Sociedad

Ecologismo de diseño

Escrito por Francesc Torralba Roselló. Publicado en FurumLibertas.com. Publicado en Ecología y Población.

Nos hemos dado cuenta que nuestro modo de vida instalado en un consumismo voraz no puede universalizarse.  No cabe duda que uno de los valores emergentes en las sociedades occidentales lo constituye el ecologismo. La sensibilidad medioambiental crece y prueba de ello es el uso que las grandes empresas públicas y privadas hacen del valor ecológico: por las ciudades circulan buses ecológicos, en las oficinas se trabaja con papel ecológico y en muchas tiendas se puede adquirir comida ecológica. Lo ecológico vende y la ciudadanía se inclina a consumir productos cuya realización lleva el sello de lo ecológico.


Nos hemos dado cuenta que nuestro modo de vida instalado en un consumismo voraz no puede universalizarse.

No cabe duda que uno de los valores emergentes en las sociedades occidentales lo constituye el ecologismo. La sensibilidad medioambiental crece y prueba de ello es el uso que las grandes empresas públicas y privadas hacen del valor ecológico: por las ciudades circulan buses ecológicos, en las oficinas se trabaja con papel ecológico y en muchas tiendas se puede adquirir comida ecológica. Lo ecológico vende y la ciudadanía se inclina a consumir productos cuya realización lleva el sello de lo ecológico.

Esta ecosensibilidad occidental no nace por generación espontánea, sino que es la respuesta lógica a una crisis que está tomando dimensiones planetarias. Se trata de un ecosensibilidad de urgencia, de la toma de conciencia colectiva de que el modelo de relación hombre-naturaleza que se ha articulado desde la Modernidad a nuestros días y, particularmente, durante y después de la revolución industrial resulta insostenible y constituye una amenaza de primer orden para el porvenir del planeta tierra y, en especial, para la pervivencia de las generaciones futuras.

Como consecuencia de esta crisis, se ha desarrollado en el último lustro una línea de investigación ética, cuyo máximo exponente es Giuliano Pontara y que trata de indagar nuestra responsabilidad para con las generaciones futuras, responsabilidad diacrónica que afecta gravemente nuestro modo de obrar ahora y aquí.

Nos hemos dado cuenta que nuestro modo de vida instalado en un consumismo voraz no puede universalizarse, no puede convertirse en ley universal, con lo que, según Immanuel Kant, no puede calificarse moralmente de bueno. Sabemos con certeza que si la gran masa de seres humanos que habitan en el planeta vivieran según el ritmo de producción y de consumo del modelo occidental, las reservas energéticas del planeta serían consumidas muy rápidamente. Ello significa que este estilo de vida no es ejemplar, sino todo lo contrario. Se sostiene porque sólo una pequeña porción de la humanidad vive de este modo, pero no puede generalizarse.

Somos conscientes, además, que debemos cambiar el modelo de producción y de consumo. Sabemos que nuestros problemas no se arreglan con medidas de diseño que desde un punto de vista político pueden cosechar votos, pero que a largo término son ineficaces. Sabemos que nuestros problemas medioambientales exigen un cambio sustantivo de mentalidad y no una mera observación a pie de página.

La desertización del planeta, el agujero en la capa de ozona, la contaminación de ríos, mares y océanos, la reducción de la biodiversidad, el calentamiento del globo, la contaminación en las grandes urbes, la gestión de los residuos radioactivos y otros factores patentes empíricamente son suficientemente significativos para superar el ecologismo de diseño políticamente correcto y abordar con seriedad si es posible realmente otro estilo de vida, o dicho más llanamente, si estamos dispuesto a ceder calidad de vida en beneficio de las generaciones venideras.

Es posible que, como consecuencia de esta trascendental crisis, descubramos el valor de la austeridad, la vida sobria y moderada y nos demos cuenta que para vivir con dignidad, para aspirar a ciertas cotas de felicidad, no se necesita consumir tanto ni deteriorar nuestro entorno natural. ¿Seremos capaces de renunciar a nuestra tendencia posesiva y depredadora en beneficio de los que vendrán después de nosotros? ¿Seremos capaces de comprender que el ser humano no es el propietario de la tierra, sino que su fin consiste en vivir armónicamente con el conjunto de los seres creados? Gran prueba ésta de nuestro altruismo como miembros de la especie humana.

Algunos teóricos tratan de hacer equilibrios de funámbulo con el fin de hacer compatible nuestro estilo de vida instalado en un consumismo atroz y el respeto medioambiental. Otros, en cambio, apuestan por una revolución mundial, por un retorno a la "madre naturaleza", lo que, según mi modo de ver, no deja de ser un gran sueño para románticos. Los primeros no están dispuestos a abandonar la cultura del tener, pero los segundos plantean una transformación radical de nuestras formas de vida que resulta imposible de llevar a cabo fácticamente de un modo masivo.

El uso instrumental del vocablo "ecológico" con fines políticos y económicos no es aceptable. Hay mucho en juego. No sólo la subsistencia de especies de plantas, insectos o mamíferos, sino el porvenir de la especie humana. No soy partidario de ejercer lo que Hans Jonas denomina en su conocida obra El principio de responsabilidad (1977) una heurística del temor, es decir, una argumentación apelando al temor de un futuro apocalíptico, pero sí es necesario ahondar críticamente en el ecologismo de diseño e indagar qué posibilidades tenemos de compatibilizar el progreso científico-técnico con el respeto a la naturaleza y, en particular, con la dignidad de la persona humana.