Custodia de la fidelidad en la vida matrimonial

Escrito por F.C.V.. Publicado en Familia-Matrimonio-Vida Conyugal.

Algunos principios fundamentales para el mantenimiento de la fidelidad en el matrimonio

1. La custodia de la fidelidad en el matrimonio debe plantearse desde una visión verdadera del matrimonio, acentuando su dimensión sacramental y la llamada a la santidad en el estado matrimonial. En cuanto a la dimensión verdadera del matrimonio, no hay que dar por supuesto el conocimiento de la causa, esencia, propiedades y fines del matrimonio. La causa del matrimonio es el pacto conyugal, que incluye la manifestación mutua del consentimiento y su expresión según la forma prescrita por la ley de la Iglesia (se trata de un acto que contiene una dimensión social, es decir, que los cónyuges sean socialmente reconocidos y protegidos, y también el matrimonio en sí); la esencia del matrimonio consiste en el vínculo producido por ese pacto conyugal que convierte a la mujer y al varón en esposos; las propiedades esenciales, insertas en el vínculo y que se desarrollarán a lo largo de la vida matrimonial, son la unidad y la indisolubilidad, que hacen imposible la coexistencia de otros vínculos de conyugalidad o la destrucción del vínculo surgido por quienes lo constituyeron o por la autoridad; los fines incluyen la generación y educación de la prole y el bien de los propios cónyuges. Interesa advertir que éstos no sólo no pueden oponerse, sino que no pueden darse el uno sin el otro, y que a ellos debe ordenarse -o ellos deben ordenar- toda la vida conyugal y familiar.

2. Una cultura que huye del compromiso ha dado lugar a la idea de que la persona no es capaz de tomar decisiones para toda la vida. Al menos exigen tal cúmulo de requisitos para el consentimiento que, en la práctica, sería difícil otorgar un consentimiento válido. Se parte de una concepción tan limitada de la libertad humana (subyace aquí una antropología no cristiana) que, en la práctica, existirían siempre unos condicionamientos -dados por la "situación"- que se pondrían de manifiesto con las primeras dificultades en la vida matrimonial. Con un "adecuado" dictamen pericial será fácil convencer a los tribunales que nunca existió ese matrimonio porque no se pudo otorgar consentimiento válido

3. En esta línea, es oportuno conocer algunos discursos de Juan Pablo II acerca del tema donde llama la atención sobre el peligro de utilizar una antropología no cristiana en esos dictámenes periciales. Por ejemplo, el Discurso del 5-II-1987, n. 5: «La visión del matrimonio según algunas corrientes psicológicas reduce el significado de la unión conyugal a simple medio de gratificación personal o de autorrealización o de descarga psicológica (...). Para los peritos que se integran en esas corrientes, cualquier obstáculo que requiere esfuerzo, empeño o renuncia, y todavía más, cualquier fracaso de hecho de la unión conyugal, se convierte fácilmente en la confirmación de la imposibilidad de los presuntos cónyuges para reaccionar rectamente y para realizar su matrimonio».

4. Con estos planteamientos, y otros de parecido tenor, el matrimonio cristiano deja de ser -en la practica- indisoluble. Aunque los cónyuges hayan querido establecer un vínculo definitivo -expresado con su consentimiento pleno y sin condiciones-, si después aparecen dificultades graves de convivencia entre los esposos, que les impiden realizar subjetivamente el matrimonio en ese momento, significaría que -de hecho- el vínculo que se estableció al principio no existió nunca como definitivo, porque no se conocía la "situación" que depararía el futuro: por tanto, no se podía querer o aceptar libremente.

5. De esta forma se cuestionan las propiedades esenciales del matrimonio. Por tanto, y de un modo positivo, conviene recordar la exigencia de unidad reforzada por la celebración sacramental que ofrece a los esposos el don de una comunión nueva de amor. Es preciso insistir en la indisolubilidad. La comparación de la fidelidad matrimonial con la fidelidad del amor divino muestra que el matrimonio establece entre los cónyuges una fusión natural tan fuerte -una caro- que su desintegración es comparable a la desmembración de un cuerpo vivo. Se ha generado un vínculo que trasciende la voluntad humana. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.

6. La defensa de lo que es el matrimonio tiene su mejor arma en el reconocimiento práctico de la búsqueda de la santidad en la vida matrimonial, que cuenta con un refuerzo importante en virtud del sacramento. Si esto se olvida en la práctica, será muy difícil que puedan superarse adecuadamente las dificultades. Algunos planteamientos que se observan en la práctica ponen de manifiesto que han olvidado que son incompatibles con un planteamiento de santidad personal: cualquier resentimiento, enemistad, etc. no es aceptable desde un punto de vista cristiano. Deben tenerse en cuenta, además, la ejemplaridad de sus vidas reclamada por todos los que los conocen como personas que quieren vivir todas las exigencias de la vida cristiana.

7. Conviene recordar que el llamado matrimonio in fieri (momento del pacto conyugal) tiene carácter constitutivo: por tanto, sólo en ese momento puede radicar una causa de nulidad. Tal causa puede tener lugar por falta de consentimiento debida a una o a ambas partes, por ejemplo, rechazo positivo del matrimonio o de sus propiedades y fines esenciales, carencia clara de la capacidad mínima adecuada, etc.; falta de habilitación legítima para ejercer el ius connubii (existencia de algún impedimento no dispensable o no dispensado); ausencia o defecto de forma establecida. Cuando existe alguna de estas causas, en realidad el matrimonio no queda constituido. Esto es lo que se pretende probar ante los tribunales. En algunos casos, esa carencia de vínculo puede objetivamente solucionarse a través de la convalidación o de la sanación en la raíz.

8. El matrimonio in facto esse, su duración existencial, cuya esencia es precisamente el vínculo -el ser cónyuges- es una consecuencia del momento constitutivo, de modo que las incidencias posteriores habidas en la vida matrimonial (incluso graves) no pueden ya alterar la realidad del carácter conyugal de esa unión. El vínculo nace por voluntad de los contrayentes, pero surge en y por la fuerza de la misma naturaleza, quedando establecido como una relación en el ser mismo de la persona, que viene a configurar de modo nuevo su identidad (en cuanto varón o mujer). Esta dimensión de su persona está inserta en su vocación personal a la santidad como uno de sus elementos integrantes. Por tanto en este contexto deben situarse los eventos de la vida matrimonial, y las respuestas y medios humanos y sobrenaturales que deben ponerse en cada momento y circunstancia.

9. Dicho esto, conviene tener en cuenta que en la actualidad existe una mentalidad divorcista que podría explicarse con la siguiente secuencia:
- El concepto de libertad como simple opinión sin límites (puramente individual).
- La derivación consecuente -apoyada en el positivismo jurídico- de una especie de "derecho a la felicidad" también sin límites. Existiría el derecho a no tener dificultades, dolores, errores o fracasos, y, si se dan, deben ser "arreglados" por la autoridad social.
- En consecuencia, en el matrimonio -como en otras instancias-, si existen dificultades, éstas deben ser resueltas, y
- si las dificultades son serias y tienen lugar en la convivencia matrimonial, ésta debe solucionarse y, en su caso, ser disuelta en su raíz, es decir, rompiendo el vínculo, y proceder a una "nueva elección". Esta es la justificación última de la mentalidad divorcista.

10. Si a este mentalidad se añade la concepción errónea sobre el matrimonio como algo individualista, fundamentalmente como el "hecho" de la feliz convivencia entre los esposos, se comprende que se ponga el acento en la realidad fáctica del momento y la aproximación evidente a las llamadas "parejas de hecho". Lo único que cuentan son los hechos. Sin duda ha habido una transposición de esta mentalidad en ambientes católicos. Se afirma de modo contundente ¡hay que arreglar la situación! para que pueden optar a otro matrimonio.

11. Pero, claro, para llegar a esta solución es preciso encontrar una causa de nulidad, es decir, se entiende, la nulidad matrimonial -frente a la indisolubilidad- como una respuesta católica ante situaciones pastorales difíciles o irreversibles. La cuestión planteada no es qué hacer para ayudar a esos cónyuges, sino que pueden hacer los abogados -y los tribunales- para declarar la inexistencia del vínculo. En la práctica, hay un olvido de una presunción importante: todo matrimonio es válido mientras no conste fehacientemente su nulidad. Incluso si en la práctica hubiera habido nulidad, la existencia de un matrimonio putativo (más aún cuando se ha prolongado y se ha desarrollado en parámetros de normalidad) implica moralmente a las conciencias de los esposos y asesores, y esto postula una defensa seria de lo que ha existido de buena fe a través de la convalidación o sanación (siempre que sean posibles). El caso es más grave en la medida en que la nulidad sea más incierta o escasamente probable e incluso inexistente.

12. No se puede echar en saco roto lo que supone sólo el plantear una demanda de nulidad: enconamiento de las posiciones, mayor enfrentamiento de las partes, pérdida de objetividad, escándalo, daño a los hijos, mal producido a la sociedad, etc. Es preciso subrayar que, además del escándalo grave que con facilidad se suele causar, la actitud de acudir a este tipo de "soluciones" no es propia de una persona de bien, y mucho menos de un hijo de Dios que ha recibido la llamada a santificarse en la vida ordinaria; sin olvidar la facilidad con que puede enturbiarse la conciencia en estos casos, la falta de rectitud de intención e incluso de la memoria. La influencia del ambiente pesa y las conductas no edificantes de otros pueden ser determinantes. Precisamente por esto conviene adelantarse a esas posibles dificultades que pueden surgir en el matrimonio: hay que estar muy atentos a los primeros síntomas.

13. Planteando la cuestión con sentido positivo, debe defenderse la fidelidad en la vida conyugal cuidando con una lucha concreta y definida los detalles pequeños, poniendo los medios humanos y sobrenaturales con que cuentan los esposos, etc. En una palabra, afrontar con sentido cristiano las dificultades de la convivencia en un determinado momento. Es muy útil volver a leer "El matrimonio, vocación cristiana" y Conversaciones, nn. 93 y 108, sin olvidar el volumen "Hogares luminosos y alegres".

14. En los momentos críticos, los esposos necesitan algunas orientaciones más urgentes:

a) fortalecer la vida espiritual mediante la práctica de los sacramentos, la oración y la ayuda de la dirección espiritual. Volver a considerar el sentido cristiano del matrimonio, examinar las causas objetivas que provocan las dificultades (egoísmo, soberbia, etc.), rechazar la idea de que la separación o la ruptura son la mejor solución (a veces se dice esto pensando que se beneficia a los hijos). Insistir con esfuerzo, paciencia y sacrificio, en buscar la reconciliación, con mayor motivo si hay hijos.

b) cuando, además de lo anterior, los esposos han comenzado a pensar en la impugnación del matrimonio ante los tribunales eclesiásticos, hay que hacerles ver que, si bien pudiera existir una verdadera nulidad, no es razonable dudar si no hubieran surgido hechos o circunstancias graves, nuevos y no conocidos antes; hacerles notar la posibilidad de que su juicio de conciencia esté condicionado por las pasiones, el amor propio, etc. Si la duda sobre la validez fuera legítima, han de procurar mantener la rectitud de conciencia, custodiar la fidelidad matrimonial y, si es el caso, intentar la convalidación o sanación. Hay que estar convencido en conciencia de la posible existencia de una verdadera causa de nulidad, deben buscar una persona de recto criterio cristiano, etc.

15. En definitiva, es necesaria una formación continuada y una orientación espiritual profunda que genere una conciencia recta y verdadera.

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