La presunta intelectualidad progresista está subvencionada por la derecha
Escrito por AdministratorSociedad - Ecología y Población
Philippe Némo decía que la derecha no piensa porque confía excesivamente en la naturaleza: las cosas son así, no hace falta pensarlas; mientras que la izquierda es utopista y se esfuerza por convencer. Juan Manuel Burgos me decía que hay que repensar el concepto de naturaleza humana: por ejemplo, el matrimonio no es una institución espontánea, que no aparece en bruto, sino que es preciso reflexionar sobre ella... ¿Realmente no capta la derecha la necesidad de pensar y argumentar?"La presunta intelectualidad progresista está subvencionada por la derecha"
Confesiones a contracorriente de un filósofo esperanzado: Alejandro Llano Cifuentes, catedrático de Metafísica.
Santiago Mata
Catedrático en la Autónoma de Madrid y después en la Universidad de Navarra, de la que fue rector entre 1991 y 1996, Alejandro Llano acaba de publicar unas Memorias (“Olor a yerba seca” Ed. Encuentro) en las que “lo cuenta todo”. Su conversación gira en torno al entreguismo intelectual de los conservadores españoles, que raya en
La derecha no lee y la izquierda es intelectualmente masoquista. ¿Tiene esto que ver con la recepción de la modernidad? Por ejemplo, ¿hay un recelo hacia Kant? La gente conservadora, católica o de derechas, ¿sigue pensando que con Santo Tomas de Aquino vamos sobrados y que se puede ignorar a los pensadores modernos?
Efectivamente se ha dado, y se sigue dando, un absentismo intelectual de los conservadores. Viene de atrás, pero en el postfranquismo se ha manifestado más claramente. En España la recepción de la modernidad ha sido muy débil y se ha tornado problemática. Y esto ha llevado consigo, paradójicamente, una radicalización de las actitudes presuntamente progresistas. Los españoles tendemos a polarizarnos, y hemos de aprender que, en cualquier fenómeno cultural, hay elementos positivos y negativos.
Es preciso seleccionar lo interesante, y dejar al lado lo perjudicial.
No es que la postura tradicionalista se atenga al tomismo y rechace a autores modernos, como Kant. Es que, en general, no aprecia la vida intelectual. Aquí no hay tomistas ni kantianos.
Esta debilidad cultural ha permitido cierta pervivencia de la izquierda, que está ya fuera de juego en otros países de nuestro entorno. Mientras que, en la derecha, se registra un neoliberalismo excesivo.
En mi libro de memorias, Olor a yerba seca (Encuentro), relato cómo había universitarios que, ya en los años sesenta, advertimos que era preciso una vitalización cultural de quienes pensábamos en clave cristiana.
Personalmente, nunca encontré apoyo. Estaba de acuerdo con otros jóvenes, igualmente inquietos por el futuro. Pero no encontré ninguna acogida en las fuerzas vivas de este país. Parecían ignorar lo que era obvio que sucedería: que después de Franco la izquierda se iba a hacer con el control de la cultura y, como consecuencia, de la vida política. Y así sucede, hasta el día de hoy.
Philippe Némo decía que la derecha no piensa porque confía excesivamente en la naturaleza: las cosas son así, no hace falta pensarlas; mientras que la izquierda es utopista y se esfuerza por convencer. Juan Manuel Burgos me decía que hay que repensar el concepto de naturaleza humana: por ejemplo, el matrimonio no es una institución espontánea, que no aparece en bruto, sino que es preciso reflexionar sobre ella... ¿Realmente no capta la derecha la necesidad de pensar y argumentar?
Es un posible enfoque, pero no me parece decisivo. Tampoco es que en la derecha haya una abierta aceptación de la ley natural o del derecho natural. A veces se rechaza el concepto de naturaleza, porque se tiene de ella una concepción inadecuada, tosca, reducida a lo biológico. El derecho natural más bien debería ser denominado racionatural, porque no es un hecho bruto, sino la estructura básica de la realidad captada por el ser humano. Las personas más conservadoras no creen en los planteamientos que se les suponen. Son más bien pragmáticas y un tanto escépticas. El problema es que están ayunos de bagaje intelectual. Llegan incluso a rechazar noción de ley natural, o creen que mencionarla es inoportuno, porque no se han parado a pensarla. Y caen en el mimetismo de creer que una visión presuntamente más dinámica o culturalista es más actual y más aceptable. Cuando, en realidad, da poco de sí.
Si no se acepta a Kant, ni tampoco a Heidegger, ¿qué postura filosófica cabe adoptar?
Modestamente, me considero un especialista en el pensamiento de Kant. Publiqué uno de los primeros libros que en España estaban en diálogo con las interpretaciones recientes. Allí decía que no todos somos kantianos, pero todos somos postkantianos. No se puede ignorar a Kant, pero tampoco resulta imprescindible tratar de reponerlo, porque en teoría del conocimiento es difícil compaginarlo con las revoluciones científicas del siglo XX. Algunos planteamientos de su ética, en cambio, siguen siendo imprescindibles.
Heidegger es un pensador poco agradable, por su postura personal nazi, lo cual influye de algún modo en su filosofía. Pero libros como Ser y tiempo son imprescindible para entender la cultura actual. Fernando Inciarte y yo reconocemos en nuestro libro Metafísica tras el final de la metafísica (Cristiandad) que hay que contar con el embebimiento en el lenguaje y la historia, operado por Kant, para hacer una metafísica válida a comienzos del siglo XXI. Lo cual no equivale, sin más, a aceptar las tesis heideggerianas.
¿Qué es la novísima sensibilidad?
En 1986, publiqué el libro titulado La nueva sensibilidad que conoció dos ediciones y fue muy bien recibido. Pero Espasa-Calpe no lo ha reeditado. Me he propuesto ahora actualizar ese planteamiento, de lo cual resultará el estudio de la novísima sensibilidad.
En aquel libro distinguía el mundo vital de la tecnoestructura, compuesta por el entreveramiento del Estado, el mercado y los medios de comunicación. Estudiaba también los movimientos emergentes, entre los que destacaban ya estos cuatro: ecologismo, pacifismo, feminismo y nacionalismo. Cuando hablaba de estos temas a mediados de los ochenta, muchos no entendían nada e incluso rechazaban airadamente mis análisis. En España hay un escepticismo malo respecto a las novedades intelectuales. Sigue dándose el fenómeno de personas, que con un bagaje cultural mínimo, están ya de vuelta de todo. Con aire de displicencia dan por superado lo que ni siquiera conocen. Es imprescindible un mejor conocimiento de nuestro entorno para tener algo interesante y actualizado que proponer. España está ahora mucho más abierta que hace cuarenta años, sobre todo en aspectos comerciales, económicos, turísticos; pero intelectualmente sigue muy aislada, y esto cuesta reconocerlo.
Hay muy pocos españoles que cuenten en la vida intelectual. La versión oficial de que España es una potencia, no sólo deportiva, sino también cultural, es sencillamente un mito: forma parte de la Agit-prop de este Gobierno. La España de hoy es un país más bien inculto, y no sólo por los informes internacionales acerca del nivel de la enseñanza y del fracaso escolar, que es un asunto gravísimo. ¿Cuál ha sido el auténtico de la presencia de Zapatero en la cumbre de Washington? El auténtico problema ha sido que no hay españoles que hayan dicho algo relevante sobre la actual crisis económica. Lo decía el director de La Gaceta, José María García-Hoz. Zapatero no puede decirlo porque lo ignora. Pero lo cierto es que no hay economistas, historiadores o filósofos que tengan una palabra que decir sobre lo que está aconteciendo en un nivel mundial. Esta es la cuestión, y esto lo vamos a pagar.
También es verdad que hay ideologías que entran pisando fuerte. Por ejemplo, la ideología de género. Como para tener ganas de conocerla ecuánimemente...
Comprendo. Pero entonces sucede que se produce una situación de gran debilidad. Se presenta una ideología tan insidiosa y teóricamente débil como esa. Y se presenta como si fuera un gran descubrimiento, sin que haya la capacidad de discusión que se registra en otros países. España es uno de los países –que son afortunadamente muy pocos- en los que la aceptación del “matrimonio homosexual”, por llamarlo así, ha sido tan rápida. Y no ha habido ninguna polémica pública, ninguna discusión seria y fuerte, como tampoco la ha habido respecto a los planteamientos de la ideología de género. Se registra un cierto complejo de inferioridad por parte de los cristianos. Resulta evidente que hay un control muy fuerte de los medios de opinión pública. Estamos en una situación cultural muy desfavorable. Alguna gente me dice: eres un pesimista. Y yo respondo: si decir que las cosas son como realmente son es pesimismo, entonces soy pesimista. Si ser optimista consiste en decir que lo que está mal está bien, entonces no soy optimista.
¿Qué hacer para que la gente despierte? Lo que la gente quiere es fútbol...
En los grandes periódicos conservadores europeos –Le Figaro, Frankfurter Allgemeine Zeitung, The Times- no hay mucho fútbol, desde luego no tanto como en Marca, o incluso El País. ¿Por qué no hay pluralismo informativo de calidad en España? La cosa, como decía, viene de atrás. Me remito de nuevo a mis Memorias, porque el problema no es de ahora. Por decirlo de manera pedante, este ha sido y es mi evangelio de evidencia. Así están las cosas. Y, por este camino, van a ir a peor. Tal es la cruda realidad. Mientras se sigan dando estos fenómenos de manipulación y conformismo, vamos a ir a peor. No veo otro camino para mejorar que remover las inteligencias y formar a los jóvenes.
Soy profesor universitario desde hace cuarenta años. Me parece que cambiar la sensibilidad de las personas a partir de cierta edad resulta muy difícil. Es preciso volcarse en la educación de las nuevas generaciones, para que libremente adquieran una nueva mentalidad. La actual emergencia de pequeños grupos de jóvenes inconformistas es una señal de esperanza. Pero reciben muy poco apoyo, y esto es lamentable. Toda la presunta intelectualidad progresista está subvencionada por
¿A qué se refiere al hablar de grupos emergentes?
A pequeños grupos independientes y espontáneos, ilusionados con el conocimiento y con la orientación ética de la vida ciudadana. Son, por ejemplo, grupos socialdemócratas no socialistas, grupos católicos no clericales, aulas de poesía, talleres de escritura creativa, jóvenes entusiasmados con las humanidades... Por cierto, la burguesía conservadora lleva mucho tiempo rechazando las humanidades, y difundiendo entre los estudiantes de bachillerato la mentalidad de que hay que dedicarse sólo a cosas productivas y rentables: administración de empresas, ingeniería. Y se considera una tragedia familiar que una chica o un chico quiera estudiar historia, literatura, filosofía. Y si, a pesar de todo consiguen seguir esas carreras, tal vez se encuentren después con falta de apoyo para recibir una beca doctoral o de postgrado. Mientras que ven que otros licenciados o doctores que valen menos que ellos reciben todo tipo de ayudas. Esto, insisto, ya sucedía en el franquismo. Y algo semejante acontece a la hora de las distinciones académicas y los premios literarios.
Me atrevo a decirlo. Pero no pido ni ruego. Porque veo que –salvo excepciones notables- casi siempre es inútil. Lo que hago es conectar directamente con los jóvenes estudiosos, orientarles, alentarles y echarles una mano siempre que puedo. A veces equivale a dar coces al aguijón, lo cual también tiene su encanto.
¿Será una ocasión la crisis económica para revalorizar las humanidades, a la vista de que no todo era cuestión de economía?
La economía –lo estamos viendo- no es todo, ni siquiera lo más importante. El propio economicismo se ha mordido la cola, se ha autoalimentado y, en algunos aspectos, se ha autodestruido. Michele Federico Sciacca, rosminiano católico decía hace años que los economicistas son marxistas sin saberlo. La esencia del marxismo es que todo se reduce a economía. Marx pensaba que el camino hacia la sociedad sin clases no era otro que el capitalismo. Y pensaba que el socialismo humanista era algo repugnante. El neoliberalismo economicista es materialista es materialista, o sería materialista si se pensara a fondo.
¿Funciona mejor un sistema más humano que uno en el que todo esté orientado a la productividad empresarial?
Lo importante no es que funcione mejor sino que es bueno. Pero es que, además, funciona mejor. Hoy día casi todos están de acuerdo en que el futuro de un país depende de que haya nuevas generaciones bien preparadas intelectualmente. El capital de un país es su natalidad y su educación. España tiene uno de los índices de natalidad más bajos del mundo y, como sabemos, su nivel educativo es bajo. Ya hay estudios serios de que el déficit humano no lo va a suplir
En teoría, Zapatero dice que quiere dar dinero por cada niño que nace, pero fomenta el aborto...
Creo que pagar por los niños nacidos es, en este caso, puramente demagógico. Aquí tampoco ha habido opciones por las ideas, ni por parte de los gobiernos socialistas ni por parte de los gobiernos del PP. Y tampoco se ha dado verdadera importancia a
Leyendo a René Girard me da la sensación de que se nos oculta el carácter violento de la fundación de
Es un tema tan estudiado como olvidado. Pensemos en el instinto tanático de Freud, en las limitaciones de la sexualidad de Levy-Strauss, en el carácter violento del erotismo según Bataille, en el componente sado-masoquista de la obsesión por el placer. El deseo desenfrenado, el deseo por el deseo, conduce a la muerte. ¿La muerte de quién? De quien se ponga por medio. Del propio sujeto y de los más débiles. La mentalidad abortista es letal, no sólo para el que sufre el aborto directamente, sino para una sociedad que lo tolera y que sabe perfectamente que lo que se está matando es un ser humano. La extensión de la violencia en España es muy grave. Personalmente, en mi propia Universidad, acabo de ser víctima de un atentado terrorista, gracias a Dios sin consecuencias mortales. Los jóvenes preguntaban: ¿por qué? Y la gente mayor: ¿hasta cuándo? Y la respuesta que yo daría es que hay algunos políticos que están rentabilizando la violencia terrorista y otros que están jugando con ella. En amplias zonas de nuestro país, los que están en contra de la violencia no pueden ni hablar, y se les margina. Hay mucho miedo a hablar claro. Respecto a mi libro Olor a yerba seca, hay lectores que me dicen: pero tú lo dices todo, no te cortas. Una de las condiciones de la libertad consiste en atreverse a decir cosas que caen mal a los poderosos, que hay que callar, porque lo contrario resulta peligroso. Cuando todos callan, estamos en una situación de sumisión generalizada. La disidencia es mínima: todo está previsto y controlado.
¿Cómo atreverse a hablar de los derechos humanos, que en 1948 parece que no hacía falta fundamentarlos? Parece que hemos pasado del racionalismo al irracionalismo... ¿Hay que volver a hablar de naturaleza?
Yo creo que si no hablamos, de un modo u otro, de naturaleza, los derechos humanos no tienen fundamento. ¿Qué es eso de “humanos”? Lo perteneciente a la naturaleza humana. ¿Qué es lo humano? Como dice Robert Spaemann, los individuos de la especie homo sapiens, o sea todos. Más o menos desarrollados, hablen lo que hablen, digan lo que digan. Todo eso, efectivamente, ha quedado en una especie de humanismo generalizado, en los países que lanzaron la idea de los derechos humanos. Pero eso se ha ido debilitando por el agnosticismo filosófico y el hoy los derechos humanos son una bandera con poco fundamento, muy vulnerable, por muchos lados. No sólo por el aborto: por la eutanasia, por la discriminación, por la pobreza, por muchas cosas muy generalizadas. Realmente estamos en una situación peligrosa. Todo este vuelco hacia el pragmatismo, el economicismo, el materialismo, se puede predecir los frutos que tiene: violencia, discriminación. Todo esto hay que recapacitarlo, hay que pensarlo, hay que cambiar muchas cosas. La misma elección de Obama, aunque no creo que sea un gran pensador ni acepte la fundamentación de los derechos humanos, sí que trasparenta un sentir de cambio, ¿se puede cambiar o no? ¿Un negro puede ser presidente, cuando hace unos años ni siquiera podía casarse con una blanca, estudiar una carrera o subirse a determinados autobuses? ¿Cómo vamos a cambiar si no creemos en aquello que hay que cambiar, o en los fundamentos necesarios para cambiar? Tendremos una cosa escéptica, pensamiento débil...
¿Es usted optimista respecto a los pensadores actuales, por ejemplo, respecto a Habermas?
Jürgen Habermas ha ido evolucionando de manera positiva. Ya en sus polémicas con el funcionalista Niklas Luhmann, fallecido en 1998, la postura de Habermas era más humanista que el inmanentismo sistémico de Luhmann. Lo que ha lastrado a Habermas ha sido su marxismo residual.
Entre los pensadores actuales más profundos se encuentra el ya mencionado René Girard, que está exponiendo con originalidad y audacia los fundamentos de los derechos humanos y el rechazo de la violencia propio de la religión bíblica y, sobre todo, del cristianismo. Otra personalidad sumamente interesante es Robert Spaemann, quien ha polemizado brillantemente con intelectuales ateos como Schnädelbach o Flores d’Arcais. Pero la figura más interesante en este momento es
Con tantos parados, si esto sigue subiendo, puede explotar...
Y va a subir. El que siembra vientos recoge tempestades. Si se tiene una concepción puramente desiderativa, en línea de buscar satisfacciones egoístas a toda costa, esa actitud por su propia naturaleza es violenta. La ideología de género es sexista en el doble sentido de
Las instituciones educativas católicas ¿no influyen menos de lo que deberían?
Lo propio de las instituciones educativas no es influir, sino educar y fomentar el progreso del conocimiento. Es preciso no confundir la enseñanza y la investigación con la propaganda o
Sí, pero esas personas, ¿dónde están?
Están en las ciudades. Es cuestión de descubrirlas, porque muchas veces tratan de hacer algo y se encuentran aisladas, sin nadie que las apoye y les conceda visibilidad social. Si no se encuentran entre la gente mayor, y en cualquier caso, hay que recurrir a los jóvenes. No basta con formarles, sino que hay que tratar de ayudarles para que destaquen en el conocimiento, en la cultura y en la responsabilidad cívica.
¿A que los católicos españoles somos más tolerantes de lo que algunos creen?
Sí, es verdad. El problema que tenemos es los que se atreven, los audaces, son quizá la gente menos preparada, y han dado la vuelta al país en poco tiempo. La predicción de Alfonso Guerra –que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió- no se cumplió tanto entonces como ahora. Los extranjeros que nos visitan están asombrados. Los católicos, tal vez por “prudencia”, por una actitud que actúa “a largo plazo”, no están teniendo una postura determinante en la dinámica del cambio social. Hay que educar, pero también hay que promover, hay que intervenir, estar presentes. La ausencia se acaba pagando demasiado cara, y más bien pronto que tarde.
Los católicos españoles sólo saltan cuando ven en peligro lo más fundamental...
Y entonces lo único que se les ocurre es organizar una manifestación. Sólo con grandes manifestaciones no se va muy lejos. Sobre todo si sólo son moderadamente grandes y no tienen casi ninguna continuidad. Me parece bien que se hagan y yo he participado cuando me ha sido posible, pero ésa no es la solución. ¿En qué quedó todo ese alboroto?
A fin de cuentas usted era partidario de las manifestaciones estudiantiles durante el franquismo...
En Olor a yerba seca digo cosas muy fuertes, que no se están recordando. Por ejemplo, que la represión franquista era más dura contra los estudiantes moderados que contra los extremistas. Los moderados no recibimos apoyo de ningún tipo, mientras que los extremistas de izquierda recibieron muchas ayudas, también económicas, procedentes del interior y del extranjero. A nosotros, a los demócrata-cristianos y social-demócratas, nos perseguían porque nos consideraban más peligrosos para el régimen, y porque no actuábamos en
El panorama parece triste. ¿Cual es el bien posible?
Yo soy una persona esperanzada, porque soy cristiano y creo en la providencia divina. Pero mi esperanza no es un optimismo de andar por casa, un optimismo de happy end. Sabemos que todo va a acabar bien al final, en términos escatológicos, pero nadie nos asegura que vaya a acabar bien dentro de un mes o dentro de un año. Los cristianos tenemos que luchar, pacíficamente, por el bien de la sociedad y el bien de las personas. En la medida en que seguimos siendo cristianos, sabemos que los poderes del mal no prevalecerán contra
¿Para qué sirve entonces la filosofía si al final uno saca su fuerza de la fe?
Pienso que la fe refluye sobre la razón y la razón ilumina o esclarece
El Papa desde luego...
Pero Santo Tomás también. Escribiendo mis Memorias, he tenido siempre en la cabeza a San Agustín... y a Rousseau. Las confesiones de Agustín y de Juan Jacobo se asemejan en algunas cosas, pero es mucho más lo que las distingue y separa. Agustín tiene una incomparable hondura intelectual y sus confesiones son, francamente, más actuales que las de Rousseau. Esto lo ha entendido muy bien Benedicto XVI, y lo ha expuesto en su discurso de los Bernardinos, en París. Luego ha venido Fernando Savater y ha dicho que el Papa ha utilizado argumentos parroquiales. Pero quizá ha sucedido que Savater no ha entendido a Benedicto XVI, como les sucedió a algunos intelectuales franceses allí presentes. Que la cabeza del catolicismo sea una persona de tal hondura espiritual, de semejante potencia intelectual, me llena de satisfacción, de orgullo y de contento. Eso es, claramente, providencia divina.
¿No es paradójico que los cristianos, en general, sean poco intelectuales y que, por otra parte, la Iglesia parece la única que sigue creyendo en la razón?
Resulta que, al final, la Iglesia católica es la que está defendiendo los derechos humanos, la que mantiene el discurso de la razón en un nivel no puramente pragmático. Es un capital cultural extraordinario, que da su fruto y promete muchos frutos. A mí me da muchísima confianza saber que he apostado a la buena carta. No por méritos míos, evidentemente, pero sí porque he tenido la fortuna de ser objeto de la gracia divina, de estar en el lugar adecuado. Sin necesidad de ser triunfalista o contrario al multiculturalismo, me atrevería a decir que el cristianismo es la apuesta de los ganadores.
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