Sociedad

Cristo, no nosotros, en el centro de la vida

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Encuentro con los sacerdotes y diáconos permanentes en la catedral de Santa María y San Corbiniano. Freising

Venerables hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos diáconos permanentes:

 

Éste es el último encuentro en el programa antes de partir de mi querida Babiera, y estoy muy contento de que sea con vosotros, queridos sacerdotes y diáconos, las piedras vivas y elegidas de la Iglesia. Dirijo un saludo fraterno al cardenal Friedrich Wetter por las palabras cordiales con las que ha expresado los sentimientos de todos los que os habéis reunido aquí. ¡Gracias de corazón!


Al dejar vagar mi mirada por esta espléndida catedral de Frisinga, me vienen a la memoria muchos recuerdos de los años en que mi camino hacia el sacerdocio, y luego el ejercicio del ministerio, estaban vinculados a este lugar. Y al pensar en las generaciones de fieles que, desde la llegada de los primeros misioneros, han dado a esta tierra a lo largo de su historia su impronta cristiana, en cuanto nos trasmitieron el tesoro de nuestra fe, entonces doy gracias a Dios desde lo más profundo del corazón.


El Señor de la mies no ha dejado que en el curso de los siglos faltaran en esta tierra trabajadores, servidores de la Palabra y del altar, a través de los cuales Él mismo quiso fortalecer a nuestros antepasados en el camino de este mundo y conducirlos hacia la patria eterna. Hoy somos nosotros, queridos hermanos, los que tenemos que llevar a cabo este servicio, y me alegro de estar ahora con vosotros como obispo de Roma, para animaros con amor a que no cejéis nunca en el ministerio que se os ha confiado, sino que lo llevéis adelante con confianza.
Hemos escuchado la lectura bíblica del capítulo 9 del evangelio de Mateo (vv. 35-38). En ella se pueden percibir los indicios de una actitud fundamental de Jesús, que nos afecta más de cerca. Es una actitud que propiamente caracteriza a su entera vida pública. Se expresa en una imagen de la agricultura. Con una mirada, que brota del corazón, Jesús reconoce entre los hombres de su entorno la mies de su Padre Dios, que está madura para ser recogida, y es una cosecha abundante. «La mies es mucha», dice Él (v. 37; cf. Lc 10, 2).

 

El campo del Sembrador

 

La misma mirada encontramos en el capítulo 4 del evangelio de Juan, donde Jesús, después del diálogo con la samaritana, se dirige a sus discípulos y les dice: «Alzad vuestros ojos y ved los campos que blanquean ya para la siega» (v. 35). Cristo ve el mundo como el campo de Dios (cf. Mt 13, 38-43), en el que crece una abundante cosecha, cuya recogida requiere trabajadores.


Una perspectiva similar se deja entrever en el evangelio de Marcos (4, 26-29). La actitud fundamental de Jesús, que se refleja en todos estos pasajes, es un profundo optimismo, que descansa en la confianza en el poder del Padre, del Señor de la mies (Mt 9, 38). Esta confianza de Jesús es para nosotros un motivo de esperanza, si tenemos la capacidad de reflexionar a través del velo de lo visible en la acción misteriosa pero irresistible del Padre. La semilla de la Palabra de Dios da siempre frutos. Por eso el campo de Dios crece, aunque no se revele al ojo meramente humano.


La vida del sacerdote, la naturaleza de su vocación y de su ministerio, se sitúa plenamente en esta perspectiva que Jesús nos ha mostrado. Es la intención que le impulsaba a recorrer las ciudades y pueblos, para enseñar en la sinagogas, anunciar el Evangelio del reino de Dios y curar a los enfermos (cf. Mt 9, 35). Como el sembrador de la parábola, esparcía, con generosidad aparentemente exagerada, la semilla, una parte de la cual caía en el camino, en suelo pedregoso o entre zarzas (cf. Mt 13, 3.8). En realidad, era una generosidad que se sustentaba en la confianza en el poder del Padre, que es capaz de transformar en terreno fértil la tierra pedregosa o llena de zarzas. También el sacerdote tiene que dejarse impregnar de esta confianza en la fuerza de la gracia. Él mismo fue antes tierra que tuvo que ser convertida en cultivable por el sembrador divino, para habilitarse a acoger la simiente y permitir desarrollarse, hasta que él mismo pudo dar la respuesta plena y madura: la respuesta de un Sí pronunciado en la ordenación sacerdotal, y luego renovado día tras día en comunión con Cristo en la celebración del Sacrificio eucarístico.


La progresiva asimilación a los sentimientos de su Maestro conducirá al sacerdote a compartir su visión llena de confianza. En la medida en la que profundiza cada vez más en su manera de pensar, aprenderá a considerar a los hombres de su entorno como cosecha de Dios que está madura para ser llevada a los graneros del cielo (cf. 13, 30). La gracia actuará a través de él, hasta el punto de que él mismo puede suscitar en otros hombres respuestas sinceras y generosas a la llamada de Dios.

 

La lógica del grano de trigo

 

Pero es necesario tener presente lo que dice nuestro texto bíblico: el Amo de la mies es el que envía los trabajadores a su mies (Mt 9, 38). Jesús no ha encargado a sus discípulos que vayan a llamar a otros voluntarios o a organizar campañas de promoción, para ganar nuevos seguidores, sino que les ha pedido que ruegen a Dios. ¿Significa esto, por ejemplo, que la pastoral vocacional tiene que limitarse a la oración? Naturalmente que no. Rogar al dueño de la mies significa algo más profundo. Sólo el que permanece en unión íntima con el Señor de la mies, sólo el que lleva una vida que está en cierto modo enraizada en su Corazón, lleno de amor y de compasión por la Humanidad, sólo ése puede implicar a otros trabajadores en el compromiso por el reino de Dios. De este modo, uno no se mueve dentro de una lógica de los números y de la eficacia, sino en la categoría del don gratuito. Se mueve en la lógica del grano de trigo, que da fruto justamente cuando cae en tierra y muere.


Los trabajadores para la viña de Dios son los que saben seguir las huellas de Cristo. Esto supone que uno sale de sí y se pone en sintonía plena con Su voluntad. Es un compromiso no fácil, porque va contra la fuerza de gravedad de nuestra naturaleza, que nos lleva a nuestro propio ego. Sólo la vencemos si recorremos un camino pascual de muerte y resurrección. Cristo no sólo nos ha precedido en ese camino, sino que nos acompaña en él, e incluso sale a nuestro encuentro, como lo hizo una vez con Simón Pedro, cuando éste, queriendo ir hacia él sobre las aguas, comenzó a hundirse (cf. Mt 14, 28-31). Mientras Pedro tenía clavada su mirada en Jesús, pudo caminar sobre las aguas agitadas del lago de Galilea, porque permanecía, por así decir, en el campo de gravedad de su gracia. Cuando apartó su mirada de Él, advirtió lo fuerte que era el viento y comenzó a hundirse. Entonces Jesús le hizo experimentar la fuerza de su mano salvadora y le anticipó, por así decir, lo que había de ser la última y definitiva acción salvífica del Apóstol: la resurrección, o levantamiento, después de la caída de la negación. Por este camino pascual el discípulo llega a ser un testigo real del Señor.

 

La tarea del testigo

 

Y ¿cuál es la tarea del testigo? ¿En qué consiste su servicio? San Agustín ha intentado explicar la naturaleza de la tarea sacerdotal con dos conceptos que se han hecho clásicos. Lo define en primer lugar como servus Christi (cf. Sermo Guelf. 9, 4; Ep. 130; 228, 2; etc.) Ahora bien, al concepto servus (servidor) le es inherente la representación de una relación: el siervo es tal en relación a un señor. Definir al sacerdote como servus Christi, como servidor de Cristo, significa subrayar que su existencia está esencialmente determinada por la relación: en todo su ser está ordenado a Cristo. Esto no disminuye en modo alguno su ordenación a la comunidad, sino que incluso constituye su fundamento: precisamente porque es siervo, servidor de Cristo, es también «en Su nombre servidor de sus siervos» (encabezamiento Ep. 217 a Vital; cf. De pecc. mer. et rem. III; Ep. 130; Sermo Guelf. 32, 3). En virtud del carácter sacramental, que ha recibido en la consagración, pertenece totalmente a Cristo, y en la entrega sin reservas a Él se incluye su cuerpo, la Iglesia. Esta concepción ontológica del sacerdocio, que llega hasta el ser, crea en el afectado las condiciones para una radicalidad en el servicio, que no sería pensable en el ámbito profano.


La otra definición, a la que Agustín recurre muchas veces para explicar la naturaleza del sacerdote, es la de vox Christi. Desarrolla estas reflexiones en sus meditaciones sobre la figura de Juan el Bautista (cf. Serm. 288; 293, 3; Serm. Dolbeau 3). El precursor de Jesús se presenta a sí mismo como simple voz que ha sido enviado para anunciar a Cristo, la Palabra. También el sacerdote –advierte Agustín– tiene la misión de ser vox Verbi (cf. Serm. 46, 30-32), praedicator Verbi (cf. Serm. 71, 13/22), Verbi prolator (cf. En. in Ps. 134, 1; Serm. 23, 1). Es una temática recurrente en Agustín, en la que se pone de manifiesto, una vez más, la dimensión relacional de la existencia del sacerdote. Como voz está referido a la Palabra, que es Cristo. En ello se revelan la grandeza y la humildad del ministerio sacerdotal. Como Juan el Bautista, también los sacerdotes y diáconos son sólo los precursores, los servidores de la Palabra. No son ellos los que están en el centro, sino Cristo, del que ellos tienen que ser voz con su vida entera.

 

Activismo letal

 

Justamente desde esta reflexión brota la respuesta a una pregunta que todo sacerdote con responsabilidad pastoral se debe plantear, especialmente en la situación presente de creciente falta de clero: ¿cómo puede conservar la unidad interior en el activismo, a veces agotador, del ministerio? El planteamiento para la solución de este problema está en la unión íntima con Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Es importante que la relación ontológica con Cristo, comunicada en la consagración, se mantenga viva en la conciencia y, por tanto, en el obrar: todo lo que hago, lo hago en unión con Él. Justamente al hacerlo, estoy a su lado. Lo múltiple y, visto desde fuera, lo contrapuesto de mis actividades se halla unido en el plano de la motivación fundamental: todo es un ser con Cristo, un obrar instrumental en comunión con Él.


De ello brota una nueva visión de la ascesis sacerdotal. Ésta no tiene que ser situada al lado de la actividad pastoral, como una carga añadida y un peso mayor que sobrecargan aún más el día. En la actividad misma aprendo a superarme, a renunciar y entregar la vida: en los desengaños y fracasos aprendo a renunciar, a aceptar el dolor, a negarme a míi mismo. En la alegría del buen resultado aprendo la gratitud. En la administración de los Sacramentos los recibo yo mismo internamente... Esta ascesis del servicio, el servicio mismo como ascesis propiamente dicha de mi vida, es sin duda alguna un motivo muy importante, que exige constantemente una ordenación del obrar a partir del ser.


Incluso cuando el sacerdote intenta vivir el ministerio como ascesis y la actividad sacramental como encuentro personal con Cristo, tendrá necesidad de momentos de respiro, para que esta dirección interior pueda ser verdaderamente real. Jesús mismo invitó a sus discípulos, cuando volvieron de su primer envío misionero: «Venid conmigo a un lugar tranquilo, donde podamos estar solos, y descansad un poco» (Mc 6, 31).


Una entrega generosa a los otros no es posible sin la disciplina y la constante recuperación de una verdadera interioridad de fe. La eficacia de la acción pastoral depende en última instancia de la oración. En caso contrario, el ministerio se convierte en un activismo vacío. Por eso se puede considerar, con toda razón, el tiempo de trato inmediato con Dios en la oración como la prioridad pastoral sin más. La oración es la respiración del alma, sin la que el sacerdote queda necesariamente sin aliento, sin el oxígeno del optimismo y de la alegría que necesita para ser enviado, día tras día, como trabajador a la viña del Señor. Amén.