Sociedad

Nació el Niño y se marcó la Historia

Escrito por Alberto de la Hera. Publicado en Religión.

Todavía andamos buscando la paz; todavía no hemos comprendido aquella manifestación. Cada Navidad, Jesús vuelve a nacer, a ver si reflexionamos en dónde está la Paz.

Ramsés II reinó en Egipto en el siglo XIII antes de Cristo; Napoleón fue emperador de Francia en el siglo XIX después de Cristo. Así medimos los años, así es la cronología prácticamente universal: antes y después de Cristo. Hay un año cero, y la historia se cuenta a partir de esa fecha, hacia atrás o hacia delante.

Cierto que existen otras cronologías, como la que es propia del islam, o la del Japón… Pero digamos que son de uso interno; hacia el exterior, para todo el mundo estamos en el año 2011, y eso significa que hace 2011 años del nacimiento de Jesús.

No es lo importante saber si esa fecha es exacta; probablemente no lo es. Cuando en el siglo VI llevó a cabo el monje Dionisio el Exiguo los cálculos necesarios para datar la Era Cristiana, es muy posible que sufriera un error que hoy sabemos que, en todo caso, no llega a sobrepasar los seis años. Para los métodos de análisis cronológico de aquel momento, el grado de acierto es asombroso. Y sus cálculos se aceptaron y, con un mínimo margen de error, hace ahora 2011 años que Jesús vino a la tierra.

Y hacia delante y hacia atrás contamos el paso del tiempo, lo cual convierte al nacimiento de Cristo en el momento de mayor transcendencia de toda la historia humana. Una fecha que el mundo entero celebra. Lo hace de mil formas: belenes, árboles navideños, mercadillos llenos de tradición, luces y luminarias, espectáculos, músicas… Cada país tiene sus costumbres, pero todos, hasta los más alejados del cristianismo, están de fiesta en torno a cada 25 de diciembre. Muchos no saben qué están celebrando; otros sí. Para muchos es una celebración cargada de sentido religioso, para otros no. Pero la alegría transmitida por los siglos en torno a la gran fecha cristiana ha llegado a impregnar la cultura prácticamente del mundo entero.

¿Qué sabemos de aquel suceso insuperable? Mateo y Lucas nos lo cuentan con detalle, mientras que Marcos y Juan parten en sus Evangelios de la predicación de Juan Bautista. Y por cuanto narran aquellos dos evangelistas, conocemos el anuncio a María y las admirables palabras con que esta aceptó los planes de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”, una brevísima frase que compendió para siempre la que ha de ser la relación de la criatura con el Creador: por encima de su condición de todopoderoso, de omnisciente, de eterno, Dios se hace Padre y nos hace hijos, nacidos de mujer como su propio Hijo. Y si es cierto que el hombre estuvo con anterioridad llamado a reverenciar, adorar, temer u obedecer a Dios, María nos conduce a amarle. Y el amor vale más que la reverencia, que la adoración y que el temor; el día en que aprendieron a amar a Dios, alcanzaron los hombres el punto más alto de su destino en la Tierra y en el Cielo.

Mateo y Lucas nos hablan luego del viaje de María y José a Belén, llamados por el edicto de empadronamiento del césar. Octavio Augusto no imaginaba que, al dictar aquel edicto, estaba siendo instrumento de la Divinidad. Era, en efecto, necesario que Jesús naciese en la ciudad de David; así lo habían pronosticado los profetas, y bien lo supo Herodes cuando los Magos le preguntaron dónde podrían encontrar al Mesías: en Belén, respondió; en la tierra de Judá, en la casa y familia de David. Y el viaje de Nazareth a Belén lo narran así los Evangelios, para hablarnos luego del ángel que avisa a medianoche a los pastores que andaban en la guarda de sus rebaños.

No llamó a quienes dormían, sino a quienes trabajaban, como 30 años después se le cargó la Cruz, para aliviar el cansancio de Cristo, no a los ociosos que salían a las puertas a ver pasar al condenado, sino a Simón de Cirene, que regresaba de trabajar en el campo. Y mucho hemos tardado los hombres en darnos cuenta del valor santificador del trabajo, cuando el ejemplo lo teníamos tan a mano, en el relato mismo del nacimiento y de la muerte de Jesús. Del que no aparecía entre sus convecinos como el sabio, ni el señorito, ni el ocioso, sino como el hijo del carpintero.

Los ángeles cantaron la paz para la tierra en torno al Pesebre. Los pastores supieron que el Señor se les había manifestado. Todavía andamos nosotros buscando la Paz; todavía no hemos comprendido aquella manifestación. Cada Navidad, Jesús vuelve a nacer, a ver si reflexionamos en dónde está la Paz, a ver si entendemos quien ha venido a llamarnos.

Alberto de la Hera es vicepresidente de la International Religious Liberty Asociation.
(Publicado en La Gaceta)

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