Sociedad

La libertad de los cristianos en occidente

Publicado en Religión.

La situación de los cristianos repartidos por el mundo no parece de lo más apacible. En el orbe islámico va de la vigilancia a la abierta opresión. El nacionalismo hindú lleva también años envenenando la India con estallidos anticristianos. Uno querría consolarse pensando que al menos en Occidente el cristianismo estaría como en casa. Pero enseguida descubrimos que no tanto.
Ciertos sucesos que acaecen en España me mueven a estas reflexiones. Luego los comentaré. La situación de los cristianos repartidos por el mundo no parece de lo más apacible. En el orbe islámico va de la vigilancia a la abierta opresión, pasando por una gama de exclusiones y sangrientas malquerencias (este verano asistimos impotentes al abrasamiento de un puñado de cristianos pakistaníes de ambos sexos y edades diversas, bajo la acusación habitual de un Corán profanado y sin que los medios occidentales se hicieran eco).

 

El nacionalismo hindú lleva también años envenenando la India con estallidos anticristianos que esparcen destrucción y muerte. Por su parte, el poder comunista chino no deja de hostigar a los católicos que, optando a su pesar por una fe clandestina, se resisten a integrarse en la “Iglesia Patriótica”; y el acoso adopta variopintas formas en los demás reductos de “socialismo real”. En Nepal, en Congo, en Nigeria, en Sudán…

Uno querría consolarse pensando que al menos en Occidente —la civilización que se forjó en torno al mensaje evangélico— el cristianismo estaría como en casa. Pero enseguida descubrimos que no tanto. Constitucionalmente, sí, su libertad de culto parece aquí asegurada, mas a veces asoman indicios que hablan de fuerzas interesadas en que este estatus de libre desenvolvimiento cambie pronto a alguna situación de catacumba.

En países de ejecutoria garantista, como Gran Bretaña o los EE. UU., muchos cristianos pugnan contra la insomne intransigencia del laicismo radical, que utiliza con prepotencia los recursos de una legalidad democrática que considera de su exclusivo servicio. Hay estériles andanadas mediáticas cuando no represalias laborales por, verbigracia, portar al cuello un pequeño crucifijo u ofrecerse a una paciente para orar por su curación.

En España, el Gobierno prepara una sedicente Ley de Libertad Religiosa, cuyas primicias orwellianamente libertarias se ofrecen en declaraciones de prensa por las que el ministro avisaba de que no se tolerarán “signos religiosos” en los colegios; e igualmente descartaba que médicos y enfermeras puedan ejercer su derecho a la objeción, una vez que entre en vigor otra regulación “extensiva de derechos”: la nueva Ley del Aborto.

Y, en fin, los sucesos a los que me refería al principio son éstos: en una parroquia madrileña, el cura evitó in extremis un inconcebible atentado en plena misa dominical; casi al mismo tiempo, en numerosas iglesias de Barcelona aparecieron terribles amenazas que decían conmemorar así el centenario de la Semana Trágica. A casi nadie se le oculta que son frutos podridos de una insensata campaña de descrédito contra la religión mayoritaria agitada a diario por influyentes instancias culturales, políticas y mediáticas. Ahora mismo, sin ir más lejos, Amenábar y Saramago, cada uno en lo que entiende, dicen combatir “el fanatismo” azuzando el odio anticristiano. Mas el astuto director de Ágora cuida luego de evitar que esto se note, para lograr incluso que los cristianos paguen por ver una película que les presenta como locos y villanos.

Lo reconocemos: ya es tarde para persuadir a los poderes que hoy rigen Occidente de los beneficios que, en términos de cohesión y hasta de ilusión social, reportarían la protección del cristianismo en su propio hogar y la propuesta amigable de sus más originales valores a las culturas con las que convive. Pero no es tarde todavía para advertirles de las funestas consecuencias a las que puede abocar la perversión del ideal occidental de libertad en las expectativas legítimas de los creyentes cristianos. El cristianismo no debe acabar ocupando en la futura historia de Occidente el puesto de chivo expiatorio que, por fortuna, ya han dejado vacante los judíos… al precio de tantas lágrimas.

Miguel Ángel García Olmo es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Católica de Murcia (España) y miembro del Grupo de Estudios de Actualidad Murcia

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