Sociedad

El ser humano, ¿un virus para el planeta?

Escrito por John Flynn, L. C.(traducción de Justo Amado) zenit.org. Publicado en Ecología y Población.

Escasea el equilibrio en el debate ecológico. Mientras se hacen declaraciones cada vez más alarmantes sobre el estado del medio ambiente, uno de los efectos colaterales es el resurgimiento de las presiones para controlar la población. Los falsos miedos, como los lanzados por el libro de Paul Ehrlich de 1968, «La Bomba de Población», proporcionaron la munición para extendidos abusos, que incluían el aborto y la esterilización forzados.
Las preocupaciones del pasado se mezclan con el temor de que el alimento y los recursos naturales podrían escasear pronto. En su versión reencarnada estos paladines justifican ahora el control de población en nombre de salvar el medio ambiente.

Un miembro del Parlamento Europeo, el británico Chris Davies, advertía de que la humanidad está «hundiendo el planeta», como un «virus», informaba el 13 de noviembre la BBC. Davies, miembro del Partido Liberal Demócrata, mantenía que se debería animar a las familias a no tener más que un hijo en un esfuerzo por combatir el cambio climático.

Davies no es la única persona en comparar a los seres humanos con un virus. Paul Watson, fundador y presidente de la Sea Shepherd Conservation Society, fue el autor de un comentario revelador, publicado el 4 de mayo. Según su página web, esta sociedad con sede en Oregón, tiene como actividad la protección de los océanos del mundo.

Los seres humanos actúan sobre la Tierra, escribía Watson, «de la misma forma que un virus invasivo con el resultado de que estamos erosionando el sistema inmune ecológico». También defendía su idea previa de que los seres humanos son el «Sida de la Tierra».

«Es necesario que de forma radical e inteligente reduzcamos la población humana a menos de 1.000 millones», recomendaba. Watson también sostenía que los seres humanos no son diferentes de cualquier otra especie que vive en el planeta.

Aunque las opiniones de Watson puedan parecer extremas para la mayoría, no está ni mucho menos solo. The Economist recordaba a sus lectores en un artículo el 10 de septiembre, «Population and Its Discontents», que Al Gore, el último ganador del Premio Nóbel de la Paz, había escrito en su libro «Tierra en Equilibrio» que «un mucho superpoblado es inevitablemente un mundo contaminado».

La agenda
La prensa británica ha publicado numerosos artículos de opinión en las últimas semanas animando a que se controle la población para salvar el medio ambiente.

«Mientras que el medio ambiente ha logrado por fin la prominencia que merece, algunos ecologistas están preparados para afirmar que el control de población debe estar en la agenda», escribía Madeleine Bunting en el periódico Guardian el 10 de septiembre.

Según Boris Jonson, miembro del Parlamento por el Partido Conservador, el único gran desafío al que se enfrenta la Tierra es el excesivo crecimiento de la población, escribía en un artículo en periódico Telegraph el 25 de octubre.

Melanie Reid, articulista de opinión del periódico Times, insistía en su columna del 29 de octubre en la necesidad de que las feministas reconozcan que el control de población no es tan terrible como piensan. El calentamiento global es un tema secundario, comparado con la necesidad del control de población, afirmaba.

Los llamamientos a favor del control de población no han quedado sin respuesta. El sociólogo Frank Furedi indicaba en un comentario publicado el 30 de octubre en la página web Spiked: «Actualmente, el determinismo demográfico simplista es más popular que en cualquier otra época desde el siglo XIX».

«Nuestras élites culturales y políticas parecen haber perdido de vista el hecho de que, a lo largo de la historia, el impacto general de la humanidad en el medio ambiente ha sido beneficioso», observaba.

El 10 de septiembre un artículo de The Economist también apuntaba que, cuando se trata de emisiones, el problema no son los países con poblaciones en crecimiento, sino las naciones más ricas que ya han alcanzado una estabilidad de población.

Mantener el equilibrio
La Iglesia católica también ha entrado en el debate, basando su posición en principios morales y éticos relacionados con el medio ambiente. No obstante, los medios suelen citar de forma selectiva los comentarios de Benedicto XVI sobre temas ecológicos.

Un ejemplo ha sido la homilía del pontífice durante su visita a la capilla mariana de Loreto, Italia, de la que la prensa informó como de una especie de toque de trompeta para proteger el medio ambiente. El texto del 2 de septiembre ciertamente hablaba de la importancia de cuidar nuestro planeta.

Sin embargo, la parte ecológica de la homilía fue sólo el último de una serie de puntos presentados por el Papa. Tras hablar sobre el ejemplo de María, el Papa reflexionaba después sobre la llamada que hace Jesús a los jóvenes, la importancia de la humildad, y la vocación a la santidad.

Al tratar la cuestión de la presencia humana en el planeta, Benedicto XVI ha subrayado con frecuencia la importancia de no perder de vista, al tratar el medio ambiente, la dignidad de la persona humana y la salvaguarda de la vida. Un ejemplo reciente ha sido el discurso al nuevo embajador irlandés ante la Santa Sede, Noel Fahey, el 15 de septiembre.

«La promoción del desarrollo sostenible y una atención particular al cambio climático son cuestiones de gran importancia para toda la familia humana, y ninguna nación o sector económico debería ignorarlas», indicaba el Papa.

El discurso pasaba a hablar de la importancia de una visión clara de la relación entre la ecología de la persona humana y la ecología de la naturaleza. El Pontífice observaba el contraste entre quienes están dispuestos a reconocer la majestad de Dios en la creación, pero no perciben con igual claridad la dignidad de la persona humana.

Benedicto XVI observaba que «es preocupante el hecho de que a menudo los mismos grupos sociales y políticos que, admirablemente, están más en armonía con la maravilla de la creación de Dios, presten escasa atención a la maravilla de la vida en el seno materno».

«Esperemos que, especialmente entre los jóvenes, el interés creciente por el medio ambiente aumente su comprensión del orden y la magnificencia propios de la creación de Dios, en cuyo centro y culmen están el hombre y la mujer», concluía el Papa.

Ecología humana
Al ligar la vida humana con la ecología, Benedicto XVI sigue los pasos de Juan Pablo II. En su encíclica «Centessimus Annus» de 1991, Juan Pablo II expresaba su inquietud por el daño medio ambiental, observando que es un error pensar que podemos usarlo sin restricciones, o que podemos consumir recursos de forma excesiva o desordenada.

Pero Juan Pablo II añadía inmediatamente que además de la preocupación por el medio ambiente, «hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención» (No. 38).

Deberíamos preocuparnos por esta ecología humana, como la denominaba Juan Pablo II, y la primer y fundamental estructura de esta ecología es la familia, añadía. La familia, fundada en el matrimonio, es el santuario de la vida y es necesario protegerla contra los ataques de la cultura de la muerte.

El arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, en un discurso el 29 de octubre ante la Asamblea General, expresaba la necesidad de mantener una correcta relación entre la preocupación por el medio ambiente y la persona humana.

«Proteger el medio ambiente implica una visión más positiva del ser humano, en el sentido de que no se considere a la persona como un fastidio o una amenaza al medio ambiente, sino como alguien considerado responsable del cuidado y gestión del mismo», afirmaba el representante vaticano.

Por eso no hay oposición entre el ser humano y el medio ambiente, sino más bien una alianza, «en la que el medio ambiente condiciona esencialmente la vida y el desarrollo del hombre, mientras que el ser humano perfecciona y ennoblece el medio ambiente a través de su actividad creativa», añadía el arzobispo Migliore. La cuestión ecológica más vital, por tanto, tiene que ver con la persona humana, que no puede ser sacrificada por un celo equivocado por proteger el medio ambiente natural.

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