Familia y Educación

ARMONÍA ENTRE GENERACIONES

Escrito por Administrator. Publicado en Adolescencia y juventud.

La solución no es el equilibrio sino la armonía

ARMONÍA ENTRE GENERACIONES

 

 

Por Gerardo Castillo

 

Los problemas que suscitan las diferencias y desigualdades entre los hombres y entre los grupos sociales, se intentan resolver hoy —con mucha frecuencia— con la búsqueda del equilibrio. Se cree que anulando esas diferencias, es decir, haciendo que los hombres y los grupos sean iguales, se resolverán todos los problemas.

 

Para Thibon la solución no está en el equilibrio, sino en la armonía. Para justificar esta tesis, el mismo autor analiza el significado de los dos conceptos aludidos.

 

Hay equilibrio cuando las fuerzas que actúan sobre un cuerpo se destruyen entre sí. De ese modo se consigue una situación de igualdad. Tal sucede, por ejemplo, cuando el fiel de una balanza se encuentra en el punto cero.

 

Hay armonía cuando las fuerzas opuestas no se anulan recíprocamente, sino que convergen. Esto ocurre, por ejemplo, con un instrumento musical, la lira: la justa proporción entre los diferentes sonidos de cada cuerda hace posible la belleza de la música.

 

¿Qué resultados se conseguirán, de hecho, con una u otra respuesta, cuando se intentan resolver las desigualdades personales y sociales?

 

La pretensión de equilibrar las fuerzas divergentes fomenta la rivalidad entre ellas y acaba en desequilibrio.

 

Por el contrario, cuando se persigue la armonía, «los individuos y los grupos en lugar de enfrentarse en un antagonismo estéril, conjugan sus fuerzas en la búsqueda y en el servicio del bien común».

 

De aquí se deriva una consecuencia importante para las personas que tiene especiales responsabilidades sociales «los verdaderos jefes no son unos equilibristas cuyo papel se limita a contener el desorden, sino ‘armonizadores’ que aseguran la concordia, es decir, que actúan sobre las fuerzas sociales como un buen afinador sobre las cuerdas o las teclas de un instrumento de música».

 

Entre las generaciones puede haber armonía o disarmonía. Lo primero no se logra sin un esfuerzo de aproximación por ambas partes.

 

Conflictos generacionales

 

Si situamos el problema en el ámbito de la familia, nos encontramos con un hecho bastante frecuente: padres e hijos jóvenes intentan resolver el conflicto generacional por medio del equilibrio. Pero una y otra vez se comprueba que por este camino no se resuelven los conflictos: lo único que se consigue es complicarlos y alargarlos.

 

Hay una relación de equilibrio cuando padres e hijos intentan anular las diferencias que les separan. Los padres, por ejemplo, imitan la conducta y costumbres de sus hijos; rebajan el nivel de exigencia; llegan a la familiaridad o exceso de confianza; pretenden ser amigos de sus hijos a base de concesiones.

 

Los hijos, a su vez, se toman atribuciones en la vida familiar que no les corresponden y quieren influir al mismo nivel que sus padres.

 

Existe, igualmente, simple relación de equilibrio cuando cada una de las dos partes (padres e hijos jóvenes) lucha para mantener sus derechos (o sus caprichos). Cada parte se esfuerza en recuperar su poder o influencia en la familia cada vez que lo pierde.

 

El equilibrio en la relación padres- hijos jóvenes se obtiene, otras veces, de forma negociada. Sobre la base de que cada parte mantiene su postura, se establecen (de forma abierta o tácitamente) algunas reglas de juego que evitan las colisiones frontales. Por ejemplo: no hablar de ciertos temas; hacer la vista gorda en ciertos comportamientos; repartirse zonas de influencia. Se establece así una coexistencia pacífica similar a la que existe entre algunas naciones. El antagonismo sigue, pero está controlado.

 

Otro procedimiento usado para afrontar las distancias que separan a los padres de sus hijos jóvenes por medio del equilibrio es la intimidación. Cada parte trata de infundir miedo a la otra con posibles represalias si no consigue lo que quiere. Los padres, por ejemplo, amenazan a sus hijos con retirarles la asignación de dinero para gastos personales; los hijos amenazan con irse de casa. Es el equilibrio del terror.

 

La armonía de las generaciones

 

Padres e hijos deben buscar no la convivencia obligada y reducida a simple formalidad, sino la convivencia voluntaria y sincera. Pero esto exige ser optimistas: creer que es posible; esperar algo positivo de la otra parte. Unos y otros deben aprender a conjugar sus diferencias, en vez de oponerlas entre sí.

 

¿En qué consiste esta conjugación de las diferencias? En primer lugar, en descubrir la relación que existe entre lo que quiere cada parte; en averiguar qué es lo común a las dos posturas. Normalmente las posiciones de padres e hijos están menos distantes de lo que parece a primera vista. Gran parte del problema suele ser un problema de lenguaje, de no haber captado a través de la expresión del otro sus verdaderas intenciones.

 

En segundo lugar, se trata de centrar la comunicación padres-hijos jóvenes en lo que les une, y no en lo que les separa. En tercer lugar, hay que saber aprovechar las posibilidades que la otra postura tiene para los propios fines.

 

Esta aproximación de las posturas distantes por medio de la armonía puede concretarse en actitudes como las siguientes:

—que el padre vea y acepte que la rebeldía de sus hijos jóvenes permite desarrollar (si se sabe orientar) cualidades personales relacionadas en los objetivos educativos de la familía;

—que el padre descubra que los amigos de sus hijos pueden ser colaboradores de la acción educativa de la familia;

—que el hijo descubra que la exigencia de los padres es una valiosa ayuda para su falta de voluntad;

—que el hijo vea que la autoridad y el buen ejemplo de los padres es una forma de rebeldía.

 

El mejor medio para lograr la armonía entre padres e hijos jóvenes es la amistad. Los amigos poseen un ideal común, pero tienen una forma de ser diferente. La diferencia entre dos amigos enriquece a ambos: porque son diferentes en algo, cada uno puede aportar algo al otro y aprender algo del otro.

 

Cada amigo es siempre superior al otro en algo. Es superior no en el sentido de estar por encima, sino por ser alguien, por ser una realidad singular, por ser persona. La desigualdad entre los amigos es un factor de superación: cada uno se esfuerza por elevarse a la altura del otro porque le admira.

 

La diferencia de edad es, en principio, un obstáculo. Pero ello, no debe impedir algún grado de amistad entre los padres y sus hijos jóvenes si se dan algunas condiciones. Una de ellas es querer al otro como es y permitir que sea él mismo (con su mentalidad, sus gustos, sus aficiones, etc.). Otra condición es saber aprender algo del otro (del padre o del hijo). Pero para aprender hay que escuchar.

 

Los padres deben evitar dos errores frecuentes. El primero de ellos consiste en querer conocer aspectos personales o íntimos de la vida de sus hijos sin hablarles, a su vez, de la propia vida personal. El segundo consiste en dar lecciones y consejos sin valorar, a su vez, el punto de vista de los hijos.

 

Estos comportamientos impiden la relación de amistad, ya que es propio de los amigos el intercambio de confidencias y la ayuda mutua para la mejora personal.

Publicado en el nº 407 de Nuestro Tiempo

Edición autorizada de arvo.net

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

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