Neoconservadores
Escrito por Alejandro LlanoEl intento de los socialdemócratas de que toda la vida social se vea teñida por la política no conduce más que al imperio de la burocracia, a la ineficacia y a
La caída de las ideologías utópicas del siglo XIX y comienzos del XX —socialismo marxista y liberalismo radical— dejó paso a nuevas posiciones políticas más moderadas y realistas. Algunas de ellas también han sido arrumbadas por los grandes cambios del pasado siglo. Las dos principales que han llegado, mal que bien, al inicio del nuevo milenio han sido la socialdemocracia y el neoconservadurismo.
El socialismo democrático va de retirada en casi todos los países, porque el intervencionismo estatal se ha revelado como perturbador en la mayor parte de las áreas de actividad y convivencia. El intento de que toda la vida social se vea teñida por la política no conduce más que al imperio de la burocracia, a la ineficacia y a
Nuestra mediocre cultura política y la resaca de 40 años de totalitarismo forman parte de
También el neoconservadurismo, que tanto éxito mantiene todavía en Estados Unidos y en otros países occidentales, constituye una especie de mixtura. Se podría decir que, en línea con su matriz liberal, el referente de los neoconservadores es el mercado. Siguen pensando que sus leyes constituyen la estructura básica de la vida social y que la libertad económica debe ser respetada al máximo. Pero se percatan, asimismo, de que un economicismo radical acaba por erosionar los fundamentos antropológicos del capitalismo, como Daniel Bell demostró lúcidamente. De ahí que concedan notable importancia a las instituciones tradicionales y a ciertos valores éticos. De manera que el neoconservadurismo es tradicional en lo cultural y modernizante en lo económico. Sobre el papel, no constituye una mala fórmula.
Pero cuando no se logra equilibrar estas dos líneas de fuerza, el resultado suele ser decepcionante. Y tal es, me temo, nuestro caso. La fortuna que, en general, le ha cabido actualmente al neoconservadurismo descansa en que es una postura que ha sabido adaptarse perfectamente a una situación histórica inercial. Porque las premisas que impulsaron a la primera modernidad —las propias de la Ilustración— ya no tienen vigencia social: sólo perviven (exentas de radicación) sus consecuencias. Y los neoconservadores son los que mejor han sabido escindir las consecuencias modernizantes respecto de sus principios ilustrados. De manera que el vacío ético dejado por el despego de la autonomía radical y de la fe en el progreso indefinido ha sido llenado por los valores típicos de
El hedonismo y el consumismo han desactivado sus energías vitales, de suerte que ha dejado la gestión y la toma de decisiones en manos de tecnócratas, al tiempo que se desentendía de la cultura y de los problemas sociales, que han pasado a ser patrimonio casi exclusivo de
Pero, en todo caso, conviene ser conscientes de que la ambigüedad de fondo se traduce en tibieza y falta de convicción en los mensajes, también electorales. A nadie le entusiasma votar a quien no se sabe lo que piensa, o no se atreve a decirlo.
Se supone que, en el ámbito ético y civil, la actitud del neoconservadurismo es restauradora. Pero lo que pretende restaurar no aparece claro ni es muy fuerte. Las más de las veces se agota en una emulsión de retórica tradicional y relativismo contemporáneo, cuya presunta eficacia sería en todo caso negativa o preservadora respecto a las tendencias nómadas y dispersivas de la actual sociedad líquida. Jugar a perder lo menos posibles y resistir en las trincheras que aún se mantienen es una estrategia sin porvenir. Ser muy duros en política internacional y antiterrorista, y notoriamente blandos o inoperantes en cuestiones sociales y educativas, no compone una figura destinada al éxito popular.
Los neoconservadores españoles han de revisar su discurso. No les bastará para potenciarlo y actualizarlo con arreglos de estética superficial. Han de ahondar en el análisis conceptual, para lograr definir su propia identidad pública.
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