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Escrito por Jose Carlos Martin Palanca

Sociedad - Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas

No trato de incidir tanto en el término del título que, por otra parte, se halla no escrito sino inscrito en lo más hondo del inconsciente colectivo, a estas alturas de las circunstancias económicas que afectan a nuestra sociedad en general y a nuestra nación española en particular sino en resaltar los distintos tipos de crisis que nos aquejan.
En ciertos momentos de nuestra historia, han existido esos síndromes que, como el “mal” mismo, definido por Plotino como “la ausencia de un bien debido”, se han ido sucediendo como sombras funestas en los distintos actos y escenas de la misma.

No hay nada nuevo bajo el sol, aserto que tanto se repite por quienes, de manera analítica y en la búsqueda de la objetividad y sin sectarismo, comprueban que el hombre no deja de estar, en unos aspectos o en otros, siempre en algún tipo de crisis.

  

Si nos ponemos a priorizar, evidentemente unas crisis se hallan antes que otras y, como en la “jerarquía” normativa, no podemos atender un tipo de crisis, si antes no tenemos en cuenta otras previas o simultáneas.

  

Es como si anteponemos un decreto ley a una ley orgánica o ésta a la propia Constitución, me refiero a la española en este caso.

 

Unas cosas traen a las otras y, como se postula en el llamado “principio de causalidad”: “La causa de la causa, es causa del mal causado”.

 

La fenomenología de la “crisis”, como tal, abarca una dimensión mucho más amplia y diversa que la estrictamente económica.

  

Igual que, como coloquialmente, se dice “no se puede comenzar la casa por el tejado”; no podemos hablar de crisis económica, si antes no hablamos de crisis de valores, de crisis moral y de crisis del hombre, en su concepción antropológica por antonomasia.

  

Y, sobre todo ese conglomerado de crisis diferentes, podemos establecer como “telón de fondo” primordial y desencadenante de todas las demás, la crisis de fe y de religiosidad en el hombre de nuestro tiempo.

  

Evidentemente, si los ordenamientos jurídicos o el derecho positivo en general (que son como las reglas de juego de la vida en sociedad) se desenganchan y pierden de vista las leyes de la naturaleza, en su sentido ontológico y al Sumo Hacedor, como primera causa; la “jerarquía” de valores, en ese orden de cosas, pierde su solidez y su humanidad y se relativiza.

 

Es como si se desvaneciesen los muros maestros de esa construcción básica y que constituyen el ABC de la vida, la realidad y la convivencia del día a día.

 

 Y es que, como se suele decir, cuando “todo el monte es orégano” y da igual “Juana que su hermana” o que al día se le llame noche y viceversa o la propia naturaleza sea tergiversada en sus conceptos y claves básicas y fundamentales, los disparates se suceden unos tras otros y, así, los esperpentos y engendros aparecen como las cosas más normales del mundo, dentro de lo políticamente correcto.

 

La llamada “epiqueia” o equivalente a la equidad en la justicia, en su sentido prístino; si no procede del concepto superior del hombre, como ser trascendente con referencia a Dios, experimenta el reduccionismo de la mayoría asamblearia que, en ese caso, decide lo justo o lo injusto, en función de las conveniencias políticas o económicas de un momento dado.

  

No es cuestión de que la “mayoría” decida lo que está bien o está mal. Una barbaridad expresada dos millones de veces no deja de ser, por ello, una barbaridad.

  

Pero en ese mare magnum se sumergen los más crasos errores y navegan cuantas tiranías se disfrazan de bondadosas legislaciones, para instaurar la deshumanización más grosera,  so pretexto de la liberación del ser humano de sus cadenas religiosas, sociales y familiares.

  

Se sustituyen unas luchas por otras: La de clases por la de “géneros” y la auctoritas del pater familias por la vacuidad de la del “estado”, o la certeza y seguridad jurídica por el desmadre del positivismo irrefrenable, frente a un iusnaturalismo cada vez más arrinconado.

  

Se puede abortar (si se lleva a efecto el proyecto legal) a los dieciséis años, pero esa misma chiquilla no puede adquirir una cajetilla de cigarros por no tener aún los dieciocho años. Absurdo y bárbaro, si se tiene en cuenta que se facilita la muerte de un ser humano concebido, aunque no nacido (nasciturus). Pero en esa balanza, es más grave comprar un cigarrillo. Y lo peor es que el matar, en ese caso, deja de ser un hecho punible para erigirse en un derecho.

   

Obviamente, una sociedad configurada con tales mimbres, es lógico que experimente otras carencias y crisis, subsiguientes a las éticas y morales señaladas.

    

La económica es fundamental, aunque no la única, porque estamos en un mundo, en una sociedad, en una nación en crisis.

                                         

 

 



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