Familia y Educación

¿De quien es el drecho?

Escrito por e-cristians.net. Publicado en Afectividad-Sexualidad.

La sentencia de un juez de Navarra accediendo a la solicitud de adopción de una pareja de lesbianas ha puesto en primer plano el debate sobre la adopción por parte de los homosexuales. Hay que apuntar, de entrada, que esa sentencia, a pesar de su novedad, presenta una singularidad evidente: La criatura adoptada es hija de una de las dos mujeres, es decir que ya convivía con la pareja por un vínculo de maternidad.


A todos los efectos, cabe subrayar el malentendido que existe cuando se presenta la adopción como el ejercicio de un derecho por parte de los homosexuales. Si este enfoque se consolidase, significaría una rotura radical con un principio internacionalmente admitido: que el único sujeto de derechos es el niño. En otros términos, no existe "el derecho" a adoptar, pero ni para heterosexuales ni para homosexuales. Sólo existe el derecho a ser adoptado por parte de la criatura en el marco de lo que las diferentes legislaciones establecen.

En el ámbito mundial no es posible, excepto en un caso concreto, adoptar niños de un país por parte de otro si la pareja es homosexual. Hay en este sentido una insólita unanimidad en el conjunto de legislaciones, ni en países más permisivos como los nórdicos ni en los más represivos como China, donde la homosexualidad está legalmente perseguida. La excepción es Bélgica, mientras que, en Holanda, los homosexuales pueden adoptar pero sólo en el caso de niños holandeses. Esta característica internacional, que presenta muchos puntos de contacto con la reivindicación de otro presunto derecho, el de la eutanasia, revela la existencia de un consenso por encima de diferentes culturas y concepciones que no puede ser ignorado.

La razón de fondo hay que encontrarla en el sentido común. Si el derecho es de la criatura y ésta no puede ser manipulada al servicio de ninguna reivindicación, su marco natural de desarrollo, el que está verificado y corresponde a la lógica biológica y antropológica, es el de la pareja formada por un hombre y una mujer unida por un compromiso verificado y público con vocación de continuidad, es decir, por la figura matrimonial. Éste es el óptimo que no excluye que, en determinadas circunstancias, pueda adoptar una persona sola, pero estos casos (no hay más que conocer la casuística) responden a circunstancias muy particulares ligadas a la existencia de vínculos previos entre el adoptado y el adoptante, es decir, una circunstancia similar a la que se daba en la pareja lesbiana de Navarra.

Es evidente que la homosexualidad es una ruptura antropológica muy importante que constituye en su planteamiento político, es decir en la búsqueda de su reconocimiento social y la equiparación con los géneros biológicos, un grave problema para nuestra sociedad porque, si acabase prosperando, introduciría un foco de inestabilidad profunda con lo que es el fundamento de nuestra vida social: la familia. Esto es una obviedad desde un criterio moral, pero no hay que recurrir a esta base porque, desde el simple análisis del capital social y, por tanto, desde la aceptación de la técnica cuantitativa, son perfectamente identificables, en toda la sociedad occidental, los problemas que está generando la demolición de la familia entendida en su único sentido posible.

Oponerse a la adopción de los homosexuales, rechazar que los vínculos motivados por el sexo y el afecto deban equipararse a la figura matrimonial no significa una negación del derecho que cada persona tiene a vivir su propia vida de acuerdo con lo que le dicta la conciencia en el ámbito de su privacidad. No se puede confundir; es demagógico querer presentarlo como lo que no es.

Ninguna persona puede ser discriminada por su orientación sexual pero, de esta constatación, es absurdo deducir la emanación de un derecho específico. Nos referimos a la posibilidad de que el homosexual, por el hecho de serlo y en razón de su condición, sea sujeto del reconocimiento de unos derechos sociales específicos, sean éstos los del matrimonio o los de la adopción, o incluso la utilización de figuras paramatrimoniales como las legislaciones sobre parejas de hecho que indiscriminadamente regulan la relación con independencia de que estén constituidas o no por un hombre y una mujer.

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