Familia y Educación

Inventos de primavera

Escrito por Julio Narro GEA Madrid II. Publicado en Familia-Matrimonio-Vida Conyugal.

La primavera ha venido y nadie sabe como ha sido. Las "uniones de hecho" proliferan. Seguimos las enseñanzas de los famoso papagayos que aparecen en la televisión exhibiendo sus intimidades de pago. Se toma lo que se ve en la pantalla como si eso fuera la vida real. Nos creemos con el derecho a vivir una vida de película como si alquiláramos un vídeo. La tolerancia indiscriminada no permite diferenciar entre un padre de familia de tiro fijo y un homosexual evolucionado.


En semejante confusión, los políticos, proclives a poner el voto donde el sexo, hacen leyes para que lo que se entendía por familia -padre, madre e hijos- pase a ocupar una casilla designada como "familia tradicional" junto a emparejamientos afectivos donde figuran homosexuales y lesbianas, como si se tratase de un "reality show" con mucha parrilla.

Nadie duda que la familia es la clave y soporte de la sociedad. Tampoco se pone en duda el papel importante que tiene el padre o la madre. Se puede preguntar a este respecto a Almodóvar o recordar el viejo dicho de que "madre no hay más que una". Tómese una familia estable y organizada de un modo sencillo -padre que haga de padre, madre que haga de madre y unos hermanitos del mismo padre y madre- y se habrá cumplido una condición siempre necesaria, aunque no sea suficiente, para alcanzar un cierto grado de humana felicidad. Y también una gran estabilidad social. Una cosa es que se produzcan lastimosos casos de fracasos matrimoniales y otra, bien distinta, es culpar a la familia de los egoísmos y fracasos que generan los propios protagonistas.

Convertir a la familia en una opción llamada "familia tradicional" no es de la incumbencia de la autoridad gubernativa. Aparentemente solo es un matiz de denominación, pero tiene trascendencia de consecuencias no previsibles.

La ley no puede cambiar la esencia de la familia -que es lo que es- pero puede favorecerla o perjudicarla. Poner a la familia con el mismo rango que la cohabitación es una opinión, nada más. Pero no se puede confundir con la realidad.

Como la de aquel profesor de sociología de una universidad alemana que decía, en un congreso sobre la infancia, que los hijos tienen derechos que les niegan sus padres, o sea, aquel marxista aplicaba la lucha de clases a la propia familia. Todo sea por el colectivismo. Lo malo no es que existan personajes que inventen teorías de cuya realización práctica no son responsables, sino que la masa -la audiencia televisiva- se lo crea y les haga caso.

En las masas se da lo que Comte definía como la "disponibilidad a creer espontáneamente, sin demostración preliminar, en los dogmas proclamados por una autoridad competente". De ahí la importancia de que la autoridad competente sea verdaderamente responsable y respete la verdad y no solo sea un buen comunicador del estilo de Rousseau, el inventor del "buen salvaje", que decía: "Comencemos dejando aparte todos los hechos, porque no tienen nada que ver con el problema". O sea que, si los hechos desmienten mis teorías, tanto peor para los hechos.

Con semejante teoría, el relativismo irresponsable alcanza su más alto grado. Así no es posible entenderse. Pero desde que le premiaron sus majaderías a aquel personaje, ha tenido muchos seguidores y ha causado grandes catástrofes sociales.

La palabra es lo más valioso que ha conquistado el mundo. Es la expresión del pensamiento humano y cauce del propio pensamiento. Para bien o para mal es capaz de transformar el mundo. y hoy día tiene el valor añadido de la imagen y de la globalización. Puede resultar de consecuencias trascendentales y, sin embargo, aceptamos cualquier cosa que nos cuentan, leemos o nos muestran sin darle la menor importancia. Somos como esponjas que absorbemos cualquier agua. Analizamos el agua que bebemos, pero dejamos que el cerebro se nos llene de materiales de muy baja calidad. Convendría poner filtros y esforzarse por distinguir lo que se dice y quien lo dice.

No se puede aceptar la turbia atmósfera que crean intelectuales incapaces de otra cosa que seguir la moda o los intereses comerciales de algún poderoso. Rousseau, por ejemplo, está muy pasado, pero sigue haciendo daño, de modo que para valorar sus ideas conviene saber quien era ese personaje. Un historiador español, Menéndez Pelayo, lo describe del siguiente modo: "patriarca de una legión de neurópatas, egoístas, melancólicos y soberbios, inhábiles para la acción, consumidos míseramente en su propio fuego". Este "misántropo incorregible y grosero, pasó loco la mayor parte de su vida", dejó cinco hijos en un orfanato y, decía que el hombre es "bueno".

Se podrá decir lo que se quiera del hombre -y no digamos de la mujer- y después echar la culpa de aquello que moleste a cualquier otro o a la sociedad que todo lo admite. Pero lo que si es irrebatible es que el ser humano es algo muy frágil y necesitado de permanentes cuidados desde el momento en que es concebido hasta que está muy crecidito. Por mucho que se invente, no es posible crear algo que mejore los cuidados que presta la familia del propio padre y la propia madre.