Sociedad

El Cairo: 10 años después

Escrito por Bosco Aguirre.. Publicado en Ecología y Población.

Estamos por cumplir 10 años de la conferencia de El Cairo. Por lo mismo, los medios de comunicación vuelven a tocar algunos de los problemas afrontados en aquel importante encuentro de las Naciones Unidas.
Las preguntas siguen en pie: 
¿Somos demasiados en la tierra?  ¿Es sostenible el desarrollo humano que ha permitido tantos progresos?  ¿Depende la pobreza del número de hijos?  ¿Cómo regular la natalidad?  ¿Cómo controlar enfermedades de transmisión sexual? ¿Existen derechos sexuales y derechos reproductivos?


A esas preguntas deberíamos añadir algunas nuevas, que nacen de la situación de los así llamados países ricos:
¿Cómo afrontar el envejecimiento de la población?
¿Es posible que funcione la economía cuando disminuye tanto la natalidad?
¿Qué hacer para conseguir mano de obra y lanzamiento económico en países que empiezan a ver cómo cada año disminuye su población?

Las preguntas son muchas, y las respuestas, según diversos puntos de vista, resultan muy distintas. Lo que diga sobre “derechos sexuales” una persona que defiende el amor libre y la destrucción del viejo sistema familiar será muy distinto de lo que diga quien piensa que existen reglas para vivir de modo correcto la sexualidad, para quien reconoce que la familia no es algo modificable según las modas del momento.

No vamos a entrar ahora en la discusión sobre temas tan complejos, temas que deben ser tratados por personas competentes y, esperamos, libres de prejuicios ideológicos. Ofrecemos, simplemente, dos perspectivas que conviene tener presente en este aniversario, de modo especial para poder formar un juicio de valor sobre lo mucho que se está escribiendo y proyectando sobre estos temas.

La primera es una afirmación sencilla y, creemos, condivisible por todos: ningún esfuerzo por mejorar el mundo puede ser justo si se basa en la supresión de los derechos de unos para mantener los derechos de otros.

Concretemos: buscar un mundo menos contaminado es algo bueno, pero no podemos perseguir este objetivo si un gobierno decide, por ejemplo, destruir las barracas de los pobres sin ofrecerles una alternativa, sin hacer absolutamente nada por evitar que las fábricas de algunos ricos mantengan sistemas de producción altamente tóxicos.

Igualmente, no es justo trabajar contra la pobreza con la decisión de eliminar a los pobres, a los débiles o a los niños, mientras se mantiene o se aumenta el nivel de bienestar de los países más ricos. La pobreza se elimina con una mejor distribución de las riquezas y con la promoción de medidas que favorezcan la productividad de la tierra, no con el aborto o con los preservativos.

La segunda afirmación puede ser menos condivisible, pero no por ello menos válida: no es lícito perseguir un fin bueno a través del uso de medios malos (malos desde el punto de vista ético).

Bajemos, nuevamente, a lo concreto. Puede ser bueno que una pareja de esposos decida retrasar la llegada de algún hijo. Pero para lograr esta meta no es correcto ni esterilizar a uno (o a los dos) de los esposos, ni usar métodos anticonceptivos que van contra el uso correcto del matrimonio, ni (algo mucho más grave) permitir el aborto como si esta “técnica” fuese un método anticonceptivo.

Es claro que quienes ven la sexualidad como algo “accesorio” o simplemente “material” en el ser humano tendrán dificultades en ver que hay algo equivocado en el uso de la espiral o de las píldoras anticonceptivas. Muchos piensan que estos métodos son señal de “progreso”, que son instrumentos que permiten usar y disfrutar la sexualidad sin el “peligro” de un hijo.

La realidad, sin embargo, es otra. No podemos ver al individuo humano como un ser en el que por un lado va la libertad (posible gracias a nuestra condición de seres espirituales), y por otro la corporeidad con sus leyes biológicas. En otras palabras, el hombre no puede ser visto como dos cosas juntas y antagónicas, en las que lo superior (espíritu) domina y controla lo inferior (cuerpo) como dominamos un pedazo de hierro al rojo vivo.

Muchos filósofos se han dado cuenta del peligro de esta visión dualística, y han defendido, por lo tanto, que la sexualidad entra a formar parte de cada ser humano como algo propio, profundo. Esta sexualidad implica una apertura a la vida que es parte integrante de la plenitud de la pareja. Si una pareja (o un individuo de modo aislado) quiere usar la sexualidad como si se tratase de un placer finalizado en sí mismo, negando la apertura a la vida, está destruyendo algo profundo de su identidad humana: está dejando de lado una riqueza de sí mismo, una posibilidad tan maravillosa como la que ha permitido el nacimiento de la gran mayoría de los que hoy hablamos de población y desarrollo.

A la vez, la apertura a la vida debe ir acompañada por programas de desarrollo auténticamente justos y eficaces. Si las parejas, gracias a su amor, ven nacer en ellas a nuevos hijos, la sociedad (a todos los niveles, también desde las Naciones Unidas) ha de buscar aquellas ayudas para que no les falte ni asistencia médica ni condiciones de vida digna. Hablar de población y desarrollo y olvidar cómo promover lo segundo para el bien de lo primero es un contrasentido y una señal de injusticia, propia de algunos defensores entusiastas del “control de la natalidad” como solución de todos los problemas.

A diez años de la Conferencia de El Cairo los hombres y mujeres del planeta necesitamos recuperar el sentido profundo de nuestro vivir. No somos individuos encadenados en un mundo cerrado. Somos, más bien, seres capaces de amar y hacer el bien, o de odiar y hacer el mal.

La vida sobre el planeta tierra no mejorará con planes de esterilización masiva, ni con abortos gratuitos para los pobres (los ricos tienen dinero de sobre para pagar este acto criminal), ni con más preservativos. La vida de nuestro planeta mejorará cuando aprendamos el sentido profundo de nuestra existencia, seres de carne y hueso, dotados de una riqueza sexual que, bien orientada, en el respeto de su dimensión fecunda, puede permitir el que en los próximos años otros millones de seres humanos, como tú o como yo, puedan caminar y vivir en un mundo más limpio, más justo y más feliz.

  (Publicado en Mujer Nueva el 2004-09-21)