Sobre la condición humana
Escrito por José Miguel Serrano, Profesor de Filosofía del DerechoBioética-Ciencia - Temas generales
Se atribuye, entre otros, a Terencio la expresión “hombre soy, nada de lo humano me es ajeno”. En aquel momento histórico, cuando en el Imperio se afirmaba el universalismo, el ser humano buscaba superar sus viejos prejuicios y encontrar a su semejante. Aun entonces ese reconocimiento no suponía tratar a todos los seres humanos por igual, ni se sabía el significado de la palabra dignidad, que hoy campa en nuestra Constitución como un resto arcaico de lo que pudo ser y no ha sido. En efecto, atribuida al Estado, a sus expertos y a sus ministras la capacidad de discriminar quién es sujeto humano y quién no, tal como nos indicaba el panfleto denominado informe de los expertos, toda búsqueda auténtica de humanidad cae bajo sospecha.
En la misma semana en la que
Es notorio que tras la decisión del TC de proteger de menos una parte de la vida del sujeto humano —pues “la vida es un devenir”— cabía esperar todo tipo de sofismas para lograr que el sujeto en su fase prenatal nos fuese pareciendo ajeno, por volver del revés la frase de Terencio. Poco importa la intrínseca contradicción que supone observar un ser, pues evidentemente es, que pertenece a una especie, indudablemente la humana, que es individual, cuya vida empezó y acabará, probablemente pronto gracias a Zapatero, del que se niega
Hay que adelantar que probablemente Aído tiene la batalla perdida. Pese a la enorme censura, los medios técnicos permiten ver al “ser no humano” en su humanidad viviente dentro del vientre materno. De hecho, una parte de los médicos y ciudadanos norteamericanos están convencidos que es esa visión cada vez más extendida la que modifica el criterio sobre el aborto. Sin ir mas lejos, bastaron unos minutos con los ultrasonidos para que el antiguo rey del aborto modificase plenamente su posición. De una forma que tiene poco de milagrosa y mucho de explicación racional, Bernard Nathanson cruzó de banco para convertirse en un vilipendiado opositor al aborto. Es por esta experiencia que nos atrevemos a sugerir que en vez de tres días de reflexión se exija a quien va a abortar unas horas de observación del feto. No se trata de un criterio meramente sentimental, sino de la superación de la vieja superstición (el coágulo de sangre informe) por los nuevos conocimientos: el cigoto en formación dando paso al embrión y al feto en desarrollo en un continuum que se inició en la fecundación y terminará con
Probablemente
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