Familia y Educación

III Congreso de Educadores: La educación en valores

Escrito por Juan Carlos Corvera. Publicado en Educación-Enseñanza.

Son las personas las que conforman y pueden cambiar una sociedad sólo si son virtuosas.

Tras el desastre de la LODE, de 1985, y la Logse, de 1990, certificado por innumerables estudios nacionales, europeos y por la simple observación de las generaciones que se han formado en ella, todos los Gobiernos posteriores al que la aprobó han intentado enderezar su desnortado rumbo a golpe de nuevas leyes.  

Primero el Gobierno de Aznar en la fallida LOCE (Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza) en el año 2002, que no llegó a aplicarse. Después el Gabinete de Zapatero con la LOE (Ley Orgánica de Educación) en el año 2006. Y ahora el nuevo Gobierno promete medidas de fondo para la mejora de la enseñanza. Elevar la excelencia académica, impulsar los modelos de bilingüismo, dar una mayor autoridad a los profesores; medidas todas ellas ciertamente positivas.

Pero la educación, a diferencia de la instrucción, es un proceso cuya finalidad es conducir al hombre, ayudarle a ser él plenamente, motivarle para elevar a la máxima potencia sus talentos, los dones que ha recibido; en definitiva, es un proceso en el que el punto de mira debe estar en la persona. Ninguna acción verdaderamente educativa es neutra. Entonces, ¿cómo vamos a coincidir en leyes sobre educación si antes no nos ponemos de acuerdo en lo que es el hombre? Estas leyes deberían limitarse a regular aspectos formales, válidos para todos, sin profundizar en un modelo de conformación antropológica, sin caer en ideologías que determinen una visión del hombre.

La misión de la educación es un derecho inalienable de los padres. Son ellos los máximos responsables de la educación de sus hijos. Ahora bien, las familias tienen el derecho de poder contar con centros que complementen, que acompañen y que refuercen la educación que ellos les están dando, además de que les instruyan en los conocimientos que les correspondan por su edad, obviamente.

Son por lo tanto los centros educativos los que deben tener suficiente margen legislativo para modelar un ideario concreto, sin cortapisas. Allí sí se desarrollarán modelos educativos que atiendan a esos aspectos más profundos de la visión del hombre. Esto requiere imperativamente una verdadera libertad de elección de centro por parte de las familias. Por ejemplo, una persona de fe no puede nunca dar por buena la tan manida “educación integral” de la persona si no se atiende en ese centro su dimensión trascendente, y así, muchos ejemplos más.

En los últimos años parece que hay un acercamiento entre los distintos enfoques educativos. Sin entrar en matices, todos hablamos sin excepción de credos o ideologías, de la necesidad de educar en valores, que se han convertido en la fuente de todos los deseos de cualquier familia, de cualquier centro educativo. Todos asumimos que los valores no son ni de izquierdas ni de derechas, ni de confesión alguna. Son universales.

Santo Tomás nos enseña que el hombre es el único ser vivo sobre la faz de la tierra que tiene la capacidad de proyectarse en el futuro, de verse en otro tiempo, de imaginar su vida. Puede conducir su vida por caminos diferentes, ejerciendo su libertad, y puede llegar a reconocer un valor como bueno, por ejemplo el esfuerzo. Sin embargo, los valores por sí mismos no aportan nada al hombre, no le ayudan a construirse, a crecer, a ser más persona y por lo tanto no son válidos por sí mismos para la educación. Son necesarios, pero no suficientes.

Puedo perfectamente apreciar ese valor, pero sólo si lo trabajo en mi persona podré tenerlo, podré ganarlo para mí e incorporarlo a mi comportamiento. Para llegar a ser un hombre esforzado es necesario, mediante la repetición sucesiva de actos de esfuerzo, adquirir el reflejo, el hábito, la virtud del esfuerzo. Y eso cuesta. Hay que trabajarlo casi desde que el niño nace. Ese es el principal trabajo educativo de los padres y de los maestros en las primeras edades, la adquisición de hábitos buenos. Es ese recorrido, desde el valor (externo a la persona) a la virtud (interna a ella) el que realmente ayuda a la construcción de la persona, el que realmente la hace crecer, el que la conforma.

Eso es lo que queremos trabajar en el III Congreso de Educadores, que se celebra el sábado 28 de enero en el colegio Juan Pablo II de Alcorcón: dar las claves para hacer efectiva en nuestros alumnos, nuestros hijos, ya sean naturales o espirituales…, a través del trabajo con ellos, la adquisición de hábitos que les hagan ser personas virtuosas.

Los valores por sí solos no cambian una sociedad. Si no son adquiridos por las personas que constituyen esa sociedad, no servirán de nada. Son las personas las que conforman y por tanto las que pueden cambiar una sociedad, y sólo si son virtuosas el conjunto de la sociedad lo será. Las virtudes definen a las personas.

MacIntyre dice que una sociedad florece cuando el conjunto de ella tiende al bien.

Si las personas que la constituyen han interiorizado en su modus vivendi el conjunto de valores que todos definimos como buenos, esa sociedad tenderá en su conjunto al bien y será floreciente.

Cuando no hay virtudes, reinan sus opuestos, los defectos, los vicios, los que anidan en el corazón de las personas y, si eso es generalizado, entonces tendremos una sociedad empobrecida, marchita, decadente, que tiene consecuencias graves para sus miembros. ¿Económicas? También, pero no solamente.

El principio: los valores. El camino: las virtudes. La clave: las personas.

*Juan Carlos Corvera es empresario y presidente fundador de Educatio Servanda.