El Derecho debe servir al hombre, no a la ideología
Escrito por Ricardo Benjumea
«Ganar unas elecciones no da derecho a cambiar el código moral de una sociedad».
El catedrático de
Junto al Presidente de la ACdP, en la inauguración del Congreso, el director del Servicio Jurídico Civil de
La condición de católico no puede ser algo de lo que avergonzarse. La herencia cristiana, recordó el padre Nieto, propició «la evolución del Derecho hacia la protección de la dignidad de la persona y de los derechos del hombre». De hecho, si «se ha producido hoy una minusvaloración de la dignidad de la persona», esto se debe al «olvido de Dios».
Más alto aún apuntó el cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid, él mismo reconocido jurista, durante la Eucaristía que celebró con los participantes en el Congreso, y en la que partió de una visión integradora de todas las dimensiones del ser humano: «Entre la santificación personal y la santificación de las realidades temporales hay una estrecha y decisiva vinculación». Si el apostolado del seglar en la vida pública es fundamental para que «el Evangelio fructifique», de particular relevancia resulta la misión del jurista católico, a quien concierne especialmente la pregunta sobre «la buena ordenación de las relaciones sociales y del Derecho conforme a las exigencias de la ley natural y de la Ley de Dios».
¿Ciudadanos de segunda?
Son palabras que seguramente suenen atrevidas a oídos de muchos españoles. Pero «lo peor es que los propios católicos van asumiendo» los postulados laicistas, subraya don Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho de
Incluso muchos católicos han comprado el discurso que entiende que la fe debe relegarse a lo privado, mientras que hay una supuesta ética pública que rige en la sociedad. «Se nos impone la idea de que no podemos imponer nuestras ideas a los demás... Los demás, por lo visto, no tienen planteamientos morales», así que pueden imponernos libremente sus ideas, resume el profesor Ollero.
En realidad, éste es un debate superado en el plano teórico. Los principales exponentes del positivismo jurídico, tras las experiencias del nacionalsocialismo y del comunismo, admiten que la moral no puede ser ajena al Derecho; esto es, que cabe la pregunta acerca de si la norma legal es o no justa. La cuestión hoy, para ellos, es según qué moral. ¿Quedan excluidas las propuestas de los ciudadanos creyentes? El profesor Ollero cita al positivista John Rawls, que afirma que «no concibe a ningún ciudadano que no suscriba alguna doctrina comprehensiva, equiparando como tales las filosóficas, ideológicas o religiosas», y descarta que «un creyente deba dejar de actuar como tal para aportar su contribución a la delimitación de la razón pública». Lo mismo hace Habermas, para quien «el Estado liberal incurre en una contradicción» cuando exige que los creyentes traduzcan sus razones, de modo que resulten compartibles por los agnósticos, mientras que a las de éstos se les atribuye automáticamente una «precedencia institucional».
Pero ni siquiera este laicismo respetuoso de Habermas tiene, según Ollero, un recorrido demasiado largo. La ética discursiva del filósofo alemán rechaza que pueda partirse a priori de unas exigencias morales... Ahora bien: «Para alguien que entiende -prosigue el catedrático- que la vida humana debe ser respetada siempre, ¿qué sentido tiene entrar en un debate sobre cuándo se puede matar y de qué modo?» No debería caber esa neutralidad, porque, en las democracias modernas, «los derechos fundamentales están por encima de las mayorías parlamentarias coyunturales», y, por eso mismo, resulta absurdo que unas Cortes legalicen el aborto en según qué casos o planteen supuestos en los que resulta admisible o no la esclavitud.
Una revolución en marcha
La pretendida neutralidad moral del Derecho esconde el intento de instrumentalización de la ley al servicio de
El señor Trillo encuentra el sustento doctrinal a la acción del Gobierno español en intelectuales como Philip Pettit, del que Rodríguez Zapatero es reconocido discípulo. Para Pettit, la libertad consiste en la no dominación; esto es, en que nadie interfiera en las decisiones de otra persona... Salvo el Estado, que supuestamente «actúa en interés de todos, y debe liberar a las personas de viejas alienaciones, represiones». Léase de la Iglesia, de la familia, del matrimonio, de la procreación, de la tradición cultural... La debilidad de esta ideología, por mucha fuerza que parezca tener hoy, es su alejamiento de
Don Benigno Blanco, Presidente del Foro Español de la Familia, está convencido de la necesidad de un gran esfuerzo pedagógico. «La característica más singular de nuestra época es que hemos perdido la fe en la razón», dijo. «Estamos rodeados de gente que literalmente no piensa. Y no lo digo como una descalificación. Son personas convencidas de que no merece la pena pensar, porque así no nos aclararemos sobre las cosas verdaderamente importantes» (como la familia, la vida, qué es el ser humano...), porque no son dialogables, comunicables. «No es posible llegar a una conclusión común. Lo importante es lo que uno pueda sentir, y por eso acaban del mismo modo las conversaciones en el Parlamento, que en un bar de copas de jóvenes: Tú lo ves así; yo lo veo así. O lo que es lo mismo: Yo tengo la mayoría; tú estás en minoría».
Para influir «en una sociedad como la nuestra, debemos hacer planteamientos muy básicos», que puedan superar argumentos del tipo: Si tú no quieres abortar, no lo hagas, pero no impongas tus convicciones a los demás». Esta «abdicación total de la moral» sólo puede superarse proponiendo la verdad de las cosas. «Tenemos que hacer que la gente recree en su vida una mirada cariñosa hacia lo realmente existente», dice el señor Blanco. Aprendiendo a valorar lo que existe como bueno, podrá redescubrirse «el sentido moral», que es «el presupuesto fáctico de la posibilidad del sentido del Derecho».
Un ejemplo propone el Presidente del Foro: en el anteproyecto de ley del aborto, se habla de muchas cosas, pero no de lo principal, que es el niño no nacido, «una realidad ya existente». Pero «si lográsemos que los españoles mayoritariamente perdiesen unos minutos en mirar a ese niño, estaría ganado el debate. Porque nadie que mire al niño no nacido puede decir que no tiene valor su vida. Puede que alguien mate a uno de estos niños, pero eso es distinto de afirmar fríamente que es lícito matarlos».
El deber de la objeción de conciencia:
¿Qué dirá la Historia de nosotros?
España no es un caso único, pero sí paradigmático por la especial crudeza con la que aquí se produce, explica don
Don Rafael Navarro-Valls, catedrático de Derecho Eclesiástico de
En España, sin embargo, parece que el camino emprendido es el contrario: la restricción de la objeción de conciencia, con epicentro en el Tribunal Supremo, «propiciada por jueces no de carrera, sino que han llegado a través del cuarto turno», y que han sido ponentes en las Sentencias sobre Educación para la ciudadanía y del juez que se negó a celebrar matrimonios entre personas del mismo sexo. Pero estas presiones no alivian la responsabilidad moral de los católicos, obligados a obedecer a Dios antes que a los hombres, añade el profesor Navarro Valls, «La Historia tendrá que explicar que, en este país», que tanto influye en la vasta región de Iberoamérica, «ante la grave erosión de la ecología familiar» mediante leyes como la del aborto, «hubo personas que plantearon su serena disconformidad... Lo terrible sería que la Historia dijera lo contrario».
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