Familia y Educación

Una visión femenina del documento vaticano sobre la colaboración hombre-mujer

Escrito por - Entrvista con Mary Shivanandan. Publicado en Mujer,Tabajo y Familia.

Para llevar a cabo una renovada colaboración entre hombres y mujeres --a la que llama una nueva carta de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe-- se necesita comprender el plan divino para uno y otro sexo, afirma la teóloga Mary Shivanandan.

La teología del cuerpo expresada por el Papa explica este plan de Dios para el hombre y la mujer y su comunión, según explica en esta entrevista concedida a Zenit la profesora del Instituto de estudios sobre el matrimonio y la familia, en la Universidad Católica de América (Washington DC, Estados Unidos.


Mary Shivanandan es autora de «Crossing the threshold of love: a new vision of marriage in the light of John Paul II’s Anthropology» --«Cruzando el umbral del amor: una nueva visión del matrimonio a la luz de la antropología de Juan Pablo II»-- (CUA Press).

--La «Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo» --de la Congregación para la Doctrina de la Fe-- comienza afirmando que «la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer». Brevemente, ¿cuáles son estas «corrientes de pensamiento»?

--  Fundamentalmente estas corrientes de pensamiento están ligadas a la aparición del feminismo radical, que considera la vulnerabilidad de las mujeres, en sus papel de traer hijos al mundo y educarlos, como una irrenunciable ocasión para el hombre de ejercer su opresión. Aquí no estoy hablando de la mujer con un embarazo difícil.

Para superar esta vulnerabilidad a ser «dominadas», las mujeres deben a toda costa estar en control de su propio cuerpo para situarse al nivel de los hombres en la familia y en toda esfera de la sociedad.

Tal actitud se revela sin embargo hostil tanto a los hombres como a las propias mujeres. Como afirma el documento, ello tiene como consecuencia la introducción de una deletérea confusión respecto a la persona humana.

Al no ser posible eliminar del todo las diferencias sexuales, estas feministas intentan separar las diferencias sexuales físicas y biológicas del género. El género se convierte entonces en un concepto puramente cultural.

En esta perspectiva --cito a la feminista pionera francesa Simone de Beauvoir-- la femineidad de por sí ya no existe como una entidad fija con determinadas características. Ya no existe algo como el «eterno femenino».

Otras feministas han ido incluso más allá al rechazar las diferencias sexuales. Sostienen que hasta reivindicar el derecho a ser diferente significa reivindicar el derecho a ser oprimido. Las mujeres no quieren «ser» hombres, sino destruir la idea misma de hombre y de mujer.

Sobre todo, aquellas persiguen la autonomía individual y el control de la propia vida.

Como evidencia el documento, este deseo de autonomía y de determinar la propia identidad sexual comporta profundos efectos sobre la familia y sobre la sociedad.

En los años setenta participé en la conferencia anual de una organización nacional secular sobre la familia. Ya en aquel tiempo la definición de la familia era sometida a una revisión que la subdividía en varios tipos, situados en el mismo plano: el núcleo familiar tradicional formado por padre, madre e hijos; la familia monoparental; la familia mixta; y la familia con ambos «padres» del mismo sexo.

A finales de los ochenta este movimiento comenzó a usar literatura en cursos sobre la vida familiar en escuelas públicas a fin de validar el estilo de vida homosexual e incluso bisexual.

Recuerdo la frustración nuestra --éramos cuatro representantes católicos-
- en el marco de una comisión que tenía que elegir el material educativo para los cursos sobre la vida familiar: estábamos casi siempre en minoría en nuestros intentos de sostener la definición tradicional de matrimonio como la unión exclusiva y permanente de un hombre y una mujer, y el contexto adecuado para la procreación y la crianza de los hijos.

Con el tiempo estas ideas --tan incisivas en la cultura secular occidental-- han penetrado hasta en las instituciones católicas. Como evidencia el documento, ha habido un esfuerzo concertado por parte de estudiosas feministas para reinterpretar las Sagradas Escrituras a fin de acomodarlas a la llamada liberación de la mujer. Aquellas han tratado de contrarrestar lo que consideran como textos patriarcales y opresivos, declarando que todo lo que no está en línea con su concepción de dignidad de la mujer no puede ser verdaderamente Palabra de Dios.

Por ejemplo, Phyllis Bird y Phyllis Trible, al reinterpretar los relatos del Génesis sobre la creación, utilizan sus considerables habilidades exegéticas para unir la bendición de la fertilidad puramente a nuestra naturaleza animal, y el papel humano del dominio a nuestra humanidad. De ello resulta un gran empobrecimiento de la comprensión de la naturaleza del hombre y de la mujer y de su comunión.

--¿Qué entiende la Iglesia por «finalidad genuina de la promoción de la mujer»?

-- El documento indica la respuesta de la Iglesia en la «colaboración activa» entre hombre y mujer. Este aporta una maravillosa síntesis de la teología del cuerpo desarrollada por Juan Pablo II durante las audiencias del miércoles desde 1979 a 1984 sobre el tema del plan de Dios para el hombre y la mujer y su comunión.

Sin comprender estos fundamentos no puede haber verdadera liberación ni del hombre ni de la mujer.

Según Simone de Beauvoir, la mujer había sido siembre definida como «otra» respecto al hombre, visto como «sujeto», «absoluto». En este sentido, la mujer entendida como «otra» es siempre «menos» en cuanto objeto del sujeto.

En la aproximación de Juan Pablo II al Génesis, la mujer es verdaderamente «otra» respecto al hombre, pero en modo alguno menos sujeto en relación con el hombre. Cada uno de ellos es sujeto, entendido como persona plenamente autoconsciente y autodeterminante, hecha a imagen de Dios.

La mujer es sencillamente una manifestación corpórea diferente de tal imagen.

Además, ninguno de ellos puede por sí solo reflejar plenamente la imagen de Dios. Juntos los dos en su comunión constituyen la imagen plena de la Trinidad.

Como afirmó Juan Pablo II en la audiencia del 14 de noviembre de 1979: «El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad como en el momento de la comunión. Él, de hecho, es “desde el principio” no sólo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige el mundo, sino también, y esencialmente, imagen de una divina comunión de Personas».

El «Absoluto» no es el hombre, sino que es Dios, y tanto el hombre como la mujer están en una asociación única con Él. A diferencia de algunas interpretaciones tradicionales de la Escritura, la mujer no se relaciona con Dios a través del marido. En todo aspecto ella es persona de manera igual.

El ser «otro» --tanto para el hombre como para la mujer-- no lo es en razón de la separación, sino de la comunión. El hombre nunca puede estar solo. Su existencia presupone siempre la existencia de la mujer.
Han sido creados el uno para el otro.

Lo expresa bien la canción del musical «South Pacific». El coro de marineros que se encuentran en una isla idílica del Pacífico en tiempos de guerra lamentan tener todo, excepto la compañía femenina: «There is nothing like a dame!».

Tal compañía femenina no sirve sólo para la satisfacción sexual; esto significaría tratar a la mujer como un objeto. Su comunión debe entrar siempre en lo que el Papa llama hermenéutica del don.

A través de la gracia de la inocencia original, Adán fue capaz de recibir a Eva en la plena verdad de su femineidad, y ella a él en su masculinidad. Podían verse según la perspectiva de Dios.

El cuerpo en su masculinidad y femineidad tiene un significado nupcial:
la capacidad de expresar amor. Esta perfecta comunión, expresada plenamente en la unión de la carne, constituye la felicidad original.
Dios ha bendecido esta comunión con el don de los hijos.

La norma para las relaciones entre hombre y mujer sigue siendo la armonía de la inocencia original. Si bien la pérdida de la gracia rompió la relación del hombre y la mujer con Dios, Juan Pablo II subraya que el significado nupcial del cuerpo fue distorsionado, pero no destruido.

Ahora la redención del cuerpo y de la sexualidad es una realidad a través de la redención en Cristo. No podemos regresar a la inocencia original –superar la concupiscencia que tan fácilmente se insinúa en una sana relación entre hombre y mujer es posible gracias al esfuerzo y a la gracia--, pero el matrimonio como sacramento puede representar la unión de Cristo que se dona de modo total con la Iglesia, y la virginidad consagrada representa una nueva vía privilegiada en el Reino.

Es en este contexto que la Iglesia presenta la «finalidad genuina de la promoción de la mujer».

--¿Cuáles son los puntos esenciales de la «colaboración activa»? ¿Y cómo puede ésta expresarse en el ámbito familiar, laboral y social?

-- Si estas falsas concepciones han surgido en el campo de la sexualidad femenina, entonces es allí donde hay que encontrar también la solución. La Encíclica «Humanae vitae» del Papa Pablo VI –verdaderamente un signo de contradicción-- representa la piedra angular de un nuevo feminismo.

Si el cuerpo es expresión de la persona, entonces la forma en que éste ha sido proyectado para expresar el amor entre el hombre y la mujer ciertamente nos debe decir algo sobre su colaboración también en las otras esferas de la vida. «Humanae vitae» no trata simplemente de los males de la contracepción. Esta presenta el modelo para una verdadera felicidad conyugal y para relaciones auténticas entre hombres y mujeres.

Desde los años setenta he estado involucrada en el movimiento para la planificación familiar natural y he tenido la suerte de haber conocido parejas que ponen en práctica la enseñanza de la Iglesia. También he tenido la oportunidad de participar en investigaciones sobre por qué este modo de vivir ayuda a los matrimonios y genera una nueva apreciación tanto de los valores masculinos como femeninos.

Para la mujer es profundamente satisfactorio ser aceptada por su marido tal como ella es. El sacrificio del deseo sexual que él realiza en la gestión conjunta de la fecundidad de ambos aumenta fuertemente el amor de la mujer por el hombre. El hecho mismo de manejar juntos su fertilidad refuerza la íntima comunicación. Uno de los aspectos sobresalientes de su matrimonio es el de concebir consciente y conjuntamente un niño y compartir su crianza.

El esfuerzo de la abstinencia trae la recompensa del autodominio orientado al don de sí, como diría Juan Pablo II. Cuando el hombre y la mujer confían en el modo en que Dios les ha hecho, aprenden a confiar más en Él y a abandonarse a su voluntad en todas las áreas de sus vidas.

Me parece que aquí hay un modelo para una «colaboración activa» en el ámbito laboral y en la sociedad, además de la familia.


--¿Cuál es la importancia de los valores femeninos para la vida de la sociedad?

--  Desde mi punto de vista sería mejor preguntar: «¿Cuál es la importancia de los valores masculinos y femeninos en la vida de la sociedad?», dado que también el hombre es citado en el título de la reciente «Carta» de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Si el hombre y la mujer están mutuamente orientados por su naturaleza, los valores femeninos en la sociedad sólo podrán florecer en una sociedad que también valore auténticamente los valores masculinos.

En su reflexión sobre la carta de san Pablo a los Efesios (5, 21-33), Juan Pablo II, al igual que otros comentadores, subraya el papel del marido como iniciador. La sumisión a la que está llamada la mujer es una respuesta a su amor. Cuando la mujer toma la iniciativa de manera agresiva, el hombre asume un papel pasivo y se echa para atrás.

Esto se ha convertido en un problema en nuestra sociedad desde todos los puntos de vista. Sin una adecuada guía masculina, en ocasiones definida como «guía al servicio de los demás», los valores femeninos no pueden prosperar.

Cristo es ciertamente el auténtico modelo de esta «guía al servicio de los demás». Y el reciente documento ofrece una indicación en este sentido al referirse al camino de Cristo que «no es el del dominio ni el del poder, como es comprendido por el mundo».

Efesios 5, 21-33 es un texto clave para redescubrir el papel del esposo. En su «Carta a las familias», Juan Pablo II define este pasaje como «como el resumen, la "suma", en cierto sentido, de la enseñanza sobre Dios y sobre el hombre, llevada a cabo por Cristo».

C.L. Rossetti ha resumido de este modo sus puntos principales: la existencia de un dado orden en el que Cristo o el marido es el iniciador y la Iglesia o a la mujer la que recibe; la total reciprocidad y la mutua sumisión; el carácter «kenótico» (de Kénosis, «desnudamiento», «abajamiento», ndr.), el desprendimiento voluntario del papel de guía masculino; la igualdad y la unidad de los dos en la que no influye la distinción de papeles; y la mujer o esposa como representante de toda la humanidad en la relación con Dios.

Son principios que, según el documento vaticano, deben llevar a la colaboración entre el hombre y la mujer en la familia, y en la sociedad. El documento subraya intensamente la necesidad de una «colaboración activa», que significa transmitir a la sociedad los dones propios del hombre y de la mujer.

--¿Qué implica la «colaboración activa»?

--  En su obra filosófica «Persona y acción», Karol Wojtyla, el futuro Juan Pablo II, define lo que implica una cooperación mutua.

Participación es la palabra que utiliza para describir la modalidad de esta colaboración. La auténtica participación tiene lugar cuando el sujeto, al actuar junto a los demás por el bien común, encuentra su propia realización. Los hombres y las mujeres tendrán éxito en la colaboración y, al colaborar juntos por el bien de la familia y de la sociedad, se realizarán plenamente.

El documento ha trazado los caminos por los que las mujeres, casadas o célibes, pueden encontrar su realización, participando en el trabajo de la sociedad.

El papel maternal de la mujer, unido a su actitud de relación, debe ser valorado, permitiéndole permanecer en casa para atender a los niños. La presencia en casa de la mujer confiere una atmósfera que favorece la cultura, que representa de por sí una importante contribución a la sociedad.

En cuanto lugar en el que el trabajo se desarrolla libremente por amor, la casa representa la antítesis de nuestra cultura comercial, en la que todo tiene un precio. La casa es un lugar en el que la originalidad de cada una persona es valorada y en la que se cultivan los valores espirituales, pues es una «iglesia doméstica».

Alternativamente, el documento alienta a establecer «horarios adecuados» para que la mujer que desea o que necesita trabajar, contribuyendo así con sus talentos específicos a la sociedad, pueda hacerlo sin excesivo estrés para sí misma y para su familia.

Se han dado grandes progresos a la hora de dar la posibilidad de tener horarios flexibles. El desarrollo de Internet y de las telecomunicaciones permite a un número cada vez mayor de mujeres, y de hombres, trabajar desde casa, gestionando autónomamente sus propios horarios.

Cambiar de trabajo se ha hecho algo cada vez más común y las oportunidades para volver a casa han aumentado. El lugar de trabajo se beneficia de la atención de la mujer a los aspectos personales y concretos. Las mujeres son capaces de atenuar la excesiva importancia que se da a los negocios, para poder llevar en todo ambiente de trabajo una mayor atención a las personas.

--¿Cómo enriquece la Iglesia los valores femeninos?

--  El documento menciona en particular la fe de María y su obediencia a Dios como modelo para todo creyente. Su «fiat mihi» no es ni mucho menos pasivo.

En la encíclica «Redemptoris Mater», Juan Pablo II dice que, en la respuesta al ángel, María aparece como «auténtico sujeto», como persona. Se encuentra con una impresionante decisión y la toma libremente. Su valor es completamente independiente de la confianza en Dios. Los hombres pueden aprender de la mujer esta fe humilde y valiente.

Las mujeres filósofas y teólogas están dando contribuciones preciosas a nuestra comprensión del hombre y la mujer. Los dos excelentes libros de Prudence Allen, «Concept of Women», demuestran la contribución que las mujeres son capaces de dar a la filosofía, especialmente en el campo de la analogía o del simbolismo. La autora define a Hildegard de Bingen como la «fundadora» de la idea de la complementariedad de los sexos.

Monica Migliorino Miller ha escrito trabajos profundos sobre la sexualidad y la autoridad en la Iglesia católica («Sexuality and Authority in the Catholic Church»), aclarando el significado de autoridad como «fuente» y no como poder arbitrario.

Cristo quiso redimirnos a través de su relación esponsal con la Iglesia. En esta relación, el elemento femenino representa a la esposa. Admitir la ordenación sacerdotal de mujeres sería falsear esta analogía. Miller percibe el papel de la mujer en la Iglesia como un llamamiento a la responsabilidad de los hombres. Cita el movimiento favorable a la vida como un ejemplo particular, en el que las mujeres han estado siempre en la vanguardia.

Estos son dos ejemplos de mujeres filósofas y teólogas entre las muchas que están dando contribuciones significativas. El último libro de sor Timothy Prokes, «At the Interface: Theology and Virtual Reality», ofrece análisis agudo de un tema importante.

En su libro «Women in Christ: Towards a New Feminism», Michele Schumacher cita la doctrina de algunas mujeres para confutar los errores de fondo del feminismo radical e indicar el camino que hay que seguir.

Janet Smith ha dedicado toda su vida profesional a difundir y comprender la enseñanza de la Igelsia sobre la paternidad responsable.

--¿Qué se puede hacer para ayudar a las mujeres y a los hombres a comprender el llamamiento de la Iglesia a la «promoción de la mujer»?

--  Uno de los medios más eficaces de alcanzar una genuina promoción de la mujer es difundir lo más posible el planteamiento adoptado por este documento y por la teología del cuerpo formulada por Juan Pablo II.