Familia y Educación

Aprobar el matrimonio homosexual... y todos los otros

Escrito por Ángel López-Sidro López, ForumLibertas. Publicado en Familia-Matrimonio-Vida Conyugal.

Aboliendo el criterio natural, el innovador sólo tendrá que esperar a que la sociedad vaya admitiendo perezosamente todas las otras variantes.


Una encuesta realizada en España por el prestigioso Instituto Gallup señala que la mayoría de los españoles son favorables al llamado «matrimonio homosexual» (61,2%) y a que estas parejas puedan adoptar (54%). A los que todavía se resisten a aceptar estas revoluciones les habrá sorprendido e indignado. Pero la verdad es que esto se veía venir y a nadie debería coger desprevenido. 

Hace tiempo que la institución matrimonial, para eso que pomposamente se denomina «opinión pública», está en crisis. Y es así no porque proliferen los divorcios, o porque crezca el número de parejas que huye del compromiso definitivo, ni tampoco porque los matrimonios olviden durante bastante tiempo –a veces para siempre– que su vocación natural es convertirse en familia.

El problema, como suele ocurrir, es más profundo, y se relaciona con los principios y fines fundamentales que justifican la existencia del matrimonio. Es el olvido o el desprecio de la indisolubilidad, de la fidelidad o de la riqueza de ser padres lo que provoca la apreciación de que el matrimonio atraviesa por momentos bajos. En realidad, el matrimonio no se resiente porque los que acceden a él, o aquellos que no se atreven a hacerlo, hayan asumido de entrada su derrota: el matrimonio sigue siendo válido –de hecho lo es aún para un gran porcentaje de la sociedad– aunque nuestros contemporáneos estén descuidando su importancia de forma irresponsable. 

Pero hay más. Pese a las ideas infantiles que circulan por ahí, el matrimonio se justifica por el amor. El matrimonio constituye el marco en el que el amor de pareja, o más propiamente el amor conyugal, se realiza plenamente, porque esa ha sido su razón de ser desde que hombre y mujer descubrieron su inclinación natural y el fruto de vida que su unión engendraba. Vamos, que el matrimonio es originario y consustancial a la natural vocación amorosa de hombre y mujer, esa que les lleva a entregarse de forma total el uno al otro. 

Al hablar de entrega total no hay que confundirse con un sentimiento apasionado. La entrega total no es algo que meramente se siente, sino que se realiza. Hombre y mujer descubren que quieren darse enteros mutuamente, y lo hacen en el matrimonio desde cada plano de sus personas: físico, espiritual, existencial, familiar, etc.

Tal entrega es posible porque hombre y mujer tienen una vocación recíproca que ha inscrito en ellos la propia naturaleza. Son absolutamente complementarios, como se puede apreciar desde un examen fisiológico superficial, cuya prueba del nueve es la posibilidad de generar hijos como fruto de su unión. Pero su complementariedad abarca todos los planos referidos, como la ciencia se encarga de demostrar cada día al poner de relieve las diferencias que, paradójicamente, nos unen. 

Superada la vergüenza de tener que explicar lo obvio, viene ahora el momento de decir lo que está clasificado como incorrecto. La verdad de las cosas también afecta a quienes experimentan una tendencia homosexual, porque, con todo el respeto que merece su dignidad de personas, no se les puede engañar con inviables equiparaciones y con soluciones absurdas. El matrimonio homosexual no es posible por una razón muy sencilla, y es que su única justificación es el amor conyugal.

No voy a negar que la persona homosexual pueda enamorarse –creo que todos conocemos bien que nuestros sentimientos no son instintos en los que se pueda confiar ciegamente para la supervivencia y el acierto–; también una persona homosexual puede querer a otra, entendiendo este amor en un sentido amplio, como apertura generosa al prójimo; y, obviamente, una persona homosexual puede mantener relaciones sexuales con alguien de su mismo sexo, aunque para ello haya que forzar el propio cuerpo más allá de aquello para lo que estaba diseñado.

Lo que no se puede decir en ningún caso es que una persona homosexual pueda entregarse totalmente a otra, porque para alcanzar esa totalidad resulta imprescindible la complementariedad que sólo alcanzan hombre y mujer, concebidos precisamente para unirse de forma perfecta. Como ha dicho la Conferencia Episcopal Española, «Los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica de la diferencia sexual y la vocación al amor que nace de ella, abierta a la fecundidad». 

En definitiva, la unión homosexual es incapaz de convertirse en marco eficaz para la realización del amor conyugal, carece de las condiciones para que la entrega mutua de sus miembros se produzca en plenitud, con la consiguiente insatisfacción que, en lo más hondo, pueden sentir esas personas, ya que su deseo de entregarse, por sincero que sea, no va a encontrar respaldo en la realidad de las cosas. De hecho, aunque legalmente se reconocieran efectos jurídicos a tales parejas, de ninguna forma eso las convertiría en matrimonios, porque no puede haber matrimonio sin sus requisitos propios. 

Considero un error no decir con claridad todo esto y preferir una posición algo más blanda, retrasando la línea de la verdad al punto en que se niega la posibilidad de adoptar a los homosexuales. Que este argumento es claramente insuficiente lo demuestran los resultados de las encuestas, en las que la opinión pública resbala progresivamente hacia la aceptación de todo.

El único criterio, aquel que se asienta en el reconocimiento de nuestra realidad ontológica diferenciada, es el que contempla el matrimonio como instrumento creado a fin de proteger el amor que lleva a hombre y mujer a unirse para formar una familia. Abolir este único criterio es derribar el sistema, y como consecuencia se tendrá que permitir todo porque no quedará ninguna otra razón en que apoyarse.

El «innovador» sólo tendrá que esperar a que la sociedad vaya admitiendo perezosamente las novedades que proponga con el argumento de la insistencia, como por ejemplo uniones multisexuales, pederastia aceptada por el menor o cualquier otra aberrante fantasía que se pueda concebir. Carente de criterio en que sustentarse, no hay más que aguardar a que la negativa a aceptar cada nuevo planteamiento caiga por su propio peso. Decir la verdad cuesta; admitirla debe de ser muy duro; pero el precio que habrá que pagar por soslayarla da miedo imaginarlo.

 

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