Sociedad

Juan Pablo II, Ratzinger y el Islam

Escrito por George Weigel. Traducción de Juanjo Romero. Publicado en Islam - Islamismo.

Durante la reciente controversia sobre las observaciones del papa Benedicto XVI acerca de la fe y la razón en la Universidad de Ratisbona, se ha intentado abrir una brecha entre Benedicto y su antecesor. Artículo de George  Weigel en Etics and Public Policy Center www.eppc.org (Traducción de Juanjo Romero, en www.conoxe.com )

 

La cadena de televisión por cable, Al-Yazira, por ejemplo, transmitió una serie de tiras cómicas en las que primero representaban a Juan Pablo II liberando las palomas de la paz, y luego a Benedicto, en medio de la columnata de Bernini que rodean a San Pedro, abatiéndolas con disparos. Las últimas imágenes de la serie muestran a Juan Pablo II, con la cabeza entre las manos llorando, mientras Benedicto sonríe burlonamente con la escopeta en las manos. Todo ello es tonto y vulgar, por supuesto. Pero no lo es la visión distante que manifiestan algunos católicos, lamentando lo que para ellos es una drástica diferencia entre Wojtyla y Ratzinger respecto al Islam.

 

El bestseller internacional de 1994, Cruzando el Umbral de la Esperanza fue el alegato más personal de Juan Pablo II, un resumen de sus convicciones acerca de la fe, la oración, la misión papal, otras religiones del mundo y el futuro de la humanidad. Como tal, nos llama poderosamente la atención como una expresión del punto de vista de Karol Wojtyla, en la que se conjuga una aguda inteligencia con una gran experiencia del mundo. Una de las secciones del libro está dedicada al Islam; en ella Juan Pablo II expresa respeto con la "religiosidad de los musulmanes" y admiración por su "fidelidad a la oración".

 

Como más tarde nos decía, "la imagen de los seguidores de Alá que, sin tener tiempo o lugar, caen de rodillas y se sumergen en oración, queda como modelo para todos los que invocan al verdadero Dios, en particular para aquellos cristianos que, abandonando sus magníficas catedrales, rezan sólo un poco o nada en absoluto".

 

¿Pero esas expresiones de respeto sugieren, como ha hecho Sylvia Poggioli (locutora de la Cadena Pública Nacional de USA), que, a diferencia de Benedicto XVI, Juan Pablo puso al Islam en "el mismo plano" que el catolicismo? No lo creo. Aquí, de nuevo, la auténtica voz de Juan Pablo II, en Cruzando el Umbral de Esperanza:

 

"Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de Su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el islamismo ha sido de hecho abandonada. Al Dios del Corán se le dan unos nombres que están entre los más bellos que conoce el lenguaje humano, pero en definitiva es un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es sólo Majestad, nunca el Emmanuel, Dios-con-nosotros. El islamismo no es una religión de redención. No hay sitio en él para la Cruz y la Resurrección. Jesús es mencionado, pero sólo como profeta preparador del último profeta, Mahoma. También María es recordada, Su Madre virginal; pero está completamente ausente el drama de la Redención. Por eso, no solamente la teología, sino también la antropología del Islam, están muy lejos de la cristiana."

 

En otras palabras, no hay un milímetro de diferencia en la evaluación sustantiva del Islam entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. Juan Pablo II fue un maestro de los gestos públicos, pero no hay que leer esos gestos de respeto por los piadosos musulmanes como un estar de acuerdo con el entendimiento que tiene el Islam de Dios, el hombre y las obligaciones morales, quien lo haga comete un grave error. Juan Pablo II, estaría totalmente de acuerdo con la crítica de Benedicto XVI, en el discurso de Ratisbona, de una teología que reduce a Dios a pura voluntad, a un remoto dictador que puede mandarnos lo irracional (como el asesinato de inocentes) si él lo elige. Y, como Benedicto XVI, Juan Pablo II sabía que tales errores de concepto tienen letales consecuencias públicas, por que en todas las grandes cuestiones de la condición humana, incluyendo las políticas, son en último término teológicas.

 

Benedicto XVI soporta la carga del papado en un momento histórico, en el que la irracionalidad religiosamente justificada es una amenaza mortal para el futuro de la civilización. Él y su antecesor tienen el mismo punto de vista sobre las fuentes de esa irracionalidad.