Familia y Educación

Hablando de sexualidad

Escrito por José María Barrio Maestre.- Profesor Titular de Universidad la Complutense de Madrid. Publicado en Afectividad-Sexualidad.

Sobre la educación sexual en las escuelas para niños y niñas de 12 a 18 años y algunos manuales en uso. La "información" no basta.


1. En esta materia y a cierta edad, la "información" no basta para promocionar conductas saludables y, además, entiendo por "conducta saludable" algo más que un "comportamiento sano" en el sentido de precavido contra las enfermedades de transmisión sexual. Trataré de explicarme.

2. Me parece acertado el planteamiento de elaborar materiales de apoyo que puedan servir -en ningún caso suplantar- a los padres, e incluso a los profesores, para ayudar a los chicos a reflexionar sobre la sexualidad. Los educadores -sobre todo los padres, que a veces no saben bien cómo abordar estas cuestiones-, quizá por la distancia de edad, puede que no se hagan cargo de las inquietudes y perplejidades más frecuentes de los chicos en esas edades. Un folleto podría servir para animarles a tomar ellos la iniciativa de sacar el tema con sus hijos, antes de que éstos acudan a otras fuentes de información en las que quizá no está garantizada la existencia del contexto adecuado para su planteamiento, que siempre es más amplio que el de la descripción de un dinamismo biológico. Tal contexto adecuado es siempre el del afecto y el cariño que razonablemente cabe suponer en los padres respecto de sus hijos. Todo lo que se haga en este plano ha de contar con ese contexto como referencia y apoyo básico.

3. Desde este punto de vista, también considero un acierto que se plantee la imposibilidad, en el caso de la persona, de reducir la sexualidad a mera genitalidad. El encuadre antropológico de esta realidad es fundamental para prevenir su trivialización.

4. La sexualidad es una dimensión humana en virtud de la cual la persona es capaz de una donación interpersonal específica. El acto sexual no sólo pone en juego el aparato genital, sino que -se quiera o no- implica igualmente al corazón, la sensibilidad, la inteligencia y, en resumidas cuentas, a toda la persona:

- el corazón, al que no siempre se le puede hacer callar, y que se arriesga a perder la más hermosa de sus facultades: la de darse de una vez por todas;

- la sensibilidad, que se embota rápidamente y no vuelve a encontrar sus emociones más que al precio de procedimientos cada vez más complicados y cada vez menos recomendables, lo que puede conducir a la pura crueldad;

- la inteligencia, a la que los hartazgos demasiado fáciles llevan al menosprecio, a una visión miserablemente empequeñecida del ser humano, y a una ineptitud definitiva para la verdad;

- y, en fin, la persona, que constituye un todo que no se puede cuartear sin destruir su unidad. Una unidad que es el fundamento mismo de su existencia.

5. En este sentido, pienso que es un acierto plantear como razonable y factible, también en la adolescencia y preadolescencia, la opción por la castidad como la mejor preparación al matrimonio y la vida conyugal. La verdad de esa relación presupone el compromiso de exclusividad y de perpetuidad. La mutua donación interpersonal que de manera peculiar está significada en el gesto sexual sólo puede tener el gran valor antropológico que efectivamente tiene si no se desvincula del sentido obvio que la mutua entrega del cuerpo tiene: uno con una y para siempre. No me puedo entregar del todo si me "comparto" o reparto entre varios, si lo hago con un propósito de provisionalidad y si no es con alguien del sexo opuesto, por tanto, con una disposición de asumir las consecuencias (mejor consecuencias que "riesgos"), y en concreto la apertura incondicional a la nueva vida humana que eventualmente pueda originarse. (Sólo si la mutua entrega es incondicional es plena).

6. Desde el punto de vista de la Antropología pedagógica, que es el que yo puedo abordar por mi trabajo, entiendo que un folleto debe contener además los siguientes puntos:

a) Por un lado, creo que además de la perspectiva antropológica debería asumir una referencia ética explícita, pues el tema lo pide. (La antropología es distinta de la ética, pero ambas se exigen mutuamente: no se puede proponer una ética realista sin una sólida base antropológica y, a su vez, no se puede comprender integralmente al hombre sin entenderlo como un ser moral). Además, si se propone una finalidad educativa, el criterio ético en esta materia no sólo es pertinente sino necesario: todo acto educativo es explícita o implícitamente intencional y propone directa o indirectamente unos criterios de conducta como objetivamente preferibles. En concreto, pienso que los materiales didácticos sobre esta cuestión deberían hacer una discriminación positiva de la opción señalada en el n. 5;

b) En lo relativo a la "orientación del deseo", entiendo que debería distinguirse entre el respeto por la persona que es homosexual y el supuesto respeto a una opción, como es corriente decir, tan respetable como cualquier otra. Lo primero es obligado; lo segundo es una falsedad. Sin entrar en la vexata quaestio, todavía no clara, de si la etiología de la homosexualidad está en la herencia genética o en el comportamiento, lo que no se debe hacer -y menos en un texto con pretensión educativa- es hacerle creer a un homosexual que lo suyo es tan "normal" como su contrario. Si la homosexualidad fuese natural, la naturaleza habría promovido un solo sexo, lo cual, evidentemente, no consta. Precisamente por respeto a la persona del homosexual hay que tratar de ayudarle a curarse, y animarle a que vaya al médico (concretamente al psiquiatra), no a que se deje llevar hacia unas conductas que, por considerarlas normales y válidas, pueden acabar troquelando desórdenes luego mucho más difíciles de corregir;

c) Debería desaconsejarse nítidamente el uso de la píldora post-coital. Para quien está familiarizado con el tema, es claro lo que significa el eventual efecto anti-implantatorio sobre el embrión: un aborto precoz. Fuera de éste y quizá otros casos análogos en el uso de procedimientos contraceptivos, es cierto que no se pueden equiparar las prácticas anticonceptivas con las abortivas, pero tampoco hay duda que ambas responden a una misma mentalidad: la que ve el embarazo como una enfermedad, la vida como un peligro, los hijos -o los ancianos y enfermos incurables- como una carga, la "dignidad" de la persona reducida a su salud o calidad de vida... Eso que algunos han llamado la "cultura de la muerte". Esta mentalidad en modo alguno es un "progreso" social; más bien es un verdadero regreso de la civilización: supone la consagración de la ley del más fuerte. En concreto, la mentalidad abortista -y las respectivas legislaciones permisivas- no sólo debilita el sentido de la justicia, sino que socava gravemente los fundamentos del Derecho: condiciona, en la práctica, un derecho fundamental de la persona -el más fundamental de todos los derechos subjetivos- haciéndolo depender de la condición de "deseado". Se hace posible que la "decisión" (choice) de un ser humano tenga más valor que la vida de otro: pequeñito... pero humano. Desde hace mucho tiempo esto ya no es una hipótesis metafísica, sino una evidencia experimental. Por otro lado, el sentido común también coopera a esta evidencia, la que tiene una madre cuando habla a su hijo ya crecido de la temporada en que estaba embarazada de él, no de "aquello" que posteriormente se convertiría en él.
Sorprende el hecho de que aún se siga discutiendo esta verdad; constituye esto una de las pruebas más elocuentes y claras del influjo de las pasiones en los argumentos humanos. En efecto, el nacimiento no determina que el nacido sea un hombre; le acontece a un ser ya humano, como también le acontece a un ser todavía humano su respectivo morir. El hecho de nacer no hace el prodigio de convertir en un hombre a algo que no lo era. Desde el momento de la concepción estamos hablando ya de un individuo distinto de su madre (por muy dependiente que sea: todos lo somos en mayor o menor medida), vivo, y que si procede de padres humanos, evidentemente es un ejemplar de la especie homo sapiens sapiens, y que sin duda todavía no ha tenido tiempo de merecer el trato salvaje que con el aborto provocado se le dispensa. Pues bien, creo que si se habla de "responsabilidad" en el uso de la sexualidad, me parece que esto no se debe omitir.

d) La información con el tópico del "sexo seguro" debe reconocer, con la OMS, que lo único "seguro" es vivir la castidad: la abstención y, en su momento, la relación heterosexual estable, no promiscua. Pero creo que en la situación actual debería hacerse más hincapié en esto. En efecto, son muchos los que hacen creer a los niños que el medio obligadamente puesto a su disposición es suficiente para protegerlos del SIDA o de enfermedades de transmisión sexual. De esta forma se les está incitando a múltiples experiencias que favorecen la extensión de la plaga. A veces se acusa a la Iglesia Católica de "denegación de auxilio a personas en peligro", cuando no hace otra cosa que aconsejar lo que aconseja la OMS. Más bien habría que acusar a ciertas organizaciones mercantiles -a veces con la connivencia de las autoridades estatales- no sólo de denegar auxilio, sino de poner en peligro estimulando indirectamente unas prácticas que encierran graves riesgos acerca de los cuales se guarda un silencio espantoso. No es sensato esperar que se corten los incendios forestales limitándose a multiplicar las defensas de amianto, mientras se permite a los excursionistas prender fuego a la broza. Al tomar a su cargo nuestro sexo muy tempranamente, las autoridades públicas a veces creen hacer lo mejor cuando, en realidad, no hacen más que organizar lo peor. En efecto, la eficacia del preservativo no es total, como demuestran las estadísticas en el campo de la contracepción, y si un diez por ciento de fracasos (cifra generalmente admitida) en el control de nacimientos no tiene más consecuencia que la instalación de un nuevo parvulario, en el terreno del SIDA exigiría el espacio de un cementerio militar.

7. Soy consciente de que lo que estoy proponiendo quizá va contra lo política o éticamente "correcto" que se despacha en los circuitos de lo que algunos sociólogos llaman el "pensamiento único". Y ante todo quiero agradecer el que se me dé la oportunidad también a mí de decir algo sobre esto. Pero yo no soy un político. Hablo desde mi experiencia como educador. Y mi compromiso no es decir algo que guste a todos (por cierto, eso nunca se logra, como es lógico) sino decir lo que creo mejor contribuye al crecimiento y a la madurez de las personas.

En este sentido creo que una información debe destacar la importancia que en el empleo de la sexualidad tiene la decisión libre y responsable. Se hace muchas veces mención de ello. Pero -y es algo que en absoluto se contrapone a la libertad responsable, sino que precisamente la facilita, insisto, desde un planteamiento educativo- es igualmente importante saber discriminar entre usos mejores y peores, enriquecedores o empobrecedores de la persona.

Me parece que hay que saber promover el valor que -en este punto como en tantos otros- tiene el esfuerzo, la capacidad de autocontrol, más que el planteamiento lúdico de dejarse llevar por todo aquello a lo que se siente uno inclinado. Aunque ya claramente superado en el planteamiento de la psicoterapia, algunos elementos de la antropología freudiana siguen seduciendo a no pocos, y en particular la imagen peyorativa de todo lo que pueda significar "represión" o poner algo de "orden" en el terreno de los afectos. La diferencia entre el animal racional y el irracional no estriba en la animalidad -a ambos común- sino en que la conducta humana no se explica sólo por la fuerza del instinto o el estímulo ambiental. Entre el estímulo y la respuesta humana hay un hiato que permite la reflexión, el hacerse cargo de las razones de la conducta, que en ocasiones pueden hacer aconsejable no dejarse llevar por lo que nos pasa, por fuera o por dentro. Los únicos que no se "reprimen" nunca son las bestias salvajes, y precisamente por eso hay que ponerlas entre rejas.

Todavía hay quienes piensan en el "sexo libre" con una ingenuidad que desconoce la cantidad de obsesiones que pueden crecer a su alrededor, y, desde luego, con una ceguera considerable respecto al hecho de que no todo lo que sentimos puede ser bueno. Además de la relación -bien estudiada por la antropología y la psicoterapia- entre ciertas "desinhibiciones" sexuales y todo tipo de violencias, cuando se asocia la idea de la permisividad con las de salud, normalidad, juventud, franqueza y buen humor, se miente. Como todas las mentiras poderosas, está basada en una verdad, la verdad de que el sexo, en sí -excluyendo ciertas obsesiones y excesos- es algo normal y sano. La mentira consiste en pretender que todo acto sexual al que te sientes inclinado es ipso facto saludable y normal. Esto, desde cualquier punto de vista -y, por cierto, sin ninguna relación con el cristianismo- tiene que ser una insensatez. Ceder a todos nuestros deseos evidentemente conduce a la impotencia, la enfermedad, los celos, la mentira, la ocultación y todo aquello que es lo opuesto a la felicidad, la franqueza y el buen humor. Para cualquier tipo de felicidad, incluso en este mundo, se necesitará una gran dosis de control. Todo hombre cuerdo y civilizado debe tener un conjunto de principios según los cuales elija rechazar algunos de sus deseos y permitir otros. Un hombre hace esto basándose en los principios cristianos; otro, en principios de higiene; otro, en principios sociológicos. El verdadero conflicto no está entre el cristianismo y la "naturaleza", sino entre los principios cristianos y otros principios en el control de la "naturaleza". Puesto que la naturaleza -en el sentido de los deseos naturales- tendrá que ser controlada de todos modos, a menos que uno prefiera arruinar su propia vida.

Por otro lado, la propaganda que invita a una visión de la sexualidad como puro sentimiento o juego banal para lograr placer responde a menudo a que hay gente que quiere mantener nuestro instinto sexual excitado para sacar dinero fácil de ello, pues naturalmente una persona con una obsesión es alguien con muy poca resistencia a lo que pueda vendérsele. Hay gente que hace muy buenos negocios a base de aprovecharse de las debilidades más elementales que tenemos todos.

Si esto no se tiene en cuenta, es fácil que se ofrezca de la sexualidad una perspectiva fragmentaria que desatienda la unidad del ser humano (vid. n. 4) y que propicie una visión trivializada y banal, incoherente con la pretendida madurez. Una vez que las personas adquieren, en la preadolescencia y adolescencia, el hábito de un sexo inmaduro, desligado del amor adulto, entonces probablemente permanezcan inmaduras mucho tiempo y se destruya en ellas la capacidad del amor verdadero. Flaco servicio, desde luego, se les hace así. Cuando el sexo es desvinculado de la moralidad llega a ser una relación que no implica el compromiso personal y por tanto las personas se quedan en un estado de soledad interior.

En un planteamiento educativo, por otro lado, no puede obviarse que lo que haga la escuela o las autoridades públicas ha de ser subsidiario respecto de las familias. La Constitución Española (art. 27, 3), además, garantiza el derecho prioritario de los padres a elegir el tipo de educación que deseen para sus hijos y que esté más de acuerdo con sus propias convicciones. En consecuencia, no se puede legítimamente arremeter contra la patria potestad al otorgar a los menores de edad la facultad de decidir, sin el conocimiento y el consejo de los padres, todo lo relativo a su llamada "salud sexual", inclusive la adopción de métodos de anticoncepción que allanan el camino a la práctica del aborto, o que ellos mismos son criptoabortivos. En nuestro país puede haber muchos padres que vean vulnerados sus derechos y que comiencen a frecuentar los tribunales. Creo que algunas campañas oficiales pueden venirse abajo estrepitosamente cuando unas cuantas víctimas de la provocación sexual temprana demanden la compensación que merecen.

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