Sociedad

La ampliación de la razón

Escrito por Ignacio Sánchez Cámara. Publicado en La Gaceta de los Negocios. Publicado en Religión.

El uso correcto de la razón no sólo no niega la validez de las verdades de fe sino que conduce hacia ellas

Para protestar contra una presunta vinculación entre el Islam y la transmisión de la fe mediante la violencia, se recurre a una especie de perfecta e involuntaria corroboración de la tesis impugnada: asesinatos, amenazas de muerte, incendios de iglesias, “día de la ira”…


La lección impartida por Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona constituye una magistral indagación sobre las relaciones entre la fe y la razón. El Papa comienza su disertación con una breve referencia a la Universidad como comunidad que trabaja bajo la común responsabilidad por el recto uso de la razón. De ella forman parte las facultades de teología que se interrogan sobre la racionalidad de la fe y profundizan en ella. El cristianismo es, desde su mismo origen, religión del logos, de la razón. Así comienza el prólogo del Evangelio de san Juan: “En el principio era el logos (la palabra o razón) y el logos era Dios”. En este sentido, Dios es la respuesta al problema radical que se habían planteado los filósofos griegos: la cuestión del principio y del sentido. Dios es la razón, el origen y el sentido. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no fue una simple casualidad.

No obstante, no cabe negar la existencia de una actitud negativa hacia la filosofía y, por tanto, hacia la razón, entre algunos de los primeros escritores cristianos, actitud que culmina en el voluntarismo teológico medieval, que hace de Dios pura voluntad inescrutable para la razón humana. Pero este voluntarismo puro e impenetrable no hace más divino a Dios, sino que, por el contrario, lo aleja del hombre. El Dios verdaderamente divino se nos ha mostrado como logos, y como tal actúa lleno de amor por nosotros. Este amor racional y divino constituye el fundamento de Europa.

El Papa Benedicto XVI analiza, a continuación, el proceso de deshelenización del cristianismo, en el que distingue tres etapas. La primera se da en el contexto de la reforma del siglo XVI; la segunda, en la teología racional de los siglos XIX y XX; y la tercera se está produciendo en nuestro tiempo, a la luz de la experiencia del pluralismo cultural. “Sin embargo, las decisiones fundamentales sobre las relaciones entre la fe y el uso de la razón humana son parte de la fe misma, son desarrollos consecuentes con la naturaleza misma de la fe”.

La conclusión del Pontífice no consiste en repudiar la ilustración ni rechazar las convicciones de la era moderna, sino en regocijarnos en las nuevas posibilidades abiertas por ella a la humanidad y ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. No se trata de una propuesta premoderna, sino post o transmoderna. En este sentido, aunque por otras razones, el texto del Papa coincide con la crítica de la racionalidad tecnológica realizada por la Escuela de Frankfurt y, desde luego, con la parte mejor de la filosofía contemporánea. El error estriba en encerrar a la razón dentro de los límites de lo empíricamente verificable y de la ciencia.

El uso correcto de la razón no sólo no niega la validez de las verdades de fe sino que conduce hacia ellas, aunque no pueda por sí sola fundamentarlas ni verificarlas. Kant afirmó que tuvo que limitar la razón para hacer sitio a la fe. Cabe hoy afirmar, corrigiéndolo, que hay que ampliar la razón para llegar a la fe, para permitir que ambas caminen juntas. Es esta racionalidad de la fe la que permite el diálogo entre las religiones y las culturas. Nada opuesto a la razón y al bien puede proceder de Dios. La advertencia se dirige no sólo contra las interpretaciones de las religiones no cristianas que niegan el logos, sino principalmente contra un Occidente que olvida ese logos divino y filosófico, y reduce y amputa el ámbito de la genuina razón.

La polémica suscitada por una cita ajena y descontextualizada referida al Islam, y que sólo reivindica el carácter opuesto a la razón de toda pretensión de imponer la fe mediante la violencia, sólo testimonia en contra de los fanáticos, de los iletrados que ni se molestan en leer el texto ni son capaces de entenderlo, y de la cobardía de un sector, desgraciadamente amplio, de las sociedades occidentales, que parece deplorar más la palabra serena y profunda del Papa que el asesinato de una monja en Somalia y que, despreciando lo que ignora, respeta y comprende los desmanes de los bárbaros, acaso porque ellos mismos viven desde hace tiempo instalados en la barbarie.

Parece evidente que, como ha afirmado el cardenal Rouco Varela, hemos asistido a una manipulación con objetivos políticos. Por lo demás, la reacción furibunda y criminal no deja de entrañar la sutil paradoja de que, para protestar contra una presunta vinculación entre el Islam y la transmisión de la fe mediante la violencia, se recurra a una especie de perfecta e involuntaria corroboración de la tesis impugnada: asesinatos, amenazas de muerte, incendios de iglesias, “día de la ira”… Cabe extraer, al menos, dos consecuencias positivas: no todo el Islam está representado por esa facción fanática; y la Unión Europea ha prestado todo su apoyo a la Santa Sede. Lo peor es que el ruido y la furia dificulten la serena lectura de un texto luminoso y profundo que reivindica a la razón como amiga y aliada de la fe.

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