Familia y Educación

Hay consecuencias patológicas en el adoptado

Escrito por -. Publicado en Afectividad-Sexualidad.

Como le pasa a cualquier adulto, en los homosexuales existe una inclinación afectiva natural a la paternidad y maternidad. Sin embargo, aunque esa tendencia exista, sea real y válida, es obvio que las parejas homosexuales están imposibilitadas para tener un hijo. La adopción surge entonces como vía para vencer el impedimento biológico. Esta posibilidad ha iniciado un debate entre quienes exigen -en aras de una supuesta igualdad- que los homosexuales tengan el derecho de adoptar hijos y constituir una familia.


Para aclarar la discusión es conveniente entender primero qué es la adopción, sus causas y sus implicaciones. Adoptar es reclamar del Estado la tutela, custodia y educación de un menor que carece de lo necesario, porque ese niño tiene el derecho inalienable de ser educado y formado dentro de la sociedad.

La familia es indispensable para los seres humanos. En ella encontramos nuestra propia identidad. El hombre no puede realizarse plenamente si no es por medio de los demás. Cuando en Psiquiatría se habla de subnormalidad por privación cultural, como diagnóstico de una enfermedad, se ve la importancia de la educación familiar y social. Es decir, un muchacho sin educación a los 15 años arrojará un coeficiente idéntico al de un subnormal débil o límite. Esto se debe, en cierto modo, a que el niño necesita de estímulos para realizarse como un adulto normal, difíciles de encontrar fuera de la familia. Estímulos cognitivos, para aumentar su inteligencia; afectivos, para sentirse seguro; perceptivos, para saber interpretar el significado de lo que capta a través de los sentidos; sociales, para descubrir el valor del otro -y cómo eso se puede regular según normas-; y morales, sin los que no formará una conciencia ética.

El desarrollo del ser humano no está condicionado sólo por factores biológicos, sino culturales, sociales, familiares. Somos por naturaleza un ser de cultura. En este sentido, los niños son los más indefensos. Es casi imposible que un niño sin familia llegue a ser una persona plena. Eso no pasa con las crías de los animales, porque saben instintivamente lo que tienen que hacer. Sin embargo, el ser humano no depende sólo de sus instintos. De ser así, estaríamos condicionados y no tendríamos libertad, no podríamos perfeccionarnos.

El ser humano nace en total indigencia. Esta pobreza incluye también la identidad de género, lo que no sucede con los animales. Cuando el perro apenas es un cachorro, ya funciona, perceptiva e instintivamente, como macho o hembra, según sea el caso, porque el instinto le marca y le hace funcionar. A los dos años, un niño ignora si es varón o mujer.

Esa identidad de género, indispensable para el ser humano, la aprenderá el niño de quienes lo rodeen en su infancia. Por eso el niño tiene derecho -humano- a ser formado en una familia, y si no encuentra en quienes le han adoptado lo que, por derecho, le corresponde, no se cumple el primer principio de la justicia distributiva: dar a cada quien lo que le corresponde.
Porque al adoptado se le debe educación y afecto, es una terrible injusticia no darle el ius que le es propio -con mucha más razón cuando ni siquiera conoce a aquellos que le dieron la vida-. Tiene derecho a contar con un modelo de padre y madre, de varón y mujer, conforme a su naturaleza, indispensable para la formación de su propia identidad de género.

La persona sin esa identidad está incompleta en lo más íntimo. Y si se adopta a un niño, es para hacer de él una persona plena. Por eso, el Estado no permitiría nunca la adopción para explotar al niño, o que los adoptantes fueran asesinos.

Cada niño es una persona única, lo mejor que tenemos en la sociedad. Lo primero que debe hacerse al adoptar a un niño es respetar su condición de ser, su identidad. Aunque el deseo de satisfacer el afecto por parte de los padres, al adoptar un niño, es legítimo y natural, no debe ser la primera razón para adoptarlo. El fin es que ese niño se autorrealice como persona y sea feliz.

Vistos los riesgos que supone la adopción, lo lógico es pedir al adoptante unas condiciones psicológicas mínimas. Por lo tanto, es muy conveniente que las legislaciones de cada país busquen indicadores prudenciales para disminuir el riesgo de la adopción por parte de padres que no satisfacen los criterios aludidos. Esto es conforme al Derecho y refleja una legislación bien hecha.

Si la necesidad natural de tener hijos es normal, la necesidad afectiva de relacionarse sexualmente con alguien del mismo sexo, no. Aunque una pareja homosexual elige su preferencia sexual, no es capaz de engendrar hijos porque, dada la naturaleza de esa relación, no le corresponde, y eso niega toda posibilidad de adopción. La naturaleza se impone. Por más que quiera vivir bajo el agua sin oxígeno, no voy a poder.

El igualitarismo en este asunto no se puede conceder, porque de un varón con otro no puede salir un hijo, y de una mujer con otra tampoco. ¿Eso lo prohíbe la Constitución? No. Lo prohíbe la biología que es más fuerte que cualquier Constitución del mundo. El padre tiene al hijo a título de haberse casado con una mujer, no sólo a título de ser persona.

La adopción de padres homosexuales trae consecuencias psicopatológicas en el adoptado. Es muy distinto que uno devenga en homosexual, por las razones que sean -trastornos, libre decisión, etcétera-, a que se influya en la voluntad, altamente vulnerable, de un niño.

(Artículo publicado en Alfa y Omega el 02-09-04)

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