, busca a Dios. Lo sepa o no». Pero la verdad no es algo sólo que se piense; su dimensión más auténticamente humana es moral, que se vive. Tampoco basta, pues, con afirmar que se ha encontrado a Dios, si la propia vida no da prueba de ello. De nuevo, aparece la exigencia de caridad.

 

Silencio cómplice

El programa del Congreso dio pie a excepcionales testimonios personales para ilustrar cómo se materializa la caridad en todas sus dimensiones. Una mesa redonda abordó la caridad personal, con testimonios duros y cotidianos, como el de doña María Conde Sánchez, madre de 9 hijos, 3 de ellos discapacitados, que hizo ver cómo quien tiene fe no sucumbe a la desesperanza: «Dios transforma en amor todo lo que parece dolor. La vida es como un abanico, un palo que, si tienes el valor de abrir, verás que está llena de colores». También participaron doña Concepción García Vilanova, psicóloga y funcionaria del Estado, que describió a los asistentes su proceso para encontrar su vocación de ayuda a los demás; así como doña María Jesús Quezada, directora de misiones de la Pastoral, de la Universidad Pontificia Católica de Chile; y la madre de familia doña Maximina Serrano, que perdió a uno de sus cuatro hijos, tras 23 años de parálisis cerebral.

 

Esta mesa estuvo presidida por el padre Isidoro Macías, conocido como Padre Patera, por su inagotable tarea en la acogida de inmigrantes africanos que cruzan el Estrecho. En su intervención, afirmó que «el testimonio del Evangelio debe ir acompañado de la práctica de la caridad, ya que Jesús nos ha pedido que amemos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo ».


Otra mesa abordó la dimensión social de la caridad; la presidió doña Amalia Gómez, ex Secretaria de Estado de Asuntos Sociales. En una tercera, dedicada a la caridad política, el parlamentario popular don Eugenio Nasarre hizo un breve resumen de lo que significa ser católico en política, que siempre será incompatible con el maquiavelismo de que «el fin justifica los medios».

 



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