Bioética y Ciencia

Recetario para una campaña pro-eutanasia

Escrito por Miguel A. Martínez González y Jokin de Irala. Publicado en Eutanasia y Eugenesia.

El envejecimiento de la población es muy alarmante. De él se están derivando una serie de consecuencias muy preocupantes para la salud pública. Estas consecuencias irremediablemente se agravarán en las próximas décadas. Por ejemplo, el número de jubilados va a seguir aumentando y cada vez resultará más difícil que la población en edad productiva sostenga a la población jubilada. Es un desequilibrio que crea un grave problema de sostenibilidad de un sistema sanitario cuya mejor característica es la cobertura universal. A esto se suma que las prestaciones sanitarias son cada vez más caras, y la mayor parte del gasto sanitario ocurre en los últimos años de la vida de una persona. En este contexto lo prioritario es buscar soluciones que abaraten los costes, pero algunas son demasiado radicales y claramente inaceptables.


Cada vez se defiende más que el médico no haga nada cuando la situación clínica de un paciente se esté deteriorando y existan bajas probabilidades de éxito, esto reduce mucho los costes. Incluso se ha llegado a afirmar que "una medida que sería más coste-efectiva que no hacer nada es terminar activamente la vida de un paciente".

Analistas de políticas sanitarias han propuesto de hecho esta conducta como un modelo de estrategia de reducción del gasto (Fung KK. Am J Econ Sociol 1993;52:275). Si se consigue que la población perciba como algo aceptable que los médicos puedan eliminar pacientes que van a resultar costosos para el sistema sanitario, se habrá abierto una vía altamente eficiente para reducir los gastos. Tanto la eutanasia pasiva como la activa disminuirían los costes tanto para los proveedores como para el sistema (Arch Intern Med 1995;155:133).

Este planteamiento de abaratar costes a base de deshacerse de vidas humanas ha sido abiertamente defendido por algunos autores, argumentando sobre cuáles serían los ahorros que conseguiría (N Engl J Med 1998;339:167). Incluso en este plan existirían por ejemplo incentivos económicos para las familias del enfermo terminal que deseara la eutanasia activa (N Engl J Med 1996;335:518).

A pesar de la tremenda repulsa que producen a cualquier persona con sentido común, estas tendencias pro-muerte son muy antiguas. No tienen nada de progresistas. La cicuta existía ya en tiempos de Hipócrates y aparece proscrita en el juramento hipocrático que todos los médicos hemos hecho siglo tras siglo antes de empezar a ejercer nuestra profesión.

La película La vita è bella de Roberto Benigni recoge el alegato de una señora nazi que presume de que los alumnos de colegios del Tercer Reich saben calcular muy bien cuánto se ahorra al erario público al eliminar a los enfermos crónicos. El error de la eugenesia y la "higiene racial" es también muy viejo.

Hace mucho tiempo que se describieron cuáles deben ser los pasos -cuidadosamente cronometrados- que hay que dar para lograr una estrategia de marketing social que consiga que muchos se traguen la aceptabilidad de la eutanasia. Estos pasos sucesivos para engañar a candorosos son:

1. Búsquese un caso lacrimógeno

2. Désele toda la publicidad posible a ese caso

3. Cuando todos conozcan el caso lacrimógeno, hágase una transgresión abierta de la ley

4. Désele toda la publicidad posible a esa trasgresión

5. Búsquese a un enemigo para demonizarlo y ridiculizarlo de modo caricaturesco y cruel

6. Difúndase que la eutanasia es una "realidad social" y que el legislador debe regularla

7. Defiéndase una ley que tenga -sólo en su letra- un carácter altamente restrictivo

8. Una vez conseguida la aprobación de la ley, basta con ir interpretándola cada vez más laxamente para llegar a un uso generalizado de la eutanasia.

Huida de Holanda
El resultado está a la vista en Holanda, donde ya se ha llegado al punto nº 8 (en España estamos en los puntos 4 y 5). El 40% de todas las muertes que se producen en ese país está precedido de actuaciones médicas para acelerar la muerte (Lancet 2003;362:395). Muchas eutanasias, al menos unas mil al año, se realizan en ese país sin que el paciente las haya pedido nunca. Allí se han dado casos, como el de una paciente con cáncer de mama a la que se le aplicó la eutanasia sin su consentimiento porque en palabras del médico podría haber tardado aún una semana más en morir. Yo simplemente necesitaba su cama (JAMA 1997;277:1720). Muchos ancianos de los Países Bajos, temerosos de que este tipo de actuaciones les afecten, están viajando a otros países para vivir allí sus últimos días.

En la ciudad alemana de Bolcholt, fronteriza con Holanda, ha llamado la atención la creciente llegada de adultos mayores holandeses. Una inmigración poco usual que ha obligado a las autoridades germanas a construir un asilo especial para albergarlos, dado el considerable aumento de la demanda en los últimos tres años. Lo que les hace exiliarse voluntariamente a esas alturas de su vida en un país donde se habla otro idioma es el temor a la eutanasia, lo que no deja de sorprender ya que, según la letra de la ley holandesa, ésta sólo puede practicarse a expresa y repetida petición del paciente.

Se profundiza poco en la petición de ayuda para morir. Detrás de esa petición suele haber una solicitud de afecto, apoyo psicológico y cuidados paliativos por parte del paciente y no una petición real de que le maten. El deseo de morir está frecuentemente asociado a una depresión y a veces a otros trastornos psicopatológicos. Hay evidencias de que el 90% de los que se suicidaron tenían algún trastorno mental subyacente (N Engl J Med 1991;325:1101); tratando el trastorno psiquiátrico, desaparece el deseo de morir.

Aplicando la eutanasia, se acaba esa posibilidad. La eutanasia es irreversible. Nuestros deseos no lo son. Ante los poquísimos casos donde existe una petición repetida y diríamos que "obsesiva" por morir, se obvia el posible componente patológico de esa obsesión.

También se pasa de puntillas por el peliagudo problema de la influencia negativa de su actitud en otros lesionados y enfermos graves. ¿Hasta qué punto no es terrorismo psicológico pregonarles a los tetrapléjicos o a otros enfermos que su vida no merece la pena ser vivida?
Decirles esto es muy cruel.
¿No es una sutil forma de coacción para hundirles en la depresión y hacer que luego se sientan generosos si piden que se les eutanasie?
¿Se puede seguir hablando de "voluntariedad" después de esta orquestación mediática?
Más difícil es demostrarlo cuando la víctima ya ha muerto y los familiares por fin cobran la herencia.

En la práctica no sería posible deslindar la voluntariedad, véase el caso holandés, ya que se entra en una pendiente resbaladiza donde es imposible delimitar lo voluntario de lo involuntario, porque se ha admitido la violencia social que conlleva el afirmar que hay vidas que no merecen la pena ser vividas.

Proponer la despenalización de la eutanasia está de moda, es lo que se lleva, porque es escandaloso y posliberal, individualista y, sobre todo, parece algo "políticamente correcto" y emotivamente aceptable. Pero a poco que se piense con la cabeza sobre los hombros, la eutanasia es un medio irreversible, drástico y violento de solucionar el problema de la enfermedad, por lo que distorsiona la finalidad curativa de la medicina.

Destruye la medicina, ya que destruye su propio objeto que es el enfermo. No hay vidas humanas sin valor. Si el médico no defiende esta afirmación, está destruyendo su propia profesión. Si la opinión pública admite este aserto, está destruyendo lo más noble de la humanidad. Lo que sucede es que el derecho a morir es una idea que ha sido acogida con entusiasmo sentimental pero sin racionalidad alguna por la pequeña oligarquía de intelectuales de moda, por quienes crean y difunden la opinión pública de la pseudoprogresía más retrógrada.

Miren ustedes por favor lo que pasaba en tiempos de Hipócrates, 460 años antes de Cristo antes de contarnos que son progresistas: "A nadie daré aunque me lo pida un remedio mortal, ni tomaré la iniciativa de proponer una cosa así" (Juramento hipocrático 460 a.C.).

(Los autores son profesores titulares Medicina Preventiva y Salud Pública. Universidad de Navarra.  Este artículo fue publicado en el Diario de Navarra)

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