Bioética y Ciencia

Testamento vital y eutanasia

Escrito por D. Rafael Martínez Die, Notario. Publicado en Eutanasia y Eugenesia.

El pueblo, verdadero artífice de la realidad, manifiesta inequívocamente su voluntad de que el derecho a la vida, fundamento de la paz y del orden social, sea preservado y garantizado plenamente por todos y, muy especialmente, por los poderes públicos. Nadie puede, pues, eludir su responsabilidad en este asunto.
Últimamente, sin embargo, ciertos grupos de presión pugnan por introducir por caminos oblicuos la práctica de la eutanasia, adoptando postulados ideológicos contrarios a nuestra cultura, y partiendo de premisas económicas opuestas a una verdadera sanidad pública, solidaria y humanista.


Con esta finalidad se aboga por la implantación del llamado testamento vital o documento de voluntades anticipadas -la cuestión terminológica es irrelevante-, como primer paso para la despenalización positiva o fáctica del homicidio a petición o, en otras palabras, de la muerte a la carta.

El objetivo final al que se dirige el reconocimiento normativo del testamento vital consiste, por tanto, en lograr la exoneración de responsabilidad civil y penal de quienes practiquen la eutanasia, y, aún mucho más importante, en llegar a "normar" el hecho de nacer y de morir. Es más: que a nadie se le oculte que los más importantes defensores de la eutanasia no hablan de "normar" sino de "controlar" (así, por ejemplo, Joseph Fletcher) , todo ello bajo la excusa de que la vida pierde sentido cuando carece de la suficiente "calidad" (1).

En definitiva, quienes apoyan la eutanasia consideran que el placer de vivir reclama como tributo la aniquilación de quienes se consideran indignos de vivir.

LA PERSONA ES DIGNA SIEMPRE, LA MUERTE NUNCA.

El hecho de asignar a la muerte el atributo de la dignidad, además de recordar épocas afortunadamente superadas, supone una deformación del lenguaje ordenada a ofuscar el recto discurso de la razón. Ni el hecho de nacer ni el de morir son más que eso, hechos y sólo hechos, adornados naturalmente de toda la relevancia que se quiera. Precisamente por ello no pueden ser tenidos como dignos o indignos según las circunstancias en que acontezcan, por la sencilla y elemental evidencia de que el ser humano siempre, en todo caso y situación es excepcionalmente digno, esté naciendo, viviendo o muriendo. Decir lo contrario es ir directamente en contra de lo que nos singulariza y cohesiona como pueblo.

Por otra parte, si se insiste en que los sufrimientos de una enfermedad terminal únicamente pueden paliarse por medio de la muerte ¿para qué insistir en que el paciente debe haber solicitado que se le provoque la muerte en tales casos?

La cuestión de fondo no tiene nada que ver, pues, ni con la enfermedad ni con el sufrimiento ni con la dignidad ni con la llamada calidad de vida, y si aún se sigue insistiendo en que sí, en que son esos los problemas que trata de resolver la eutanasia, habrá que preguntarse por qué nunca se habla de auxilio al suicidio del quien padece una depresión irreversible o de quien padece una discapacidad que siente como terriblemente degradante.

El problema esencial que plantea la eutanasia es muy distinto a los anteriormente enumerados, al quedar ceñido a determinar el alcance real de la libertad del hombre.

DESEOS Y DERECHOS

Ante el hecho inevitable de la muerte nadie dudaría en escoger un fin indoloro y rápido, y un tratamiento que dulcifique nuestra agonía. Sin embargo, no se pueden confundir nuestros deseos, por muy legítimos que sean, con nuestros derechos. Subráyese que esta confusión se halla en el origen de todos los movimientos totalitarios que han marcado a sangre y fuego el siglo XX, y que este equívoco, subproducto del idealismo alemán inaugurado por Hegel, marcó el inicio de lo que Karl R. Popper llamó "la edad de la irresponsabilidad": primero de la irresponsabilidad intelectual y, más tarde, de la irresponsabilidad moral (2).

Los derechos -a diferencia de los deseos- tienen siempre el correlato de un deber, de una imposición que obliga a una persona o a una colectividad a dar, hacer o no hacer alguna cosa. De esta manera, si se defiende que el deseo de morir de determinada manera merece alcanzar la categoría de "derecho", lo que se está diciendo en realidad es que alguien tendrá la obligación de ejecutar esa voluntad; en definitiva, simple y llanamente, e intentando traducir la jerigonza altisonante y transida de falsa emotividad del movimiento proeutanásico, lo que se está pretendiendo es establecer un deber jurídico de matar, por acción u omisión, en los términos que resulten de un documento firmado por el interesado.

TESTAMENTO VITAL Y LIBERTAD

Bajo un rótulo tan sugestivo y evocador como el de "testamento vital", bajo el falso pretexto de exaltar la libertad humana, se pugna por introducir en nuestro sistema -por caminos oblicuos- un simple instrumento jurídico formal que servirá en la práctica para despenalizar la eutanasia. Pero la tozuda realidad demuestra que el tal documento, se llame como se quiera, no puede reflejar ninguna decisión libre, por razones elementales:

a. Sólo es libre aquella decisión que se adopta con conocimiento de causa, es decir, siendo consciente y haciéndose responsable de las consecuencias que se producirán. Las premisas sobre las que se apoya la libertad son pues el conocimiento y la responsabilidad, y si falta alguna de ellas no es posible hablar en rigor de libertad. Pues bien, ¿quién sabe qué es la muerte? o como se preguntó el Hamlet de Shakespeare ¿quién aguantaría los males de esta vida si no fuera porque desconocemos lo que nos depara el silencio del sepulcro?

b. La voluntad humana es variable, por lo que nunca podrá tenerse la certeza de estar respetando o violentando la voluntad interna del paciente cuando éste se halle incapacitado para exteriorizarla.

Añádase que la variación de la voluntad no sólo dependerá de ella misma, de cambios de criterio o creencias, sino que su efectividad deberá quedar supeditada a los posibles avances científicos. Y ciertamente, el hecho de que el cumplimiento de la voluntad del enfermo se haga depender del avance científico, supondrá la restauración de una medicina paternalista.

Y, por último, pese a que se orqueste el más depurado y perfecto sistema documental y registral, como todo lo humano será falible, y entonces ¿qué pasará cuando se compruebe que se actuó sobre la base de un documento revocado?

c. La libertad es atributo de la persona, que decide por sí y para sí, y obviamente nadie, ni siquiera los científicos más reputados de la ciencia médica, podrán otorgar un testamento vital por sí mismos, ya que ninguna persona tiene un conocimiento acabado de las diversas especialidades médicas, que les permitan diagnosticar su patología, hacer su pronóstico, seleccionar el tratamiento que se considere adecuado, recetar la medicación oportuna, y prever los avances de la ciencia médica.

CONSECUENCIAS PREVISIBLES SI SE IMPLANTA EL TESTAMENTO VITAL.

La introducción en nuestro sistema jurídico de una norma que regule el otorgamiento, contenido y efectos del testamento vital o del documento de voluntades anticipadas, cualquiera que sea la orientación ideológica en que se fundamente, podrá ser innecesaria y siempre será perturbadora.

Su regulación es innecesaria, en efecto, si su objeto queda limitado a evitar el llamado "encarnizamiento terapéutico", por las siguientes razones:

Primero, porque el "encarnizamiento terapéutico" constituye hoy y ahora una práctica sanitaria totalmente rechazable, por lo que no hace falta su repulsa por el paciente para evitar cualquier tratamiento desproporcionado.

Segundo, porque el sólo hecho de manifestarse en contra del encarnizamiento terapéutico implica poner en entredicho el buen hacer profesional del personal sanitario, muy especialmente del especializado en cuidados paliativos, que por pura lógica entrarán en una relación dialéctica y de confrontación con el enfermo que les "prohíba" ejercer mal su oficio.

Tercero, porque ya en la actualidad el personal sanitario tiene muy en cuenta la voluntad del enfermo -singularmente del terminal-, que además cuenta con los instrumentos jurídicos apropiados para exteriorizarla a través del "consentimiento informado" y, sobre todo, a través del diálogo. Subráyese que en la relación médico-paciente lo que debe alentarse es el diálogo constructivo basado en la confianza, y no lo contrario.

Pero, sobre todo, su regulación siempre será perturbadora al acarrear las siguientes consecuencias:

a. Desarme y desconcierto en los servicios médicos de urgencias, ya que difícilmente podrá optarse por realizar técnicas de reanimación sin saber previamente si el enfermo ha otorgado o no un testamento vital.

b. "Judicialización" de la actividad médica, ya que el personal sanitario tendrá que saber no sólo el historial clínico del enfermo, sino también el jurídico, con lo que inevitablemente se colocarán a la defensiva, provocando un aumento geométrico de contiendas ante los tribunales de justicia.

c. "Psiquiatrilización" de la medicina. Obviamente si el testamento vital contiene una declaración favorable a la eutanasia, sólo podrá cumplirse sin incurrir en responsabilidad si ha quedado garantizado que su otorgamiento se verificó en estado de plena consciencia.

d. Aparición de un movimiento de reforma de multitud de instituciones jurídicas, al producirse una mutación de los postulados en que se sustentan (vgr. objeción de conciencia, deber de socorro, potestad de los padres y tutela, causas de indignidad y desheredación, etc, etc).

e. Institucionalización de la desigualdad entre los enfermos, que serán agrupados en dos sectores distintos y merecedores de trato diferente: el grupo de los testadores vitales y el de los enfermos sin testamento. Evidentemente, ambos grupos deberán recibir una atención distinta, ya que de lo contrario no tendrá sentido otorgar dicho documento, en cuyo caso cabrá preguntarse ¿si el testamento vital supone una ventaja, quienes no lo otorguen recibirán peores cuidados?

f. Inicio de la primera fase para conseguir la despenalización de la eutanasia.

Basta lo anterior para concluir que no parece oportuno entrar en la regulación del testamento vital debido a sus múltiples inconvenientes, y en cambio sí podría aprovecharse esta oportunidad para dotar de un contenido más amplio y preciso al documento en que se incorpora el "consentimiento informado" del paciente, potenciando al máximo un diálogo fecundo y constante entre el personal sanitario, los enfermos y sus familiares, con el objetivo final de potenciar al máximo la medicina paliativa en provecho del bienestar de los enfermos.

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(1) - "La santidad de la vida contra la calidad de la vida", en selección realizada por Robert M. Baird y Stuart E. Rosenbaum bajo el título "Eutanasia: los dilemas morales". traducción de J.A. Bravo. Editorial Alcor).

(2) - Karl R. Popper "La sociedad abierta y sus enemigos". Paidós.

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