Familia y Educación

Una fiesta en Madrid

Escrito por La Razón. Publicado en Familia-Matrimonio-Vida Conyugal.

 

 

Dos millones a favor de la familia

 

«Saludo a los participantes en el Encuentro de las Familias que se está llevando a cabo en este domingo en Madrid». Era el momento culminante de la jornada. Las palabras que Benedicto XVI pronunciaba en español desde el Vaticano eran recibidas por un atronador aplauso. Cinco años después de la última visita de Juan Pablo II a España, un Papa volvía a la plaza de Colón de Madrid, aunque esta vez a través de las siete grandes pantallas de televisión instaladas en la zona. Daba igual. Los dos millones de fieles que llenaban la plaza y todas las calles adyacentes lo recibieron igual que si hubiera llegado en «papamóvil», en un gesto evidente de la universalidad de la Iglesia católica.

 

El Pontífice no defraudó.

Con su sencillez y pedagogía habituales animó a los fieles a dar «testimonio ante el mundo de la belleza del amor humano, del matrimonio y la familia». Y recordó la que ha sido la hoja de ruta para la preparación de este encuentro, la claves que se han recordado hasta la saciedad para dejar claro cuál es el modelo de familia cristiana que se estaba defendiendo: «Fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer», un espacio en cuyo ámbito «la vida humana es acogida y protegida, desde su inicio hasta su fin natural», lo que conlleva como consecuencia que «los padres tienen el derecho y la obligación fundamental de educar a sus hijos en la fe y en los valores que dignifican la existencia humana».

Fiel a su forma de plantear las cuestiones, de manera positiva, dejó clara la inexistencia del llamado «matrimonio homosexual», condenó aborto y eutanasia, y defendió que los padres puedan elegir la educación moral que quieren para sus hijos, sin que ésta pueda ser impuesta por el Estado.

A las seis de la mañana

Pero horas antes de este momento, los más madrugadores ya habían llegado a la plaza de Colón a las seis de la mañana, pero el grueso de fieles se empezó a hacer presente a partir de las nueve. Quedaban dos horas para que comenzara el acto y una más para poder escuchar en directo las palabras que el Papa les iba a dirigir desde el Vaticano, pero no parecía importarles. De los cinco grados que marcaban entonces los termómetros se protegían con ropas de abrigo, y el tedio se aliviaba con la conversación con el vecino y algún improvisado canto.

A las diez de la mañana la animación ya corría a cargo de los organizadores. A través de la megafonía, tres presentadores –dos jóvenes y una niña– asumían la difícil tarea de teloneros y alternaban las bromas con cantos infantiles alusivos a la familia, cuando no dejaban paso a una selección de música instrumental. Había que esperar hasta las once de la mañana para que comenzara la celebración propiamente dicha.

«Bienvenido a tu casa» cantaban los sevillanos de «Siempre así», mientras los presentadores del acto –Alejandra Alloza, de TVE internacional, y Javier Nieves, de Cadena 100– llegaban al escenario. Era ya el momento de que todos centraran su mirada al estrado, porque desde allí se iban a alternar los testimonios de familias y los mensajes de los cardenales y el presidente de la Conferencia Episcopal. El momento más emotivo de esta parte del acto fue cuando la familia Blasco explicó que había perdido a uno de sus hijos –con doce años– en el atentado del IRA en Omagh (Irlanda). «Está con nosotros desde el cielo», proclamaron, en un claro mensaje que conmovió a los presentes.

Presencia cardenalicia

Los cinco cardenales electores residentes en España quisieron hacerse presentes en el acto de una u otra forma. El de Sevilla, Carlos Amigo, ya había excusado desde hace días su presencia en el acto, al coincidir con el cierre de un año jubilar en su diócesis, pero envió un mensaje escrito. Más sorprendente fue la ausencia del cardenal de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, que por prescripción médica no pudo estar en la plaza de Colón. A pesar de ello, pudo enviar un mensaje. Antonio Cañizares, cardenal arzobispo de Toledo, y Agustín García-Gasco, cardenal arzobispo de Valencia, sí pudieron acompañar al cardenal Rouco en el estrado, en un lugar habilitado entre el crucifijo y la imagen de la Virgen de la Almudena. Junto a ellos, se encontraban otros treinta y ocho obispos españoles. Su presencia fue agradecida por los dos millones de fieles, así como los mensajes que allí leyeron los cardenales. Desde el público se destacaba la contundencia de García–Gasco al poner en evidencia el «fraude y el engaño» de la «cultura del laicismo radical», y la denuncia firme de Cañizares de como la familia, «a pesar de ser la institución social más valorada», está siendo «sacudida en sus cimientos, incluso con legislaciones injustas e inicuas». Un anticipo del mensaje que luego pronunciaría el Papa Benedicto XVI.

La segunda parte de la celebración tuvo un marcado carácter litúrgico. Tras el mensaje de Benedicto XVI desde el Vaticano, una solemne procesión de la imagen de la Virgen de la Almudena, daba inicio a la celebración de la Palabra. En ella, destacó la homilía del cardenal arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, quien mostró su tristeza, en nombre de todos los presentes, al «constatar que nuestro ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a lo que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas reconocía y establecía hace ya casi sesenta años, a saber: que la familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado».

Pancartas y banderas dieron un gran colorido a la concentración

Todo tipo de carteles inundaron -literalmente- los rincones de la madrileña plaza de Colón, la calle Génova y el Paseo de la Castellana. Llegados de todas partes de España y también de otros lugares del mundo desde primera hora de la mañana, pancartas, sombrillas y telas llenaron de color las fotografías del evento, haciendo referencia a lugares de procedencia y también a movimientos y carismas eclesiales. Los más numerosos posiblemente fueron los pertenecientes a los miembros del Camino Neocatecumenal, que escogieron -como suele ser habitual- iconos pintados por su responsable, Kiko Argüello, también presente en el acto. El movimiento de Comunión y Liberación, por su parte, llevó un gran cartel de unos quince metros de largo, visible desde el aire cuando lo apoyaron en el suelo del lateral izquierdo de la plaza de Colón. También las banderas nacionales -no sólo de España, aunque mayoritariamente- aportaron color por todas partes: pequeñas, o grandes, españolas, portuguesas e incluso alguna norteamericana, todo se pudo ver. Pero había muchos más: imágenes religiosas, caras pintadas, camisetas, grupos «a juego», todo lo que la imaginación popular, el respeto, pero también el sentido celebrativo de la jornada, permitieron.

 

Una mañana entre potitos y guitarras

La Plaza de Colón de Madrid era una fiesta. Miles de familias cristianas desembocaron en ella para reivindicar su papel insustituible en la sociedad. Formaban «pequeños equipos de amor» que entre niños, jóvenes, padres y abuelos venían a defender la bandera del «amor fiel, la unidad y la felicidad».

Horas antes del comienzo del acto, a eso de las diez y media, una riada de peregrinos se acercaban hasta la plaza al son de cantos y música de guitarras. Portugueses, italianos, austriacos y alemanes también se adhirieron al mensaje de la familia y ondeaban sus banderas entre los carteles oficiales del acto. Sillas plegables, esterillas, mochilas conmemorativas de la visita del Papa a Valencia, pancartas donde se podía leer «La familia, santuario de la vida» u «Hombre y mujer nos creó» con la imagen del Belén, constituían el «kit» de los más previsores. Entre testimonio y testimonio, algunas madres daban el biberón a sus bebés y los más jóvenes abrían sus bocadillos para calmar el hambre. Otros se reunían en inmensos corros y tocaban el tambor al tiempo que rasgaban sus guitarras para animar la fiesta. El frío no congelaba la ola de entusiasmo y las manos se agitaban al aire, mientras los miembros del grupo Siempre Así arrancaban los primeros acordes de su canción.

Cuando Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal, salió al estrado, el público lo ovacionó. Un par de monjitas no dejaban de sacarle fotografías, sin perder detalle de sus movimientos. Los obispos, entre tanto, saludaban desde la tarima y aún había quienes se dejaban la voz cantando. Los más sentimentales no quisieron desprenderse ni de sus mascotas, que consideraban uno más de la familia. Los discapacitados aguardaban en una zona reservada, ilusionados porque el Papa enviaría su mensaje a España. En el momento en el que se conectó desde Colón con la Plaza de San Pedro, los fieles empezaron a corear «Benedicto, Benedicto...» con panderetas y aplausos como música de fondo. Tras el mensaje del Pontífice, una niña buscaba inquieta a Benedicto XVI: «¿Dónde está el Papa? No lo encuentro... ¿está en carne y hueso?».
Cerca de ella, como no, un grupo de voluntarios. Junto a otros cientos de jóvenes ataviados con chalecos blancos y naranjas, llevaban desde las 9 de la mañana organizándolo todo. Y no les faltó trabajo: los fieles bajaban en riada de los autobuses -se contaban por decenas los aparcados en las calles de Serrano y Santa Engracia-, los carritos de bebés no cabían en las aceras y a penas se podía dar un paso. Eso sí, la risa y el buen humor le habían ganado la batalla al agobio que producía ver tamaña multitud.

Jesús Silva, colombiano, llegaba desde Camas, en Sevilla, con su mujer, sus dos hijos y sus hermanos de comunidad «para celebrar el día de la renovación de la familia cristiana». Para él, «es la base más importante de todo ser humano que quiere transmitir a sus hijos lo que hemos aprendido de nuestros padres y abuelos». Algo más lejos, Nacho López explica que tiene 16 años y que había pedido ser voluntario, pero no había podido ser. Aun así, ha venido acompañado de sus cinco hermanos y sus padres porque «en casa me han enseñado que la familia es una de las cosas más importantes de la sociedad».

Después de las palabras de Benigno Blanco, presidente del Foro de la Familia, cualquiera podía comprobar que lo que él acababa de decir no era una opinión aislada. «No quiero que el Gobierno me diga qué modelo de familia tengo que crear», aseguraba María Sánchez. Juan Pablo Gutierrez prefiere, sin embargo, no entrar en política: «Me siento obligado a dar testimonio de que la familia funciona, que el Espíritu Santo crea en ella cuerpos y espíritus, que es la base de la sociedad». Seguro que Juan Pablo no dudaría en atribuir al Espíritu Santo el mensaje que Conchita ha recibido en el móvil. «Una compañera de trabajo, que tiene un hijo de cinco años sin bautizar, ha puesto Telemadrid y nos ha escrito diciendo que se está planteando bautizarlo. Sólo por eso merece la pena que se monte todo esto», asegura con visible alegría. Conchita se había involucrado en la celebración hasta el punto de abrir las puertas de su casa para acoger a peregrinos llegados de otras provincias. Tras la celebración le preguntamos si volvería a hacerlo. Y ni lo piensa: «¡Sin duda! Esto deberíamos hacerlo muchas más veces. Es muy necesario ver el entusiasmo, la alegría, el orden que ha habido. Ni una papelera quemada, ni un altercado... ¡Hasta teníamos cuidado con las latas y con las colillas!»... Ya de recogida, Antonio coge del hombro a su hijo y resume el acto con una frase que bien firmaría cualquiera de los dos millones de asistentes: «Somos ricos, muy ricos, con la familia que Dios nos ha dado».

 

Monseñor Blázquez: «La familia es como el vino de solera»

El primero de los prelados que intervino en la celebración fue el obispo de Bilbao, monseñor Ricardo Blázquez, en calidad de presidente de la Conferencia Episcopal. Saludado con aplausos, monseñor Blázquez afirmó que «de la verdad del matrimonio y de la vitalidad de la familia, depende en gran medida la estabilidad y la esperanza de la sociedad; por esto todos debemos evitar lo que la dañe y promover lo que la favorezca». Además, subrayó que «merece la pena vigilar diariamente y luchar por superar los obstáculos y las crisis que surjan en el camino del amor». «Cuando se califica a la familia cristiana como “tradicional” -dijo Blázquez- da la impresión de que se la desacredita, contraponiéndola a una supuesta familia “moderna”». Así, aseguró que hablar de familia tradicional «no significa una familia superada por el correr del tiempo, anacrónica y trasnochada». De hecho, monseñor Blázquez comparó la familia con el «vino de solera», pues «las adaptaciones del paso del tiempo» aconsejan a los esposos «conservar la condición genuina del matrimonio y de la familia».

 

Rouco Varela: «La autoridad no puede manipular a su gusto a la familia» «¡No hay duda! la familia se presenta como el problema objetivamente más grave e inquietante ante el que se encuentran las sociedades europeas y, por supuesto, la española». Así comenzaba su homilía de la celebración de la Palabra en el Día de la Familia el cardenal arzobispo de Madrid. Rouco Varela alertaba, citando a Benedicto XVI, que «la negación o restricción de los derechos de la familia (...) amenaza los fundamentos mismos de la paz».

El eje vertebrador de su alocución fue la necesidad urgente de una respuesta cristiana a esta preocupación: «Nuestra respuesta no es otra que la de la verdad de la familia, inscrita en el ser y en el corazón del hombre» porque, advirtió, «es la única capaz de renovar profundamente la sociedad desde sus raíces». Es también en la familia donde se aprenden «las primeras y más básicas lecciones de humanidad».
Institución en crisis

Para el purpurado, «en la respuesta de la familia cristiana a la crisis (...) hay un núcleo o principio esencial» que viene determinado por Dios «a través de la naturaleza del ser humano y de la norma moral natural que de ella se desprende». Por ello, «ni las personas particulares, ni los grupos sociales, ni la sociedad en su conjunto, ni la autoridad del Estado, pueden manipular a su gusto sus orígenes, su naturaleza y sus propiedades esenciales». «La experiencia diaria -continuó Rouco Varela- nos enseña lo que sucede a las personas y a las sociedades cuando no construyen el matrimonio y la familia sobre el fundamento sólido de la institución divina: vidas rotas por la separación irreversible entre los cónyuges, sufrimientos, desorientación y desamparo en los niños y los jóvenes afectados por la ruptura familiar, la plaga del aborto, el envejecimiento imparable de la población». En cambio, cuando se elige la vía del seguimiento de la voluntad de Dios, surge «un servicio de amor por parte de los padres, la dedicación preferente a los miembros más débiles -a los pequeños, a los ancianos, a los que están enfermos-, la disponibilidad siempre pronta para ayudarse mutuamente de los miembros de la familia...». Por ello, concluyó, «no desfallezcamos en nuestro empeño de evangelizar».

El laicismo de la desesperanza 

Por su parte, el recién nombrado cardenal arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, recordó en su breve intervención al principio del acto que «los poderes públicos deben proteger y defender la Familia, nunca socavar sus fundamentos». Además, el purpurado destacó que «que la cultura del laicismo radical es un fraude y un engaño». ¿Los motivos? «No construye nada, sólo conduce a la desesperanza por el camino del aborto, del divorcio exprés y de las ideologías que pretenden manipular la educación de los jóvenes». Así, recordó, «no se llega a ningún destino digno del hombre y de sus derechos».

 

Los purpurados ausentes, presentes

El cardenal de Sevilla, Carlos Amigo, fue uno de los grandes ausentes de la jornada, y su mensaje fue leído ante los miles de asistentes a la celebración: «Los muchos problemas y dificultades que vive la familia, muy lejos de desalentarnos, nos obligan todavía más a seguir y a emprender nuevos compromisos cristianos en favor de la familia», comenzaba el discurso. «No queremos soslayar -justificaba- los problemas que afectan a la vida moral, religiosa y humana de tantas personas». Además, recordó, «ni se puede prescindir de la familia, ni privarla de los derechos que le corresponden, ni tampoco que sean otras instituciones quienes asuman las funciones y competencias que son exclusivas de la familia». Por su parte, el purpurado de Barcelona, Martínez Sistach, también ausente por motivos de salud, recordó en su alocución los 110.000 abortos registrados en el 2006, señal de que es necesaria una nueva política que legisle y posibilite ayudas a las familias.