Sociedad

Libertad religiosa y libertad de conciencia

Publicado en Religión.

La Libertad religiosa, una libertad radical. ¿Quién teme a la libertad religiosa?. ¿Ley de Libertad de Conciencia o de Libertad Religiosa?.

I. Libertad religiosa, libertad radical

La libertad, sin adjetivación alguna, pertenece de modo constitutivo a la realidad personal humana. Pero si cupiera establecer un más y un menos en lo constitutivo (al menos respecto a nuestro modo de comprenderlo) diríamos que la libertad religiosa pertenece a lo constitutivo humano del modo más eminente y radical. ¿Por qué? Porque la dimensión de la libertad que llamamos religiosa está especificada por la relación-religación existencial de la realidad humana con el/su Fundamento Absoluto.


La libertad religiosa no es, pues, sólo un derecho fundamental que debe ser reconocido como tal y recogido como derecho civil en el ordenamiento jurídico positivo, sino que, antes, es la dimensión constitutiva de la realidad humana en cuya virtud ésta puede realizarse y afirmarse a sí misma en su propio fundamento existencial como criatura. La libertad religiosa no excluye, sino que supone, la obligación, radicada también en la propia realidad humana, de buscar y seguir la verdad. No es la libertad facultad para hacer lo que queramos, sino para querer lo que debemos. El derecho fundamental a la libertad religiosa es el derecho de toda persona a cumplir, de modo adecuado a su dignidad, esa obligación, de manera que, a este respecto, nadie le fuerce a actuar contra su conciencia ni nadie le impida obrar conforme a ella.


No respetar la libertad religiosa, por tanto, no es sólo conculcar un derecho fundamental de la persona humana, sino agredir a su misma realidad constitutiva. Negar, atacar, conculcar la libertad religiosa supone adoptar una postura, llevar a cabo una acción que de modo objetivo, aunque no sea intencionado, resulta intencionalmente personicida y, en cuanto la persona humana es imagen de Dios, resulta también, en último término, intencionalmente deicida.


La libertad religiosa no es sólo la primera históricamente conquistada, sino la más importante por la amplitud y radicalidad de las actividades y planos en los que se lleva a cabo su efectivo ejercicio. El derecho a la libertad religiosa no es simplemente el derecho a actuar sin estar sometido a coacción en relación con determinados tipos de actividades, que estuvieran en el mismo plano que cualesquiera otras, sino que es el derecho a situarse en el plano en que encuentran su fundamento todas las libertades, adoptar una posición y llevar a cabo actuaciones y manifestaciones que suponen necesariamente, por su propia naturaleza, negar al Poder político, cuando sea el caso, su pretendida condición de suprema instancia normativa, negar al Poder su pretensión autodivinizadora de ser el único fundamento de los mismos derechos humanos que decimos fundamentales…

Negar la libertad religiosa no es sólo negar el derecho de una persona a desarrollar sin coacción ciertas actividades en público y en privado en relación con la religión, sino que es negar la cosa misma para la que se niega libertad, esto es, la religión misma. Ahora bien: es en el solar de la religión donde últimamente radica la exigencia de reconocimiento y la posibilidad de fundamentación de todos los demás derechos humanos. Negar la religión es, pues, negar el soporte último de todos los demás derechos humanos, negar el imperativo moral de respetarlos y las exigencias objetivas pre-jurídico-positivas que este respeto entraña.

II. ¿Quién teme a la libertad religiosa?


Se explica así que la libertad religiosa sea la más temida por quienes pretenden ejercer el poder totalitariamente, sin atenerse a exigencias objetivas anteriores y superiores al poder mismo, sin limitaciones, sin cortapisa alguna. Esa pretensión es la mala hierba que crece inevitablemente en la ambición de poder y se desarrolla en la medida de la intensidad de tal afán. Quienes están poseídos obsesivamente por el ansia de un poder irrestricto se mueven, diríamos, de modo instintivo contra la libertad religiosa en la que ven intuitivamente el mayor obstáculo a sus designios de dominación omnímoda. Se explica que traten de hacer desaparecer, cegar o bloquear el ejercicio de esta libertad, la más importante y radical, ya que de ese modo debilitan también todas las demás libertades y con ello eliminan o reducen los obstáculos a la realización de sus proyectos, entre los más importantes de los cuales los habrá inevitablemente orientados de modo específico y directo a implantar usos, costumbres, un estilo de corrección política, una mentalidad, en suma, que suponga el olvido, la eliminación de lo religioso. Intuyen --y en esto aciertan-- que donde hay un verdadero creyente hay un hombre libre, que respetará el justo orden público, pero será un indomable resistente que, en caso de conflicto, obedecerá a Dios antes que a los hombres y se opondrá a cualquier pretensión política contraria a la dignidad y a los derechos fundamentales de la persona.

Si atacar a la libertad religiosa es, por cuanto queda dicho, atacar todas las libertades, atacar a la libertad y dinamitar los cimientos mismos de la democracia, debe estar claro que en la defensa de la libertad religiosa han de empeñarse todos los ciudadanos, no sólo los creyentes. Y los creyentes hemos de plantear esa defensa no como una acción de “autodefensa”, sino como una acción ciudadana de defensa de la libertades constitucionales. La lucha puede ser ardua y llevar consigo graves penalidades. Ya tenemos pruebas de cómo pueden verse proscritos y sometidos a sutiles modos de persecución quienes no se callan y ejercen en efecto su libertad religiosa y, en concreto, su libertad de expresión religiosa, mientras que, por el contrario, gozan muchas veces del favor oficial manifestaciones antirreligiosas y blasfemas. Mal nos irá no sólo como a creyentes, sino sencillamente como a personas y ciudadanos, si no resistimos cualesquiera restricciones de la libertad religiosa más allá del límite del justo orden público objetivamente determinado… Y cabe el riesgo de que se establezcan esas indebidas restricciones mediante una nueva ley orgánica de libertad de conciencia.


¿Ley de Libertad de Conciencia o de Libertad Religiosa?

Uno de los proyectos que el Gobierno quiere promover, según repetidas manifestaciones de algunos de sus integrantes, es el de modificar, o sustituir por otra, la actual ley de Libertad Religiosa (1). Esta Ley constituye, por cierto, una de las “piezas” técnicamente mejor elaboradas y más acertadas de nuestro ordenamiento jurídico. Sus previsiones garantizan el debido trato a todas las confesiones religiosas y se han revelado suficientes para resolver los conflictos y litigios que se plantean en relación con el ejercicio de esta libertad.


Desde hace mucho tiempo, sin embargo, hay quienes están empeñados en que esa ley sea sustituida por una Ley orgánica que regule la libertad de conciencia (2). La actual Ley de Libertad religiosa, advierten, viene a dar por supuesto que todas las “opciones de conciencia” ajenas a cualquier idea religiosa quedan reducidas a la negativa figura de la simple increencia, a mera ausencia de convicciones religiosas. De este modo se soslaya, se ignora, cuando no se niega, dicen, el hecho de que esas opciones de conciencia ajenas a lo religioso se definen por un claro y alto contenido positivo filosófico, cosmovisional, moral, etc. puramente racional.


Hay, al parecer, quienes pretenden que una ley de libertad de conciencia confiera a sus opciones de sentido no-religiosas un estatuto adecuado y establezca, entre otras previsiones, las de ciertas prestaciones públicas destinadas a esas posibles nuevas “instituciones de conciencia” asentadas como tales en el correspondiente registro oficial (por analogía con las que puedan darse en relación con las confesiones religiosas)… ¿Se trata de eso, al menos también?


En todo caso, atender esas pretensiones en lo que puedan serlo ¿exige acaso “revisar” la acertada regulación actual del ejercicio de la libertad religiosa? No es difícil advertir que libertad religiosa y libertad de conciencia se implican mutuamente y que ninguna de ellas puede darse sin la otra. En las fundamentales Declaraciones de Derechos Humanos la libertad de conciencia aparece reconocida entre la libertad de pensamiento que la precede en el enunciado y la de religión que la sigue (3). Y para el Concilio Vaticano II, la libertad religiosa es justamente la libertad de conciencia “en materia religiosa” (Dignitatis humanae, nn. 2 y 3) (4). Se puede, así, decir que libertad religiosa y libertad de conciencia se implican mutuamente.

El que la libertad religiosa haya sido ya objeto expreso de regulación legal no significa que no se reconozcan otras libertades. Ni con eso se niega que pueda ser necesaria también la expresa regulación del ejercicio de la libertad de conciencia en sus vertientes no religiosas ni confesionales. Pero sería inadmisible que, con el pretexto de atender aspiraciones que hayan de considerarse legítimas de determinados grupos “filosóficos”, “de formación espiritual” o de naturaleza semejante, se entre ahora a establecer todo un “lote normativo” en el que se incluya la regulación de la libertad de conciencia e incluso el estatuto de laicidad que propugnan precisamente los laicistas más fervorosos, en un totum revolutum en el que se ignore lo específico de la libertad religiosa, se trate de de rebajar la consideración de ésta y se le impongan en su ejercicio restricciones más allá de lo exigido por el respeto al justo orden público “protegido por la ley” (CE 16.1). Y, a juzgar por las manifestaciones de autorizados promotores de la ley de libertad de conciencia, no podría decirse que obedezca a un alarmismo infundado el temor de que con ella salga seriamente perjudicada la libertad religiosa.




Teófilo González Vila



Notas al pie:


1. Ley orgánica 7/1980, de libertad religiosa, BOE., n. 177, de 24 de julio.


2. Es una pretensión generalizada de nuestros laicistas. Cf., inter alios, Mayoral Cortés, Victorino, España: de la intolerancia al laicismo, Ednes. del Laberinto, Madrid, 2006, p. 204 ss; Cifuentes Pérez, Luís María, ¿Qué es el laicismo?, Ednes. del Laberinto, Madrid, 2005, p.62. Desde diversas asociaciones laicistas se propugna un Estatuto de Laicidad concebido, según una “Plataforma” de ese signo, no como un “texto jurídico cerrado y definitivo, sino como un bloque de legalidad constituido por un conjunto coherente de normas, principios y acuerdos, enmarcados siempre en las decisiones jurisprudenciales del TC” (Plataforma Ciudadana por una Sociedad Laica, Manifiesto en Defensa de una Sociedad Laica, diciembre de 2004). Para Mayoral (o.c. p. 206), si la ley de libertad religiosa regula el ejercicio de ésta por los ciudadanos en general, ese Estatuto de Laicidad tendría por objeto específico regular y garantizar la actuación de los poderes públicos en conformidad con los principios y leyes de un Estado aconfesional, laico. La presunta fundamentación doctrinal de la posición que el Gobierno asume ante la libertad religiosa, en especial, frente a la presencia y uso de símbolos religiosos en espacios públicos y, concretamente, en los públicos estatales, viene a ser la que se recoge en el informe de la Fundación Alternativas, elaborado por José María Contreras y Óscar Celador, sobre "Laicidad, manifestaciones religiosas e instituciones públicas" V. http://www.falternativas.org/documentos/(search)/simple/(keywords)/124/2007.

3. La libertad de conciencia se encuentra expresa y solemnemente reconocida en la Declaración universal de los derechos humanos (1948), art. 18: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”; en el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales (Roma, 4 de noviembre de 1950) cuyo artículo 9 reza: “Libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. – 1. Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, en público o en privado, por medio del culto, la enseñanza, las prácticas y la observación de los ritos.- 2. La libertad de manifestar su religión o sus convicciones no pueden ser objeto de más restricciones que las que, previstas por la Ley, constituyen medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la seguridad pública, la protección del orden, de la salud o de la moral públicas, o la protección de los derechos o las libertades de los demás.”; en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (2000), “Artículo 10. Libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. 1. Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, en público o en privado, a través del culto, la enseñanza, las prácticas y la observancia de los ritos. 2. Se reconoce el derecho a la objeción de conciencia de acuerdo con las leyes nacionales que regulen su ejercicio”.


4. González Vila, Teófilo, “Laicidad del Estado y libertad religiosa”, en Pérez de Laborda, Alfonso (ed.), Existencia en libertad. El Escorial 2003, Facultad de Teología San Dámaso, Madrid, 2004, pp.190-246.

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