Bioética y Ciencia

Hijos de la tecnología

Escrito por Pedro López García. GEA-Valencia. Publicado en Reproducción asistida.

El autor expone en este artículo serios problemas, que -de momento- hemos de considerar como interrogantes muy fundados, ya que no se puede afirmar taxativamente que todo niño probeta vaya a sufrir trastornos psicológicos sin tener más pruebas concretas; son necesarios más años, niños y exámenes para sacar conclusiones basadas en datos. No obstante, mucho nos tememos que éstas pruebas llegarán más tarde o más temprano.


Hay una película sobrecogedora que analiza con gran dramatismo la aplicación de la condena capital. Se llama "pena de muerte". Personalmente, me parece que el tema no está tratado adecuadamente: hay un planteamiento que a fuerza de equilibrado llega a un compromiso entre dos opciones, pero que en realidad responde a un esbozo relativamente maniqueo. En una de las últimas secuencias de la película hay un diálogo prodigioso, lleno de fuerza dramática, en la que la protagonista sugiere al reo que él tiene una dignidad, pero no una dignidad concedida graciosamente por la sociedad, cosa que no sucede, pues esa misma sociedad le ha condenado a morir por inyección letal: es una dignidad de ámbito superior. ¿Tú no sabes -le dice- que eres hijo de Dios?. El reo contesta que, a lo largo de su vida, le han llamado hijo de muchas cosas con epítetos sonoros, pero que es la primera vez que alguien le dice que es hijo de Dios, y que le ha tratado con cariño.

En nuestros días, se olvida o se relega una cuestión espinosa. Estamos trayendo al mundo a seres que, ya, desde el primer momento, no saben de quiénes son hijos: están condenados de por vida a no tener filiación. Son unos desarraigados desde el mismo instante en que son concebidos. Naturalmente, son embriones que gozan de la correspondiente "ISO 9000", certificado de calidad que garantiza un embrión sano. Claro que la estadística ya se encargará de desengañarnos puesto que las imitaciones suelen ser casi siempre malas.

Pero, al margen de este asunto, se está planteando o se planteará en breve, una cuestión ardua: muchos de esos niños traídos al mundo por métodos de fecundación in vitro querrán saber de quiénes son hijos. No sería extraño que se vieran incrementadas las demandas judiciales. Estamos ante un problema social de gran envergadura, porque serán y se sentirán desarraigados, sin genealogía: no sabrán quién es su padre, ni su madre, ni sus hermanos o hermanastros, ni por qué ellos sí y otros no.

Debe resultar tan impactante este carecer de raíces en la psicología de la persona -no saber de donde se viene- que estoy seguro que en vez de resolver el conflicto artificial, como es el del supuesto "derecho al niño", nos estamos creando un problema bastante agudo. Esas criaturas querrán saber quiénes son y conocerán que han sido llamados a esta vida no en virtud de un proceso amoroso, sino de una tecnología que han aplicado con ellos a través de los bancos de óvulos y de semen -que combinación tan monstruosa: bancos y vida-. Son los niños probeta.

Carecerán casi desde el inicio de una personalidad madura y en muchos casos serán incapaces de pilotar su propia existencia. Niños desestructurados y desorientados en su existencia, instalados en la incertidumbre y el desconcierto de no saber exactamente su propia identidad. De las tres grandes preguntas que el ser humano debe hacerse en esta vida -de dónde vengo, quién soy y adónde voy- se encontrarán con el lastre de desconocer las dos primeras, o, en caso de resolverlo, se encontrarán con una respuesta traumática. Tan sólo les quedará el consuelo de labrar su propia biografía, pero desde el autismo de la nada de que provienen.

Estamos ante un nuevo profetismo de la ciencia moderna seriamente peligroso, como son todos los profetismos humanos. Espero que algún día, alguien con corazón y con humanidad les diga, en medio de su miseria moral desde la que les hemos llamado a esta existencia, que ellos también son hijos de Dios.