Familia y Educación

Educar en la fe: ¿Qué es la unidad de vida?

Escrito por Ref. Ideas Claras. Publicado en Educación-Enseñanza.

Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

La unidad de vida es la unión indisoluble de nuestro trabajo con la oración, el sacrificio y la acción apostólica. De tal manera que cada actividad nuestra sea a la vez y simultáneamente obra de amor sacrificado a Dios, anuncio del Evangelio, punto de encuentro con los demás, entrega.

Mediante la unidad de vida todo trabajo se hace oración y todo rato de oración esforzada es labor apostólica. El apostolado, la oración y el trabajo forman una sola cosa: la vida contemplativa, en la que se procura cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar su presencia, trabajar por amor a Dios y a los demás, convirtiendo todo en ocasión no sólo de un encuentro con Jesucristo, sino también en ocasión de apostolado.

El drama de la sociedad actual está marcado por una crisis de unidad de vida de los cristianos. Lo afirma el Concilio Vaticano II: "La ruptura entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época". Se percibe en la corrupción moral de tantos que se proclaman católicos practicantes; es la razón por la que un sicario lleva varios escapularios al cuello, se encomienda a la Virgen, va al templo a dar gracias por el éxito de su 'trabajo'; o que se prendan velas y se hagan altares en la misma casa donde se tiene un secuestrado; o que cristianos 'piadosos' traten con injusticia a sus empleados. Toda dicotomía entre la fe y la vida, la falta de coherencia, es una señal clara de que la unidad de vida se ha roto.

Lo primero en lo que pensamos al hablar de unidad de vida es que con ella se llega a tener intimidad con Dios en las cosas ordinarias, a lo largo de todo el día. Lo enseña el libro del Eclesiastés, cuando alaba a aquel que en todas sus ocupaciones, en cualquier actividad, levanta el corazón a Dios.

Cada acción, acto de amor

Se trata de intentar que todas las acciones, en cualquier circunstancia de la vida, se conviertan en ocasión de amar a Dios, de hacer su Voluntad: que todo esté dirigido hacia la gloria de Dios. En sentido contrario, iría orientado hacia el amor propio, aunque se disfrace con afanes más nobles. Unidad de vida implica comportarse siempre como hijo de Dios; de este modo todas las acciones, aún las más sencillas, adquieren una impronta clara, una coherencia sin fracturas.

"Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo con la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria". Conversaciones, n 114

Cuando hay unidad de vida, el trabajo es oración; el estudio es oración; el amor humano, el sufrimiento, la diversión, las alegrías. Todo es oración, todo puede llevar a Dios y conducir hacia los demás en ademán de ayudarles a encontrar también a Dios en su trabajo o en su hogar. Trabajo y hogar, que deben vivirse con la mayor perfección posible, cuidando los detalles, porque para que sea agradable a Dios, la obra tiene que ser sin defecto. Por eso, un cristiano no puede llevar como una doble vida, separada, sino que tiene que integrarlo todo en la única realidad de su filiación divina: saberse hijo de Dios y vivir como tal.

El esfuerzo por adquirir la unidad de vida

Esta unidad implica:

  • Unidad interior: Armonía consigo mismo.
  • Unidad social: Armonía con la realidad circundante y con las personas.
  • Unidad trascendental: Armonía con el destino trascendente.

Para lograrla se requieren principios sólidos, fines bien definidos, valores altos. La armonía entre lo presente, lo pasado y lo futuro; entre lo que parece pequeño y lo que se tiene como demasiado grande; lo que se vive en la inmediatez de un instante y lo que parece durar toda la vida; entre la realidad afectada por la contingencia y la que tiene repercusiones eternas. Porque el ser humano es todo eso: espíritu y materia, cuerpo y alma, sentidos y potencias intelectivas, temporalidad y eternidad; dolores y placeres, tristezas y alegrías.

Vivir de acuerdo con esta condición humana es madurez, riquísima de significados y de realidades, para darle a lo temporal, valor de eternidad; conducir todas las cosas con amor; llenar de trascendencia lo que se hace. De este modo, todo adquiere valor y sentido. Y, si se mira desde el balcón de la fe como debe ser la mirada de un cristiano, la unidad de vida conduce inexorablemente a la santidad Los valores y virtudes humanas, sirven de base para los sobrenaturales.

La fe no aniquila lo humano, sino que lo sana y eleva, restituyéndole su plenitud. Por eso, el hombre de fe encuentra la cúspide del proceso de maduración personal en la posibilidad de entregar su vida a Dios, que es la expresión más acabada de la unidad de vida. Es entonces cuando puede, con natural sobrenaturalidad, hablar de Tú a Dios, mirarle lleno de confiada sencillez a los ojos, amarle sin medida, sabiéndose igualmente amado, hasta la locura de Belén, de la Cruz, de la Eucaristía. Y de la Gloria.

Ref. Ideas Claras