Familia y Educación

Gradualidad en la enseñanza

Escrito por José Alfredo Pellicer Artés. GEA-Valencia. Publicado en Educación-Enseñanza.

Una de las características que definen a la ley de educación del año 90 es la aplicación del concepto de edad asociado inseparablemente al concepto de nivel. La edad del estudiante determina la etapa y nivel. Así nos hemos acostumbrado a hablar de tramos entre tal edad y tal otra; de cero a tres años, de tres a seis años, de seis a doce, enseñanza obligatoria hasta los dieciseis años...


Los tramos de edad, a su vez, se asocian uniformemente a la adquisición de conocimientos, destrezas o actitudes en este diseño del sistema educativo. Un sistema que asienta sus bases teóricas en lo que se denomina proceso de enseñanza/aprendizaje. Es bonito, pero falso en dos tercios del enunciado. Primero porque la estructura del sistema no contempla la educación como un proceso, sino como un conjunto de secuencias concatenadas, que no es lo mismo. Tramos, niveles, etapas. Proceso y gradualidad son contrarios a intervalos o tramos. Todos los procesos en la naturaleza son graduales o son catastróficos. Amanece cada día de forma gradual; crecemos y maduramos de forma gradual. Esa es la armonía de lo natural. Segundo, en el ¿cociente? enseñanza/aprendizaje se acentúa el concepto de enseñanza que prevalece sobre el de aprendizaje. Objetivos, contenidos, criterios de evaluación.

Mejorar la calidad de la educación es mejorar la calidad del aprendizaje. No sólo la calidad de la enseñanza. Y ese proceso se inicia mejorando el acceso al aprendizaje. Ya tenemos acceso a la enseñanza pero ¿tenemos acceso al aprendizaje? ¿Es también un acceso universal y obligatorio? ¿Tiene sentido aquí el concepto de obligatoriedad?

Los itinerarios que sustituyen con enorme ventaja a los tramos en lo que se refiere a los contenidos, tendrán que contemplar una adecuada aplicación de metodologías, especialmente las referentes al aprendizaje y a su evaluación. Se trata de un sistema en equilibrio. Mejorar la calidad es mejorar la eficacia. El sistema debe estar ajustado para que el aprendizaje permanente facilite y haga atractiva la educación. Nuestros jóvenes se ven atraídos por otros incentivos mucho más llamativos. Esto es cosa de dos. Podemos querer enseñar, pero también es necesario querer aprender y nuestros jóvenes quieren aprender demostrándonos a diario que son capaces de aprender lo que quieren. Por tanto, debemos facilitar el acceso a aprendizajes flexibles y adaptados no sólo a las diferentes edades sino a las capacidades desarrolladas.

Tendremos que revisar muchos conceptos. Los alumnos no sólo aprenden a ritmos diferentes y por ello, posiblemente también a edades diferentes, sino que necesitan ser evaluados mediante sistemas alternativos (o complementarios) al examen tradicional, que no sometan a presión el proceso de aprendizaje. El alumno debe sentir el placer de aprender. Esta indescriptible sensación sustituirá a la insatisfacción producida por la falta de rendimiento. Daremos así un paso más. Tras el querer aprender viene el querer lo que se aprende.

En definitiva, se trata de que el esfuerzo implícito tanto en la enseñanza como en el aprendizaje conduzca hacia la felicidad, es decir a la consecución de las metas que docentes y estudiantes se han señalado. Aprender a querer. Si este proceso se rompe es por efecto de fenómenos contranaturales y destructivos. Lo natural es gradual, armonioso y progresivo.

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