Sociedad

Naturaleza y expolio

Escrito por Pedro López. Biólogo. Publicado en Ecología y Población.


Comentarios del estilo de que la civilización judeocristiana ha sido el origen del expolio de la naturaleza, por su idea de “dominio”, son frecuentes en los textos en los que se habla de ecología y medio ambiente.

Sin duda, este despotismo ha estado presente en la concepción moderna de la naturaleza: como recurso a disposición para el engrosamiento de la cuenta corriente; pero es una idea completamente heterodoxa y ajena a la concepción cristiana.

Si consideramos las fuentes de Génesis, veremos enseguida el equívoco de ese prejuicio. Ya en el capítulo primero, versículo 26, se dice que Dios hizo a la primera pareja humana a imagen y semejanza suya; y que los puso presidiendo la creación, haciendo cabeza, al frente de este maravilloso cosmos. Poco más adelante, en el versículo 28, encontramos un texto con varios sentidos: “et subicite eam et dominamini”. Con frecuencia se traduce por “henchid la tierra y dominadla”: un mandato de Yavhé. Pero es una traducción que no recoge todo el sentido original del texto. Subicio significa “colocar debajo de”, “sub-ordinar”, que expresa al mismo tiempo, un poner a disposición de la inteligencia, bajo la luz de la razón, para que ésta la examine y la ordene. De hecho, en el capítulo segundo de Génesis, se habla de que el primer ser humano puso nombre a todos los animales del campo. Nombrar, en el lenguaje de la Biblia, tiene un significado preciso: conocimiento y preeminencia sobre lo nombrado, con un aspecto amoroso. Sólo así se entiende también que, a continuación, se señale que el hombre y la mujer dominen –dominamini- la entera creación: es decir que   gobiernen, que subordinen -ordenándola- la entera creación que está en dependencia de ellos.

 

Pero esto estaría incompleto si no se señalara, al mismo tiempo, el modo de hacerlo. En el capítulo segundo, versículo 15 de Génesis, se indica precisamente la manera: “ut operaretur et custodiret illum”. El hombre y la mujer están hechos para que trabajen la creación y la custodien, la guarden.

Por tanto, es extraña al pensamiento cristiano esa idea monstruosa -por ser contraria al orden de la naturaleza-, según la cual el ser humano ha de comportarse de modo absolutista, caprichoso, despótico con la creación. Más bien responde a un planteamiento racionalista, quizá basado en el desencantamiento del universo (M. Weber).

La visión cristiana nos lleva a otro planteamiento: “cargar” con la entera creación para llevarla a término,  según el originario plan de Dios, a través de la mediación del trabajo. Y, en consecuencia, el ser humano se constituye en un administrador inteligente que ha de hacer fructificar amorosamente los dones gratuitos que ha recibido, respetando la grandiosidad y la belleza de la naturaleza, que no le pertenece, sino que se le ha confiado.

Grupo de Estudios de Actualidad de Valencia