Riesgos
Escrito por Alejandro Llano (Publicado en La Gaceta de los Nogocios)Las amenazas de la sociedad del riesgo apelan en último término a un profundo cambio del estilo ético.
Un consumismo desbordado deja residuos por todas partes y fomenta
“Todo es política”. Tal es el lema que se encuentra en la base de la actitud totalitaria. En lugar de considerar la política como un aspecto derivado y adjetivo de la vida, se la intenta situar en la entraña misma de la sociedad, como si de ella hubieran de proceder todas las decisiones y regulaciones de alcance público. Cuando lo cierto es que la política no constituye hoy precisamente la instancia más dinámica de las actividades comunes. Las burocracias públicas, regidas por quienes dominan en cada caso los aparatos políticos, no constituyen un ejemplo de dinamismo, competencia y capacidad de innovación. La comprobación repetida de esta realidad es una de las causas de la decadencia del socialismo en casi todos los países avanzados.
Donde, por inercia mental y por debilidad de posibles alternativas, los ciudadanos han de seguir padeciendo planteamientos con querencias totalitarias, la organización social tiende a acusar graves deficiencias. Los servicios públicos funcionan mal. Las infraestructuras tardan en actualizarse. Las catástrofes naturales pillan desprevenidos a los responsables. Y, sobre todo, nunca se reconocen los fallos y la actitud de rectificar parece estar prohibida. Hay mucho malestar en un Estado de Bienestar sobrecargado de exigencias e incapaz de gestionar la creciente complejidad.
El horizonte que se dibuja en un inmediato futuro es el de la sociedad del riesgo.
Si, convencidos de la ineficacia del aparato estatal, nos echamos en brazos del mercado, es decir, del otro gran componente de la tecnoestructura, tampoco encontraremos soluciones estables y satisfactorias.
Desde luego, la privatización de las empresas públicas no constituye el ungüento amarillo que todo lo cura. Las inversiones se escatiman, el personal disminuye, el beneficio a corto plazo representa el valor dominante. Las directrices de las actuales corporaciones —flexibles y globalizadas— no tienen a la vista el bien común como objetivo preferencial.
Desde Lord Acton, por lo menos, sabemos que el poder corrompe. Pero, desde hace algunos años, también hemos aprendido que el dinero como valor inapelable corrompe en no menor medida. Así es que de la combinación e intercambio de estos dos medios simbólicos circulantes —poder y dinero— no va a surgir, de manera puramente funcional y automática, la sociedad en la que se está bien, en la que es posible la vida lograda, en la que el temor y la inquietud no son sentimientos generalizados.
Es preciso recurrir a otro medio simbólico que, más recientemente, hemos comenzado a redescubrir:
Que el presidente Zapatero dijera recientemente que va a dedicar el resto de la legislatura al calentamiento global es una ocurrencia que les parece una burla a los miles de personas que sufren todos los días retrasos de trenes, apagones eléctricos, pérdida de maletas en los aeropuertos, contaminación de las costas, aumento de los accidentes de carretera… Y, francamente, el personal no ha acabado de creerse que algunas empresas hayan subido el límite de la temperatura de sus sistemas de aire acondicionado, con vistas a detener la licuefacción del Polo Norte. Afortunadamente, y a pesar de todos los pronósticos meteorológicos, hemos tenido en muchas regiones un agosto gélido.
Las amenazas de la sociedad del riesgo apelan en último término a un profundo cambio del estilo ético. Schumacher apunta que la sobriedad es la virtud que hoy día más necesitamos. Un consumismo desbordado deja residuos por todas partes y fomenta
No hay peores riesgos que aquellos que uno mismo se procura. Y, a su vez, la necesaria prevención respecto a tan inquietantes peligros no se puede confiar a instancias anónimas entre cuyas metas no figura el cuidado de las personas. Cuidar a las personas: ésta es la cuestión.
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