Bioética y Ciencia

¿Qué pasa con Terri Schia­vo?

Escrito por Dr. Gonzalo Herranz - Publicado en La Razón (Madrid, 22-03-05). Publicado en Eutanasia y Eugenesia.

El problema ante el que Terri nos fuerza a tomar posición es la cuestión, fuerte donde las haya, de si al­guien puede ser el dueño de la vida de otro; en especial, de la vida de quien ni puede hacerse valer, ni pue­de hacerla valer.

 

Causa asombro grande que la existencia de una mujer en esta­do mínimo de conciencia -esa es la forma ahora correcta y libre de prejuicios de referirse al estado vege­tativo persistente- sea capaz de ocu­par una vez y otra la atención de to­do un país.

 

Impresiona que Internet responda a la simple búsqueda de «Terri Schia­vo» con más de 700.000 resultados, tantos como los que suman juntos Alejandro Amenábar y Pedro Al­modóvar.

 

Sorprende que senadores y congre­sistas de la Gran República se reúnan en un fin de semana y en tiempo de vacaciones para votar una Ley que se refiere a un mero trámite procesal que concierne a una sola persona.

 

Causa extrañeza que la vida de Te­rri sea para unos una pesadilla a la que ha de ponerse fin y, para otros, un tesoro inapreciable que se ha de conservar.

 

Todo eso sólo tiene una explica­ción y es que Terri se ha convertido, sin que ella llegue a saberlo nunca, en un símbolo.

Un símbolo que, para empezar, es ne­cesario despojar de muchas adherencias: del mucho dinero que su tragedia personal puso en juego, y que se ha gastado en bue­na parte en polémicas judiciales; del tono fuerte, encarnizado, que ha adquirido el debate en que se en­frentan, con vigor que en Europa parece ya inconcebible, los «pro-lifers» y los «pro-choicers»; la manipulación de los testimonios médicos con que los expertos se entregan a ese de­porte nacional esta­dounidense de ofuscar a jueces y políticos.

 

Nos es necesario, sobre todo, despojar los problemas éticos en juego de la sentimentalidad visco­sa con que los contendientes de uno y otro lado han embadurnado datos y explicaciones.

Si consiguiéramos eliminar toda esa hojarasca podríamos quedarnos con el núcleo del probIema.

 

No consiste éste en resolver el ar­duo enigma de qué es o qué vale el universal «vida humana».

Ni lo es tampoco el tasar cuánto valen, o cuánto cuestan, las vidas hu­manas reales, tan frecuentemente en­carnadas en misérrimos envoltorios corporales.

 

El problema ante el que Terri nos fuerza a tomar posición es la cuestión, fuerte donde las haya, de si al­guien puede ser el dueño de la vida de otro; en especial, de la vida de quien ni puede hacerse valer, ni pue­de hacerla valer.

 

Este es el problema que enciende las pasiones de los norteamericanos.

 

Es lógico que discutan con ardor si un ser humano -un juez, un médico, un militar, un padre, un esposo- pue­de ser el dueño de la vida y del des­tino de otro ser humano.

 

La vieja dialéctica de señores y siervos ha cambiado allí, y se ha con­vertido en la nueva racionalidad de la calidad de vida, de la dignidad personal, de la eficiencia produc­tiva, de la titularidad para decidir.

 

El problema de fondó es si se puede seguir reconociendo, o no, como humanos a quienes, comó Terri, han venido a me­nos y se ven reducidos a una apariencia precaria y miserable, animada por algo meramente “vegetati­vo”, que los despoja de su autonomía y los dejan a merced de quienes quieran cuidar de ellos.

 

No es la vida pre­caria de Terri lo que está en juego. Es la ­tremenda cuestión de la eutanasia de los extremadamente in­capaces, de los muchos pacientes cuyo estado de conciencia ha decaído has­ta el punto de no darse cuenta de lo que pasa a su alrededor, de tener que vivir dependiendo decisivamente de la ayuda que los demás quieran pres­tarles.

 

En el fondo lo que el drama de Te­rri encierra es esto: si el futuro está en ayudar a los dependientes o en abandonarlos a su propia debilidad.

 

Es un asunto apasionante. Y, en medio de tanta polémica, hay que agradecer a los norteamericanos que se apasionen como ellos lo hacen. Necesitamos, en esto, tomarlos como ejemplo.

 

 

-El Dr. Gonzalo Herranz es Vicepresidente de la Comisión de Ética y Deontología Médica de la Comisión Permanente de Médicos Europeos (CPME)