Familia y Educación

Soluciones para una cultura en crisis

Escrito por Tomás Melendo Granados (Publicado en Arbil, número 111). Publicado en Familia-Matrimonio-Vida Conyugal.

El camino de la revitalización de este Occidente un tanto despersonalizador, cansino y desamorado, tiene su inicio en la familia, ámbito primordial donde la persona es siempre advertida, tratada y reforzada como persona, como principio y término de amor
I. El sentido de la crisis

1. Diagnóstico y terapia

a) Dos anécdotas…

Me gustaría comenzar este pequeño escrito relatando un par de anécdotas que han influido poderosamente en mi modo de entender la realidad y de comportarme respecto a ella.

Hace alrededor de tres años, el segundo de mis hijos, entonces de dieciocho, estaba en terapia intensiva, y los médicos se temían una muerte inmediata. Tres meses antes, se había trasladado a una ciudad distinta de la nuestra, para estudiar allí su carrera. Hacia mediados de diciembre comenzó a sentir un fuerte dolor en toda la región abdominal, y la temperatura le subió a 40 grados.

Tras unos días de cama, el médico que lo visitó le diagnosticó una gastritis. Una semana después, los dolores y la fiebre seguían, por lo que lo tuvieron en observación, en la UVI, durante toda una tarde. Confirmaron el diagnóstico —gastritis—, lo devolvieron a su residencia y le indicaron que, si cinco días más tarde seguía con molestias, regresara al hospital.

Pasado ese período, con aumento del malestar, volvió, lo observaron… y descubrieron una peritonitis en estado muy avanzado. El apéndice había estallado y, al operarlo de inmediato, extrajeron del aparato digestivo más de un litro de pus, que había infectado todo el organismo.

Al llegar a la clínica, después de un viaje que se nos hizo casi infinito, el cirujano nos confirmó que la operación había ido bien, pero que, a causa de la infección generalizada, lo más probable era que nuestro hijo muriera en pocos días.

Llamé a algunos médicos amigos de total confianza y me aseguraron que la cosa no estaba tan clara: que si mi hijo tuviera cuarenta años, era bastante probable que ocurriera lo que el cirujano nos había explicado, pero que, a los 18, el organismo tiene una capacidad de reacción que debería llevarnos a esperar que Tomás se repondría completamente, y que el episodio no dejaría en él el más mínimo rastro.

Después de más de una semana entre la vida y la muerte, se advirtió una notable mejoría; tras meses de tratamiento, recuperó la normalidad, y ahora mismo se encuentra en perfectas condiciones de salud.

Cambiamos de tercio, para esbozar la segunda anécdota. Al final de la década de los ochenta había completado la base de mi formación filosófica, que incluía, en virtud de los maestros con los que tuve la suerte de toparme, una visión bastante clara —y bastante dura— de lo que había ocurrido en los cuatro últimos siglos de la historia de Occidente y, como consecuencia, del estado de la civilización actual.

Mi diagnóstico respecto a nuestra cultura era, según digo, bastante fuerte, pero no me llevaba al desánimo, sino más bien al contrario: todo aquello tenía claro remedio.

No ocurría lo mismo con bastantes de mis colegas, quienes, al exponerles mi punto de vista, me tachaban de pesimista, de que mis afirmaciones eran exageradas, catastrofistas… y un largo etcétera.

Cuando se acercaba el fin del milenio, una editorial me encargó, para su propia información, que resumiera «las ganancias y las pérdidas» del siglo que estaba por terminar. Curiosamente, mostró su asombro ante la cantidad de aspectos positivos que incluía mi estudio.

¿Por qué esa admiración? Porque, por aquel entonces, justo con el cambio de milenio, tuvo lugar un fenómeno relativamente curioso. Para quienes tomaban el pulso a la cultura, también dentro de la Iglesia y excluyendo al Magisterio, el panorama se presentaba desolador; y, lo que resulta más significativo, muchos especialistas, los mismos que antes me acusaban de pesimismo, llegaban a sostener que la situación no tenía remedio y que no había nada que hacer.

Mi opinión, sin embargo, era muy otra. El estado de Occidente seguía siendo esencialmente idéntico al que había advertido años atrás, y sin ninguna duda podía no solo mejorarse, sino instaurar sin excesivos problemas, aunque con total dedicación y empeño, la civilización del amor.

b)… y una conclusión

He relatado estas dos anécdotas con la intención de dejar clara la importancia de no confundir el diagnóstico con la terapia, ni, en el momento de definir la dolencia, dejarse llevar por un falso optimismo que disminuya su alcance o gravedad.

Como explica Benedicto XVI, concretándolo en un extremo particular, «sería erróneo un optimismo simple y superficial, que no capte las grandes amenazas que se ciernen sobre la juventud de hoy, sobre los niños y las familias. Debemos percibir con gran realismo estas amenazas, que surgen donde Dios está ausente. Debemos sentir cada vez más nuestra responsabilidad, para que Dios esté presente, y así la esperanza y la capacidad de avanzar con confianza hacia el futuro».

El diagnóstico nunca es ni optimista ni pesimista, sino certero o equivocado. El optimismo o su contrario vienen después. Solo una vez establecida con exactitud la enfermedad, en función de muchas variables —como la edad, en el caso de mi hijo—, deben calibrarse las posibilidades de reestablecimiento o declarar el mal como incurable.

Si no se actúa así, si, por los motivos que fuere, el diagnóstico resulta erróneo y demasiado «favorable» —tendencia bastante común para «no caer en el pesimismo»—, cuando se hagan patentes síntomas inequívocos de gravedad, la situación se convertirá en desesperada… pues no se tendrá la menor idea de cómo actuar para atajar un mal que no se ha querido o sabido reconocer.

Por el contrario, si el mal fue identificado con exactitud desde un principio, el surgir de las manifestaciones propias de la enfermedad —física o cultural— no provocan el más mínimo desconcierto, y la confianza en la curación sigue siendo la misma que antes de que dieran la cara esos nuevos signos preocupantes.

En lo que a mí atañe, aunque estimo que la dolencia es grave, e incluso muy grave, la confianza en la grandeza del ser humano y en su capacidad de reacción —a la que se suma, o más bien precede, una fe absoluta en el poder de la gracia y en el Amor de Dios— me llevan a seguir siendo tremendamente optimista respecto a las posibilidad de hacer de esta nuestra civilización algo grandioso, acorde con la naturaleza de la persona humana, elevada por la gracia.

Con la condición, insisto, de que el diagnóstico ponga de manifiesto la verdadera causa del mal que nos envuelve, sin quedarse en la superficie ni cerrar los ojos a la auténtica situación del «paciente»… y dando por supuesto que todos —o, al menos, los «mejores»— vamos a comprometernos seriamente en esa paciente labor de cura.

2. Hacia el núcleo de la crisis

a) Con Juan Pablo II

Para establecer el diagnóstico pueden servirnos de orientación unas palabras de Juan Pablo II: «Nuestra civilización […] debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas […]. El ser humano no es el presentado por la publicidad y por los modernos medios de comunicación social. Es mucho más, como unidad psicofísica, como unidad de alma y cuerpo, como persona. Es mucho más por su vocación al amor, que lo introduce como varón y mujer en la dimensión del “gran misterio”».

Me quedo por ahora con tres indicadores: crisis de la persona, originada por una falta de amor, y alejamiento de la verdad de lo que el hombre es en realidad.

Un segundo texto nos ayudará a dar un paso adelante: «¿Quién puede negar —se preguntaba de nuevo el Sumo Pontífice— que la nuestra es una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como profunda “crisis de la verdad”? Crisis de la verdad significa, en primer lugar, crisis de los conceptos. Los términos “amor”, “libertad”, “entrega sincera” e incluso “persona”, “derechos de la persona”, ¿significan realmente lo que por su naturaleza contienen?».

Sin forzar en absoluto las dos citas, cabe concluir que la crisis en que nos encontramos deriva en fin de cuentas de una desatención a lo que la realidad es en sí misma: se desconoce la verdad del hombre —lo que este es—, leemos en el primero de los textos; las palabras que utilizamos y lo que pensamos del mundo no corresponde en absoluto a su realidad, afirma el segundo.

Es lo que un metafísico de profesión podría llamar, robando la expresión a Heidegger y modificando su significado, «olvido del ser». En mi caso, con ello quiero aludir a una actitud profundamente arraigada en Occidente y transmitida ya a través de varias generaciones, cuyo núcleo esencial estriba en prescindir de las exigencias que las realidades, y particularmente las personas, plantean por su misma naturaleza —por ser lo que son—, para atender en exclusiva a lo que cada uno de nosotros «sienta», «piense», «desee» o «ambicione» respecto a ellas.

Los ejemplos de desatención al ser en el momento actual son innumerables y muy claros. En el ámbito del conocimiento, las evidencias más netas, las argumentaciones más irreprochables, las verdades menos susceptibles de ser puestas en duda (los artículos de fe, por ejemplo), se quedan sin defensas ante el recurso rabiosamente subjetivista: «eso será lo que tú piensas (lo que cree el Papa); yo opino, por el contrario...».

¿Y en los dominios del actuar cotidiano? Hace ya algunos años conmovió la opinión pública la «tragedia» de dos o tres cetáceos abocados a morir por estarse indisponiendo de forma irreversible el medio acuoso en que se encontraban. Se inició la operación rescate. Y me llamó poderosamente la atención el desesperado grito de socorro de un periodista, que —desde las pantallas de los televisores— urgía a la Humanidad entera a movilizar todos los recursos disponibles para salvar… ¡a nuestros semejantes!

Así, a nuestros semejantes. De un plumazo, en aras de un sentimentalismo más o menos lacrimógeno, se borraba, como diría Pascal, la distancia «infinitamente infinita» que separa a los seres humanos, llamados a mantener eternamente un diálogo amoroso con el Absoluto, de lo que, en fin de cuentas, no es sino un simple y perecedero disponerse de la materia.

Desde entonces, ¡cuántas veces no habré tenido que soportar la afrenta ontológica consistente en afirmar que alguien se encuentra más a gusto con su animal de compañía que con su suegra, o que quiere más entrañablemente a su gato que a su marido o a su mujer…!

Resumo otro suceso revelador. Allá por los noventa, una amiga muy cercana, madre de cinco hijos, nos contaba a mi mujer y a mí que de un tiempo a esa parte estaban proliferando asombrosamente los perros en la urbanización donde vivía. Los comentarios de algunas de las dueñas respecto a los «sentimientos» e incluso los «complejos psicológicos» de los animalitos resultaban, más incluso que originales, excéntricos, estrafalarios: y así, según una de aquellas buenas señoras, el problema de su chucho es que se creía... ¡un niño! (así lo afirma el psiquiatra —añadió— ignoro si el de ella o el del perro).

Pero, a mi entender, lo más significativo de todo fue la respuesta de una de esas personas ante la observación de mi amiga de que tal abundancia de perros comenzaba a resultar molesta y sucia. «¡Pues a mí tampoco me gustan los niños, y no protesto!», contestó airada. Según parece, todo se resolvía en una simple cuestión de preferencias individuales y subjetivas, mudables e inconsistentes: la realidad, el ser —que se tratara de personas o de animales—, no contaba para nada.

Para apuntar un dato más actual, como probablemente saben, algunos políticos españoles han propuesto recientemente que se establezca una sustancial igualdad entre los orangutanes y otros simios análogos y el ser humano, concediendo a tales animales, con cuanto eso lleva consigo, la condición de ¡personas!

b) Una opción equivocada

Si no yerro, estamos cerca del núcleo de todo el asunto. En fin de cuentas, en las relaciones entre el ser humano y el mundo caben dos alternativas radicales:

- o bien otorgo la primacía a la realidad tal como es, y muy en particular a las personas, precisamente porque su ser posee un rango más elevado;

- o bien me constituyo a mí mismo —¡en cuanto yo!— en una suerte de absoluto, en el centro del universo o «el ombligo del mundo», y todo lo demás, incluidas las restantes personas!, adquirirán su valor, su realidad, en virtud exclusiva de lo que representen para mí: si me favorecen, serán buenas; si me perjudican, serán malas; si no tienen relación alguna conmigo, sencillamente no serán. (Que es, lo digo entre paréntesis, lo propio de los animales: ni siquiera advertir lo que no les resulta beneficioso o dañino).

¿Por qué califico esto segundo como desatención al ser? Porque olvida que la realidad es como es, con independencia de lo que el hombre opine o desee y, sobre todo, que reclama de él una respuesta proporcionada a ese modo de ser. Con otras palabras, lo real, en cuanto verdadero, pide que se lo conozca, en proporción al grado de ser que en cada caso le corresponda (más Dios, después todas las personas, a continuación las realidades infrahumanas, acabando por lo meramente instrumental); como bueno, exige —¡y no como un «añadido moral», sino en virtud de su propia realidad!— que se lo confirme con la palabra y con los hechos, apoyando y promoviendo, en la medida de nuestras posibilidades, su respectivo desarrollo y cumplimiento, máxime cuando se trate de personas; por su belleza, actual o virtual, postula del sujeto humano el aprecio de su prestancia y el esfuerzo por no afear su rostro y, más todavía, por sacar a la luz, engalanándolo, todo el esplendor con que está llamado a centellear.

Todo lo cual permite concluir que la rectitud de la vida humana —en la que se condensan la metafísica, la antropología y la ética— se establece cuando cada uno de nosotros: conocemos la realidad tal como es, aunque siempre de modo imperfecto; y respondemos a lo que los distintos seres y situaciones nos reclaman… precisamente por ser lo que son en cada circunstancia concreta.

Por ejemplo, si yo paso por la calle y veo a alguien tumbado en la acera, con pinta de estar herido o enfermo, la realidad me impone que detenga mi andadura, con independencia de lo que tuviera que hacer, y acuda en auxilio de la persona en mal estado, haciendo lo que por mí mismo pueda realizar y avisando a quienes sean competentes para que la tomen a su cargo. Muy al contrario, si lo que encuentro en mi camino es un perro o un gato, podré ciertamente pararme para atenderlo, pero eso no será ya algo que la realidad exige, sino una acción motivada por razones distintas; y si no puedo o no quiero prestarle atención, no cometo ningún tipo de afrenta.

En el extremo contrario, como ya apunté, hay que encuadrar la actitud y el comportamiento de quienes no responden al reclamo de la realidad, sino que hacen girar a toda ella en torno a un yo magnificado y egolátrico… que es el que, en fin de cuentas otorga su realidad a todo cuanto existe.

Según vengo sugiriendo, estimo que es esta la opción elegida mayoritariamente por nuestros conciudadanos y la que «alimenta» nuestra (in)cultura, con la enorme diferencia —respecto a etapas anteriores de la historia— de que esto no sucede hoy de forma coyuntural, sino constitutiva, como consecuencia de esa inversión de las relaciones entre el yo y el ser a la que antes aludí, y cuya explicación detenida supera con mucho los límites de estas líneas.

II. Superación de la crisis

1. Una solución de fondo

a) Hambre de realidad

Supuesto que el diagnóstico haya sido correcto, y honradamente considero que lo es, la respuesta a la crisis en que estamos inmersos, consistiría esencialmente en sanar los principios en los que, con más o menos conciencia se apoya la civilización actual, devolviendo al ser —y a la persona, en virtud de su eminencia ontológica— su primacía sobre un «mero yo subjetivo»… egocentrado, caprichoso y arbitrario.

Semejante terapia debe ejercitarse en dos ámbitos muy distintos, aunque íntimamente conectados.
En el primero se coloca la labor de los que, por acudir a un término que no me agrada del todo, cabría denominar «intelectuales». A ellos les corresponde: por una parte, ser plenamente conscientes de nuestra situación y darla a conocer de forma asequible al resto de los ciudadanos, en particular a los que tienen la capacidad de tomar medidas de gran alcance (legisladores, políticos, empresarios de envergadura, etc.); además, y como consecuencia inmediata, estudiar de qué manera puede hacerse frente a esta crisis y sugerir las medidas que estimen oportunas a las personas indicadas en el párrafo precedente… y a todos y cada uno de los que componemos la humanidad actual.

Lo cual se traduce, en definitiva, en establecer las grandes instituciones y la legislación y el derecho sobre los que se basan, en función de la realidad del mundo y, sobre todo, del ser humano. Cosa que a su vez lleva consigo un esfuerzo por comprender lo que en verdad es el hombre —¡la persona humana, masculina o femenina!—, evitando en ese estudio y en las medidas concretas que de él deriven, cualquier interferencia distorsionadora del propio yo: intereses económicos, ideológicos, de partido político, y un dilatado etcétera.

b) Descubrir la belleza…

Con términos filosóficos estrictos, semejante tarea equivale a lo que antes apuntaba: descubrir la verdad, responder a la bondad, apreciar y fomentar la belleza.

Ante la imposibilidad de desarrollar cada uno de estos aspectos, me centraré en el que considero más descuidado y, simultáneamente, más necesario de recuperar y engrandecer en las circunstancias actuales: la belleza.

Cuando lo hermoso se entiende como es debido, la educación para captarlo resume y eleva todas las potencias humanas y las lleva hasta su cumbre, conduciendo el alma hacia Dios. De que no debe despreciarse, sino muy al contrario, el contacto con lo bello, siempre que este se conciba del modo adecuado, con todos los armónicos que encierra en nuestra civilización en crisis. Si queremos animar a quienes nos rodean a enderezarse por el camino del bien, de la propia plenitud y de la consiguiente dicha, hemos de empeñarnos muy a fondo, en la teoría y en la práctica —¡en la vida vivida de cada uno!— en descubrir la profunda e inigualable belleza y atractivo de la verdad y del bien.

Todo lo bueno… «o engorda o es pecado»: afirmación normalmente sostenida a modo de broma, pero que, por desgracia, manifiesta una convicción de fondo que bastantes cristianos han trasmitido verbalmente o, más a menudo, con el modo de encarar su propia existencia.

La gran aventura de una existencia lograda, y hacerla brillar ante los ojos de nuestros contemporáneos como un magnífico ideal que encandile… la mayor parte de nuestras energías se «desperdiciarán» en el intento de poner remedio —post factum y presentándonos como reaccionarios… y muy probablemente como «perdedores»— a desviaciones vitales y teoréticas que ni siquiera se hubieran planteado si, antes, hubiéramos hecho resplandecer —¡cada uno de todos: usted y yo, con un empeño sincero, constante y renovadamente comprometido!— todo el fulgor y la hermosura del bien y la verdad.

2. Medios concretos

a) En la familia y desde la familia

Junto a esa tarea de recuperación del ser y de todos sus atributos, encomendada particularmente a los «intelectuales»… para hacerla llegar a todo ser humano, habría que definir los medios concretos más relevantes para llevar a cabo esa suerte de «revolución».

Y, en este aspecto, el de la práctica diaria, la primera realidad que me viene a la mente (también porque la llevo hondamente arraigada en mi corazón) se expresa con un solo término: «familia».

De nuevo podríamos acudir a una de esas afirmaciones definitivas de Juan Pablo II: «Cual es la familia, tal es la nación, porque tal es el hombre», exclamó ya en el segundo año de su pontificado. «El futuro de la humanidad se fragua en la familia», repitió insistentemente oportune et importune . Y es que cada uno de los seres humanos recibe su definitiva cualificación como persona en el seno de su hogar: en él es donde forja inicialmente su condición personal, y donde se «rehace» como persona a lo largo de toda su existencia, para así, «humanizado» y «re-humanizado» trasmitir a su vez humanidad y calidez en todas las esferas donde desarrolla su existencia: trabajo, relaciones sociales, economía, vida pública…

Según Benedicto XVI, es preciso «superar una concepción encerrada en el amor meramente privado, que hoy está tan difundida. El auténtico amor se transforma en una luz que guía toda la vida hacia la plenitud, generando una sociedad humanizada para el hombre. La comunión de vida y de amor, que es el matrimonio, se conforma de este modo como un auténtico bien para la sociedad. Evitar la confusión con los demás tipos de uniones basadas en el amor débil constituye hoy algo especialmente urgente. Solo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se convierta en una casa para todos los hombres»

Tratemos, pues, de mejorar nuestro hogar, empezando por nosotros mismos, para así elevar la categoría del propio matrimonio y hacer que esa grandeza se desborde en cada uno de nuestros hijos y en las familias de nuestro entorno, en una suerte de círculos concéntricos que no tienen límite: de este modo salvaremos la nación, el mundo entero, habiendo perfeccionado a cada una de las personas que lo componen.

Lo expresa adecuadamente Carlos Llano, apuntando también un extremo de capital importancia, en el que hace muchos años que no dejo de insistir: el influjo de los «poderes» externos al hogar resulta inversamente proporcional a la riqueza que los padres logremos suscitar o crear en su interior.

Según Llano, «la familia no debe adoptar solo una posición de parapeto a fin de defenderse de los acosos e infiltraciones» que provienen de fuera. «Ha de adquirir conciencia, primero, de que tales acosos son inocuos, epidérmicos, si no hay complicidad libre de nuestra parte, porque el compromiso, la renuncia y la capacidad de entrega están en nuestras manos y no en las de los reglamentos estatales, de las instancias mercantiles ni de los oropeles televisivos: ninguno de ellos tiene fuerza sin nuestra libre complicidad. Segundo, que la familia es la alternativa del futuro, la única alternativa del futuro, si sabe ejercer la libertad de la que es maestra. El hogar tiene su origen etimológico en el fogón, en la hoguera; no debe verse solo en su sentido de resguardo, guarida o refugio, sino también de irradiación, expansión e incendio. Tengamos, por lo menos, el ansia […] de incendiar el mundo con […] los valores potenciales y explosivos de nuestros hijos. No se trata de salvarlos de la quema, sino de incendiar el mundo con ellos».

Con frecuencia expreso la misma idea de forma más coloquial. Por ejemplo, cuando alguno de mis amigos comenta que no vale la pena, o incluso es un error o una crueldad, tener más hijos… a la vista del panorama con que se van a encontrar, sistemáticamente les respondo con palabras de este corte: «lo importante no es el mundo que vamos a legar a nuestros hijos, sino la calidad de los hijos que vamos a entregar al mundo… justamente para que lo mejoren, porque les habremos enseñado a amarlo con ardor».

b) Con el instrumento del trabajo

Lo cual plantea un último interrogante. Ya en el seno de la familia, ¿cómo enseñar a amar bien, con auténtica pasión desprendida. Y también ahora, la respuesta me resulta evidente: a través del trabajo.

¿Por qué motivos?

Por una parte, existe una muy estrecha conexión entre amor y trabajo; el trabajo está más cerca del amor que probablemente ninguna otra realidad humana.

Si amar es querer el bien para otro, para que el amor sea pleno, ese querer debe resultar eficaz, esto es, ha de dispensar efectivamente a la persona amada lo que constituye el bien para ella. No bastan las buenas intenciones, ni siquiera una más o menos determinada determinación de la voluntad que no culmina en obras. ¡Hay que lograr ese provecho!… o, al menos, poner todos los medios a nuestro alcance para conseguirlo.

Pero la gran mayoría de los bienes reales, objetivos y a menudo indispensables que podemos ofrecer a nuestros conciudadanos se obtienen gracias al trabajo profesional, entendiendo estas dos palabras en su acepción más dilatada.

Por eso, de quien pudiendo hacerlo no trabaja, no cabe decir que de veras ame o, al menos, que su amor sea cumplido, cabal; y por lo mismo, porque en verdad logra el bien para la persona querida, suelo añadir que trabajar por amor es amar en plenitud, amar dos veces.

En semejante ámbito, la tarea de la familia se muestra indispensable. Y no consiste solo en fortalecer la voluntad, creando auténticos hábitos de trabajo. Requiere sobre todo robustecerla con eficacia, enseñando a vivir la propia tarea y la formación que prepara para realizarla, no como medio de afirmación personal ni de adquisición egoísta de beneficios, sino como herramienta de servicio, como búsqueda real del bien para otro en cuanto otro, como el más cualificado vehículo del amor personal.

¿Por qué el más cualificado? Porque, en condiciones normales, el fruto de nuestro quehacer constituye una excelsa encarnación de la propia persona. Cuando el hombre termina bien su tarea, cumplidamente y hasta el fondo, poniendo en juego lo mejor de sí, hace reposar todo su ser en el resultado de esa labor profesional, se expresa íntimamente a través de ella. El trabajo se configura, entonces, como exquisita cristalización de nuestro yo: en él hacemos descansar lo más noble de nosotros mismos. Pero, entonces, esa actividad representa una clarísima posibilidad de donación universal de uno mismo. Y gracias a ella podemos alcanzar la plenitud de la vocación a la entrega que nos compete como personas.

Con palabras más sencillas: cuando el trabajo y sus frutos proceden de un auténtico amor, que procura el bien real de los otros; y cuando, además, se encuentra realizado con toda la perfección técnica y humana de que uno es capaz… arroja como saldo una realidad —materia transformada, idea, servicio— profundamente expresiva de nuestra persona: «algo» que manifiesta y transporta lo mejor de nuestro ser. Nos damos —¡cada uno, íntegramente!— merced a nuestra labor.

Por otra parte, al recibirlos con agradecimiento, en los productos que hemos elaborado sus destinatarios acogen nuestro propio ser… al tiempo que se instaura la comunión de bienes en que consiste terminal y definitivamente el amor y la amistad. Y eso, hoy, con dimensiones universales.

¡Gracias al trabajo enamorado —el «incógnito del amor», como lo califica un buen amigo, Catedrático de la Sorbona— se hace realidad, en la medida en que es posible, una auténtica civilización del amor!

* * *

Por eso, y como resumen de estos últimos párrafos, me atrevería a afirmar que el camino de la revitalización de este Occidente un tanto despersonalizador, cansino y desamorado, tiene su inicio en la familia, ámbito primordial donde la persona es siempre advertida, tratada y reforzada como persona, como principio y término de amor.

A lo que habría que añadir que la herramienta más adecuada para llevar a término esa convulsión es, justo, la amorosa dádiva de sí a través del trabajo.

Familia y trabajo, por tanto (familia y empresa, si se aspira a concretar más), constituyen los dos instrumentos primordiales, en la esfera natural, del necesario y ya inmediato —¡si nos empeñamos!— resurgimiento de nuestro mundo. Pero un trabajo cuyo sentido más hondo se aprende, antes y más que en cualquier otra institución, en el hogar, y desde él dimana, confiriendo auténtico vigor humanizador, a toda la sociedad.

Que es uno de los varios sentidos de estas expresiones de Juan Pablo II: «En un mundo en el que parece despreciarse la función de tantas instituciones y en el cual se deteriora impresionantemente la calidad de vida, sobre todo urbana, la familia puede y debe llegar a ser un lugar de auténtica serenidad y de armonioso crecimiento. Y esto, no para aislarse de modo orgulloso y autosuficiente, sino para ofrecer al mundo un testimonio luminoso de hasta qué punto es posible la recuperación y la promoción integral del hombre, cuando esta promoción parte y tiene como punto de referencia la sana vitalidad de esa célula primaria del tejido civil y eclesial que es la familia».

Y que confirma Benedicto XVI, cuando se pregunta: «¿Cómo no recordar, en este sentido, la visión de amplias miras de mis predecesores, en particular de Juan Pablo ii, que promovieron con valentía la causa de la familia, considerándola como la realidad decisiva e insustituible para el bien común de los pueblos?»

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