Bioética y Ciencia

Clonación y Derecho Humanos

Escrito por Juan de Dios Vial Correa. Publicado en Clonación.

Una reflexión sobre la creciente aprobación pública de actos y/o conductas que ofenden a la vida del hombre, que están reñidas con la moral y que están configurando muchos aspectos de la vida social de nuestro tiempo, como si existiera una "pendiente resbaladiza" que conduce desde inicios de apariencia casi inofensiva hasta situaciones de gran daño moral y social.
Puntos Desarrollados

Agradezco profundamente la invitación que me ha sido formulada para visitar este hermoso país y hablar aquí sobre un tema que reviste gran actualidad e importancia. Interpreto la invitación como una muestra de cordial amistad hacia la Pontificia Academia Para la Vida, institución encargada de colaborar con las autoridades de la Iglesia, con los fieles interesados y con personas de buena voluntad de las más variadas creencias, para promover y defender la vida humana.

El tema central de esta conferencia será una reflexión sobre la creciente aprobación pública de actos y/o conductas que ofenden a la vida del hombre, que están reñidas con la moral y que están configurando muchos aspectos de la vida social de nuestro tiempo. Es como si existiera una "pendiente resbaladiza" que conduce desde inicios de apariencia casi inofensiva hasta situaciones de gran daño moral y social.

Voy a escoger dos ejemplos de tales pendientes. La primera es la que conduce desde la aceptación del aborto terapéutico hasta la experimentación embrionaria. La segunda es la que lleva desde el inicio de la fecundación in vitro hasta el empleo de los embriones como objetos industriales. Siguiendo la metáfora de la pendiente se podría decir que ambas confluyen al problema reciente de la clonación de seres humanos.

1- Del aborto a la experimentación embrionaria.

En el mundo occidental, el aborto se ha introducido como una medida de compasión destinada a salvar la vida de la madre. Se podría seguir en muchos países la evolución de esta aceptación restringida a una mucho más amplia: de salvar la vida de la madre se pasa a ayudar a ésta a sobrellevar enfermedades más o menos seria y finalmente a colaborar con la superación de problemas psicológicos o incluso de simple bienestar social, de modo que el aborto, protegido por la Medicina pasa a ser una práctica común.

En la misma dirección opera una nueva manera de estimar la libertad de la mujer, y, concretamente sus derechos sobre el propio cuerpo. La libertad de la mujer exige que se proteja su inmunidad en ese espacio privadísimo que es el propio cuerpo, y al mismo tiempo se considera que el embrión o feto es parte de ese espacio, de ese "propio cuerpo", y nada exige la defensa de su vida si esta es rechazada por la madre. Lo que se halla en juego aquí es una perversión del sentido de la libertad, transformada en una omnímoda facultad de disponer.

Paralelamente a esta evolución cultural que se ha registrado con mayor o menor intensidad en muchos países de occidente, se ha hecho sentir un efecto primero limitado y luego ampliamente difundido del materialismo como doctrina de la vida social. El ejemplo clásico es lo ocurrido en la Unión Soviética. A comienzos de la década del veinte se aprobó allí una legislación de aborto extremadamente permisiva, que era consistente con presuntas necesidades de reforma social, con exigencias de la máquina de producción económica y con el rechazo materialista a cualquier condición especial del fruto de la concepción. Las raíces de esta posición radical pueden encontrarse en la obra de Federico Engels "El origen de la propiedad privada, de la familia y del estado", y su justificación social fluye de la lectura del clásico bolchevique de León Trotzky, "La revolución traicionada".

Luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, la legislación abortista se extendió a las llamadas "democracias populares", hasta tal punto que en la gran mayoría de los países del socialismo real el derecho al aborto se incorporó a la concepción "normal" de la sociedad.

Pocos años después, bajo la influencia del socialismo en Inglaterra, y dentro de una compleja marea de cambio cultural en los Estados Unidos, ambos grandes países anglosajones aceptaron e introdujeron el aborto bajo modalidades extremadamente permisivas.

Es obvio sin embargo que si el embrión o feto no gozan de un "status moral" que haga reprobable el atentado contra su vida, se ha dado un paso decisivo hacia considerarlos como objetos que podrían ser utilizados para diversas finalidades. Al mundo un tanto supersticiosamente científico de hoy, una de las finalidades más concretas era la de la experimentación embrionaria. Si el feto o embrión han de ser destruidos, es mejor que eso se haga dentro de una acción que permita utilizarlos para el avance de la ciencia y el bien de la humanidad.

Por supuesto que esta posición genera algunos crueles dilemas que mueven a reflexión. Se le niega el "status moral" al embrión aunque no se podría negar que este es un organismo vivo perteneciente a la especie humana. No basta pues esta condición para garantizar ninguna forma de incondicional respeto. Se exigen, para considerar que un individuo biológico sea una persona, que él muestre algunos rasgos de "personhood", sobre los cuales dista de haber pleno consenso.

Uno que vuelve insistentemente sobre todo en el público no médico es el que se relaciona con el funcionamiento y desarrollo del sistema nervioso. Se piensa que la actividad mental es el rasgo más propio de la humanidad, y se anotan como etapas importantes, ya sea la aparición de las primeras neuronas, o de los primeros actos reflejos, etc. Sin embargo no hay duda de que un niño recién nacido tiene un sistema nervioso incapaz de ninguna de las "funciones superiores", y francamente menos desarrollado que un cachorro. Peor aun si el niño es enfermo, por ejemplo de una enfermedad de Down.

Fue un ilustre profesor de Bioética el que dijo que prefería un cerdito sano a un niño enfermo. Por repulsivas que sean estas palabras, lo cierto es que a un recién nacido le faltan las funciones mentales superiores, y si estas son la condición necesaria para conceder "status moral", quiere decir que el recién nacido no lo tiene y por lo tanto no es una persona.

Existe afortunadamente una sabiduría residual en el hombre que lo lleva a rechazar por repugnantes algunas de estas generalizaciones, el "derecho a estremecerse" de que habla León Kass. Pero nadie podría evitar que para una cosa tan importante como el derecho a la vida, todas las limitantes artificiales que los hombres quieran erigir se irán desmoronando, y que el intento de inventar inicios artificiales de la vida de la persona, distintos del comienzo de su vida natural, se harán insuficientes.

Así, como primer ejemplo de la pendiente resbaladiza, dejo mencionado este, que lleva desde un tímido comienzo del derecho al aborto hasta una exigencia de experimentación con los embriones humanos.

De la Fecundación in Vitro (FIV) hasta el empleo de los embriones como objetos industriales.

El segundo ejemplo que deseo abordar es el de la Fecundación in Vitro (FIV). En sus inicios, la FIV fue percibida como un procedimiento que permitía que una familia superara el escollo de la infertilidad, como una herramienta al servicio de la vida, y principalmente de la vida de la familia. Antes de mucho se percibió que la FIV, en cambio, no era una forma de procrear, sino más bien la sustitución de la procreación por un procedimiento tecnológico.

Esto es fácil de ver con un análisis breve del problema.

La procreación tiene lugar en el abrazo conyugal. Los agentes de la procreación, los que la operan, son entonces los padres. En el caso de la FIV, el procedimiento es realizado por un equipo técnico de salud. Los padres no son en absoluto los agentes, sino que son ahora los clientes.

La intimidad del abrazo conyugal es el medio por el cual se asegura en cada caso que se pongan en contacto los gametos correspondientes. Esta correspondencia es de suma importancia en la vida familiar y social. Si ella no se da, hay adulterio. En la FIV, los responsables de que se usen los gametos "correctos", son de nuevo los miembros del personal sanitario encargado de la operación

En la FIV los embriones obtenidos son sometidos a un proceso de selección para optimizar sus posibilidades de buen desarrollo. Este es un paso perfectamente lógico en un procedimiento tecnoindustrial, pero es del todo ajeno a la lógica de la procreación.

Como cualquier proceso industrial, la FIV deja sus propios "desechos". Una vez implantados todos los embriones que se desee, quedan a menudo embriones sobrantes "supernumerarios", seres humanos destinados a morir. Son muchos millares los seres humanos que en numerosas clínicas y centros de "fertilidad" esperan congelados el momento de su destrucción. Ellos son tan seres humanos como los que fueron implantados y cuyo nacimiento es aguardado por alguna familia con esperanza. Pero la lógica inexorable del proceso industrial les quita a algunos la vida que les dio a otros.

La práctica de la FIV ha tenido un crecimiento exponencial en casi todos los países. Las sumas de las cifras de negocios son altísimas. Cuerpos médicos y sanitarios de todo el mundo la defienden con vigor, en nombre del beneficio de los pacientes y suelen pasar por alto la realidad del beneficio propio. La FIV, como cualquier industria, ha crecido al ritmo de la demanda, y como tantas veces ocurre, esta ha prevalecido sobre las consideraciones morales, sobre lo antinatural del procedimiento, sobre los embriones muertos en el camino, etc.

Del mismo modo, la demanda está derrotando a importantes y fundamentales limitantes sociales. La FIV es ampliamente usada con gametos que "no corresponden". Se usa esperma de bancos de esperma o de "donantes"; se usan óvulos que no son los de la mujer que solicita la FIV, y aun, para vencer la limitación que puede provenir de la incapacidad de una mujer de sobrellevar la gestación se recurre a las "madres sustitutas". Se manipula la inseminación venciendo a la azoospermia con la inyección de un solo espermio en el interior del oocito (procedimiento llamado ICSI).

La obtención de un recién nacido se asimila así a un procedimiento industrial, y el ser humano, objeto de él pasa a ser simplemente un objeto industrial. Más allá de la decisión del fabricante, no existe ninguna diferencia entre el óvulo que fue implantado y el que se sometió a congelación para llevarlo eventualmente a la muerte.

La industria de la producción de hombres tiene todavía un paso que dar, y es el de la producción de individuos de características conocidas, previstas. Este es el camino que lleva a la clonación, al mismo tiempo que el camino que viene del aborto, despoja al embrión de todo "status moral" y lo entrega de lleno a la imaginación de los experimentadores que buscan un camino seguro para fabricar hombres de acuerdo a especificaciones.

Clonación

Las dos resbaladizas pendientes que hemos contemplado convergen en el novísimo punto de la clonación. Por ella se da un paso más en la línea de la fabricación industrial del hombre. Se fabrica un hombre de acuerdo a especificaciones previamente fijadas, lo que es en cierta forma el desideratum de una técnica de manufactura y - por lo mismo - el procedimiento más contrario a la procreación natural.

Técnicamente, lo que se llama la clonación no responde exactamente a este concepto. Un clon es un individuo generado a partir de otro que es genéticamente idéntico a él. Lo que se llama hoy habitualmente clonación es un individuo obtenido por transferencia de núcleo. Para ello se extirpa el núcleo de un oocito y se lo reemplaza por el de una célula corriente. Suele ocurrir que el núcleo así transferido, aun proviniendo de un animal adulto, se "reprograme" y comande el desarrollo de un embrión. Este tiene un genoma idéntico al de la célula de donde se sacó el núcleo, con una excepción. Los ácidos nucleicos mitocondriales que se transmiten sólo por vía materna son los que corresponden al oocito que recibió la transferencia.

El objetivo de esta maniobra es producir un individuo que tenga el mismo genotipo que el del organismo de donde se extrajo la célula cuyo núcleo se empleó. Prácticamente equivale a un gemelo (mellizo univitelino) de él. En Mamíferos la técnica tiene un bajo rendimiento. En el caso famoso de la oveja Dolly se partió con 250 oocitos a los cuales les fueron transferidos núcleos y se llegó a sólo 25 embriones implantados. De ellos sólo llegó a término Dolly.

Las malformaciones o trastornos del crecimiento abundaron en los animales de este experimento, lo que hace suponer que el intento de clonar seres humanos (de ser esto posible, ya que los experimentos de clonación no han sido hasta ahora exitosos en todos los Mamíferos en los cuales se ha intentado), tendría que ser precedido de una exploración preliminar por medio de numerosos experimentos en embriones. Esta sola consideración parece poner una impasable barrera moral para la clonación humana.

Vale la pena sin embargo detenerse un momento sobre el significado de una eventual clonación.

Desde muy antiguo se registran versiones míticas de la producción artificial de hombres, vista siempre como la manifestación de un poder singular. Sin embargo, dejando de lado lo legendario, quiero recordar la propuesta de Joshua Lederberg, Premio Nobel, quien en 1966 propuso la clonación (cuya realización en organismos de Mamíferos estaba todavía muy lejana) como una solución al problema de la evolución de la especie humana.

Lederberg pensaba que los acelerados cambios ambientales provocados por la tecnología no darían tiempo suficiente para la acción del mecanismo evolutivo de la selección natural, y proponía entonces ir escogiendo individuos de fenotipos reconocidamente exitosos y clonándolos. La propuesta era simplemente eugenesia. Suponía que ciertos hombres tendrían la capacidad para determinar cuáles son los rasgos deseables de la humanidad, y les otorgaba a ellos un poder despótico sobre su evolución. Recuerdo esto porque creo que detrás de cada clonación hay el ejercicio de un poder despótico sobre la descendencia cuyos caracteres se fijan a voluntad del operador.

En el proceso de clonación humana se subvierte por completo el significado de la procreación, llevando la industrialización de la generación humana hasta el extremo.

En efecto, se destruye todo el sistema de parentesco que es propio de la familia humana. El clon no tiene padre. Es llevado en su seno por una mujer que puede no tener parentesco alguno con él o bien ser su hermana gemela. Recibe su genoma de un individuo (hombre o mujer) que es su hermano o hermana gemela. El futuro del clon está fuertemente programado, en el sentido de que la manifestación de su genoma (fenotipo) es básicamente conocida. Tiene hasta cierto punto un destino que él naturalmente puede no conocer pero que no le ha llegado por el azar de la generación sino que tiene como responsables a los autores de la operación de clonación. Desde el punto de vista social y psicológico se encuentra pues en una situación precaria. Sus reacciones frente a esta penosa singularidad son imprevisibles.

Pero el clon no tiene por qué llegar a ser un individuo biológicamente autónomo. Siendo un objeto industrial, él puede ser utilizado de diversas maneras a elección del fabricante.

Una manera sería la de dejarlo que se desarrolle plenamente. Es posible que este destino sea el de menor interés para la sociedad, por los costos, riesgos e incertidumbres que entraña.

Pero también puede ser usado para cortar su desarrollo (ser destruido) en una etapa más o menos precoz de su desarrollo embrionario (o fetal) con el fin de extraer de él "células madres", (células estaminales o troncales) destinadas ya sea a la experimentación, ya sea a la obtención de líneas celulares que permitan tratamientos de "reemplazo" en enfermedades hematológicas, neurológicas u otras. Este camino parece ser el de mayor interés para muchos grupos de científicos hoy día. Pero hay que tener bien claro lo que él significa: es fabricar seres humanos con el fin expreso de matarlos. Esto es lo que se llama (casi irónicamente) "clonación terapéutica", y ella es sin duda la forma más perversa de clonación.

La posibilidad de usar la clonación para obtener líneas celulares de genoma conocido con el fin de emplearlas en tratamientos de reemplazo celular o tisular, ha generado una fuerte corriente de opinión, reforzada por cuantiosas inversiones, para obtener la aceptación de la experimentación embrionaria y la de la clonación. Por el momento sólo se habla de matar embriones clonados para extraer sus células "madres"; pero dada la historia de la "pendiente resbaladiza" parece razonable pensar que ese sería sólo un primer paso, y que sería seguido por el aprovechamiento industrial de las células de fetos clonados. Naturalmente, tanto para los fetos como para los embriones, se necesita contar con individuos biológicos cuyo desarrollo sea normal, y que no muestren anomalías cromósomicas u otras que encerraran peligros de patología en el caso de ser implantadas.

La presión busca derechamente la aceptación de la fabricación de individuos humanos con el fin expreso de darles muerte. Si esa presión tiene éxito, no se pueden prever las consecuencias.

Conviene hacer aquí un paréntesis para mostrar un rayo de luz dentro de este sombrío panorama. En los últimos años se ha demostrado que los tejidos adultos de individuos de la especie humana, contienen números variables de células progenitoras y/o estaminales. Los éxitos experimentales obtenidos con células nerviosas, células de la piel y de la sangre, permiten esperar que esta técnica parezca un camino más fácil que el de las células estaminales embrionarias, y enteramente libre de toda objeción de tipo moral. En esa forma se derrumbaría el falso dilema en que los abogados de la clonación suelen poner al público al decirles que combatir la clonación humana es condenar a muerte a muchos enfermos en el futuro.

En todo caso, hay que tener en cuenta que la aplicación de líneas celulares derivadas de células estaminales parece estar muy alejada en el tiempo, porque hay muchas dificultades técnicas que superar. Es siempre importante al hablar de estos temas distinguir lo que es problema real y lo que es ciencia-ficción o anticipación exagerada.

Creo que la mirada sobre estas dos "pendientes resbaladizas" del aborto y la fertilización "in vitro" y el pozo de la clonación al que convergen, permite dar una mirada siquiera muy superficial sobre el problema de la "cultura de la muerte".

El principal agente usado para difundir, justificar y aun imponer estas prácticas perversas, ha sido el de los cambios legislativos apoyados en campañas comunicacionales. Un rol central de la ley es enseñar. El ciudadano corriente da por sentado que lo que la ley permite o protege no puede ser abiertamente inmoral. Pero cuando a través de la ley se consigue la aceptación de prácticas como las que comentamos, lo que se ha producido es un claro hecho cultural, un cambio cultural. La aceptación social y la protección legal del abuso y la muerte con embriones y fetos, son expresión de una nueva cultura que pugna por penetrar en todos los temas y en todos los ambientes. Son parte de lo que S.S. Juan Pablo II ha llamado la "cultura de la muerte".

Una descripción cabal de la cultura de la muerte escapa a los límites de esta conferencia. Pero no se puede negar que la experimentamos a diario. El abuso de la ley que transforma "delitos en derechos" a través de consensos que son manifestaciones encubiertas de poder; la distorsión de la Medicina que ya no mira al médico como lo pedía Hipócrates como un hombre actuando para el bien del enfermo; la profanación de la maternidad que acepte que a las madres busquen la muerte de sus hijos; la negación de la conciencia moral como si fuera una atadura intolerable y su reemplazo por una libertad omnímoda; el desdén por la familia, a la que se mira como una especie de prisión y no como el lugar de florecimiento de las personas; la degradación del trabajo despojado de su carácter creativo y transformado en esclavitud o mercancía; el menosprecio del cuerpo humano, disimulado bajo las apariencias de una exaltación desmesurada; la execración del sufrimiento al que se niega todo su valor. Por mil maneras se impulsa un conjunto de desvalores que niegan los valores cristianos.

En su raíz esta ofensiva tiene una negación del valor de la verdad y una perversión del sentido de la libertad. Sin verdad ni libertad, el hombre carece de una auténtica y fundamental dignidad, pierde lo que le es más propio, es víctima de una cierta forma de muerte, consecuencia seguramente de la muerte que se proclamó de Dios a principios del siglo XX. El hombre fruto de la necesidad o del acaso tiene ciertamente compañeros que van con él en esta travesía, pero no tiene hermanos a quienes pueda brindar una auténtica acogida.

A esta "cultura de la muerte" se contrapone la "cultura de la vida", según las palabras de Evangelium Vitae de que la vida es siempre un bien. Y así sabemos que "El Dios de la Alianza le ha confiado a cada hombre la vida de otro hombre hermano suyo…" Esta acogida que es la fuerza que liga y mantiene a la humanidad es la que prohibe matar incluso a los más pobres y más desfavorecidos, la que protege el vínculo de solidaridad que permite que todos los hombres puedan aspirar a que se cumpla en ellos la oración del Señor de que sean uno, reflejando de modo misterioso la comunión trinitaria, como Jesús es uno con el Padre.

(Conferencia del prof. Juan de Dios Vial Correa pronunciada en San José de Costa Rica el 9 de abril de 2003)

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