Sociedad

Cultura y medio ambiente

Escrito por Pedro López de AGEA-Valencia. Publicado en Ecología y Población.

La cultura no es un ámbito que pueda aislarse independientemente de la naturaleza. Porque el hombre es en definitiva un espíritu encarnado, o si se quiere, un cuerpo espiritualizado. De ahí que lo nos asemeja a los demás animales la cultura lo ha humanizado: comer –el arte de la gastronomía-, arreglo personal –peluquería, dermoestética, etc.- u otras funciones vitales que se recubren con el velo de la intimidad –el excusado- o bien con otras artes que hacen que lo biológico humano sea claramente distinguible de lo biológico animal. Eso sin contar con las numerosas y mayoritarias tareas de tipo espiritual que nos acontecen a diario: pensar, entender, querer, ser capaces de elección, dialogar, hacernos cargo del otro, cuidar al débil, etc.

 

La ponencia originalmente se iba a llamar “cultura del medio ambiente”, pero en realidad, debe llamarse “cultura y medio ambiente”. Entre otras cosas, porque el “medio ambiente” carece de cultura, que es propia del ámbito humano. El chimpancé –pan trglodytes- se distingue precisamente del hombre en que carece de cultura.

 

Hecha esta advertencia, hay que hacer una nueva observación. La cultura no es un ámbito que pueda aislarse independientemente de la naturaleza. Porque el hombre es en definitiva un espíritu encarnado, o si se quiere, un cuerpo espiritualizado. De ahí que lo nos asemeja a los demás animales la cultura lo ha humanizado: comer –el arte de la gastronomía-, arreglo personal –peluquería, dermoestética, etc.- u otras funciones vitales que se recubren con el velo de la intimidad –el excusado- o bien con otras artes que hacen que lo biológico humano sea claramente distinguible de lo biológico animal. Eso sin contar con las numerosas y mayoritarias tareas de tipo espiritual que nos acontecen a diario: pensar, entender, querer, ser capaces de elección, dialogar, hacernos cargo del otro, cuidar al débil, etc.

 

Pero si el hombre/mujer, a diferencia de los animales, tiene biografía es porque es un ser irrestricto, que nunca ha terminado su tarea como persona hasta que se allega la muerte. En el mundo animal acontece exactamente lo contrario: una vez finalizada la actividad biológica propia de la especie, el animal no sirve y la naturaleza se deshace de él: nadie lo cuida. Pero esa biografía se ha de desarrollar en un ámbito natural.

 

En mi opinión, uno de los grandes errores de la modernidad ha sido alejar al hombre de la naturaleza... hasta el desprecio: ¡ese es de pueblo! ¡es un rústico!, se decía no hace mucho tiempo (y quizá actualmente). Ahora nos estamos dando cuenta de la gravedad de haber vivido de espaldas cuando no en contra de la misma naturaleza.

En lo alimentario, aparece lo biótico.. hasta el agua mineral, como si la que sale por el grifo no fuera agua mineral; los “nuevos alimentos” ya se etiquetan como alimentos ecológicos; en lo sanitario, la emergencia de las enfermedades del desarrollo: alergias, fruto de ese vivir de espaldas a la naturaleza, enfermedades inflamatorias y autoinmunes, cáncer, y un sinfín de enfermedades degenerativas que, de algún modo tienen algo que ver con ese vivir de espaldas a la naturaleza. Los fármacos: basta asomarse a un prospecto de cualquier medicina, emitido por el propio laboratorio, en el que no se nos indique la enorme cantidad de posibles efectos secundarios.

 

Hoy también somos mucho más sensibles a la cuestión ecológica, de tal forma, que no hay una sola empresa que no tenga su correspondiente certificado de calidad –ISO- en respeto al medio ambiente, material reciclable, etc. Y así, podríamos continuar con más y más observaciones, que serían interminables y engorrosas.

Nos podríamos preguntar si la cultura de los dos últimos siglos ¿no ha conseguido precisamente ese mayor desarrollo? ¿no ha permitido que la expectativa de vida en nuestro país, pase, si consideramos los últimos 50 años, de 65 a 80 años?. Ciertamente. Regresar a la caverna no puede precisamente llamarse progreso. No estamos dispuestos a abandonar, al menos fácilmente, la comodidad y el bienestar alcanzados por nuestras sociedades desarrolladas... Ni tampoco se trata de eso. Es otra cosa.

 

Veámoslo más despacio. En el ámbito de la medicina, los mayores logros se producen con la invención de las vacunas, el descubrimiento de los antibióticos, la capacidad de síntesis de moléculas que el organismo ya no produce (por ejemplo, la insulina para los diabéticos)..., precisamente los grandes adelantos se han logrado... cuando se ha imitado a la propia naturaleza: por eso los estudios de ciencia básica son imprescindibles para conocer el mundo en el que vivimos. En el ámbito de la alimentación, resulta también elocuente que el mayor despegue se haya producido con las revoluciones verdes: la introducción de variedades de plantas especialmente productivas, seleccionadas con una rapidez inusitada a través de técnicas novedosas de la genética,... que la propia naturaleza nos da.

 

Pero la cultura del medio ambiente no es sino las distintas formas con las que el hombre se ha enfrentado a lo largo de los siglos a sus propias necesidades biológicas básicas; y no tan básicas. Hoy reconocemos el valor intrínseco que tiene un paisaje; y se necesita un informe de impacto ambiental antes de construir una infraestructura. Vertiginosamente hemos “descubierto” lo que nuestros antepasados tenían como propio: las reservas naturales, los espacios protegidos, etc.  Hay un auge. Lo bio, en definitiva, vende.

 

Como esto no ha hecho más que empezar, la ley del péndulo nos lleva a que si antes demonizábamos a la naturaleza, hoy demonicemos lo antrópico, como algo perverso y malo. En el fondo de las cuestiones medioambientales a las que hoy día nos enfrentamos –cambio climático, emisión de CO2, tala de bosques, megápolis, desarrollismo, esquilmación de los recursos naturales, basuras, etc.- subyace nuevamente una visión dualista, maniquea, y no pocas veces falsa –por idílica- de la naturaleza.

 

El hombre ha pasado de ser recolector y cazador, de estar inserto en el entorno natural o del medio -así se llaman ahora a las asignaturas de Ciencias Naturales en la ESO y Bachiller- a ser el gran o súper depredador.

 

Pero  es que, a mi entender, detrás de toda esta fanfarria se esconde algo muy peligroso: una nueva visión neomaltusiana. Desde que tengo uso de razón he oído y visto multitud de informes hechos por sesudos expertos que ponían los pelos como escarpias con tan solo leerlos: que ya no cabíamos, que se iba a terminar el petróleo, que no había alimentos para todos... desde aquel famoso informe del Club de Roma de 1973 hasta nuestros días con las célebres cumbres sobre cambio climático. ¿Todo lo que dijeron o están diciendo no tenían o tienen razón?

 

La verdad, a la luz de los datos históricos, puede sonar a que efectivamente, una vez más, desde que Malthus profetizó en 1798 el colapso mundial porque la población aumentaba de forma geométrica mientas que los recursos lo hacían de forma aritmética, han pasado más de dos siglos, y aquí seguimos, los que estamos,  vivitos y coleando, en la mejor de las civilizaciones que a hombre alguno le haya tocado en suerte vivir.

 

Por tanto, los augures y profecías de tipo apocalíptico no se han cumplido –gracias a Dios-. En consecuencia, resulta razonable volver a dudar de que el discurso catastrofista pueda tener cabida o deba tenerla en nuestro razonamiento (ya se sabe que el miedo, lo irracional que todos llevamos dentro, es libre).

Claro que esto no anula el hecho de que cada generación se encuentre con retos y, a veces, retos imponentes para su propio progreso. Se dice, y es verdad, que el hombre plantea problemas. La Naturaleza, también lo hace. La diferencia, o el quid de la cuestión, es que el hombre es resolvedor de problemas (los suyos propios y los de la naturaleza); y la naturaleza, no, aunque ahora dudo de que no tenga cierta capacidad de absorber el impacto antrópico y equilibrar los sistemas, eso sí con la ayuda humana.

 

Esto es cultura. No somos meramente un mono evolucionado. No hace mucho, leía un libro sobre el cambio climático de un autor, al que tengo por ponderado y buen conocedor del tema (por lo demás, harto complejo), exponer con total candidez que, de no haber sido por un meteorito, que abortó el desarrollo de los reptiles hace 65 millones de años y que provocó la conquista de la tierra por parte de los mamíferos,... hoy seríamos lagartos inteligentes: a tal simplificación puede llevar el materialismo más burdo.

 

El hombre siempre se ha enfrentado a problemas y retos de subsistencia. Sólo que esas dificultades las hemos sabido convertir en oportunidades. Cuando el primer cazador no llegaba o no podía llegar a cazar animales con la lanza, de pronto, descubrió el arco: una lanza que llega más lejos. Lo que era un problema se resolvió gracias a una innovación tecnológica de primera magnitud. Hoy sucede otro tanto. Efectivamente, tenemos, o podemos tener en ciernes, una crisis energética que, con los precios del crudo actual, de hecho es ya un hecho (la crisis). Pero ahí surge otra vez el genio del hombre, la solución antes ni soñada. ¿Quién a mediados de siglo XX podría pensar lo que hoy en día suponen las nuevas tecnologías informáticas? Mi padre hacía las cuentas con papel, goma y lápiz en el banco en el que comenzó a trabajar; y mi abuelo, a la luz de un quinqué, leía lo poco que caía en sus manos, cuando la mitad de la población española era analfabeta.

 

Queda pues claro que necesitamos aportar innovaciones, soluciones... no de espaldas a la naturaleza, sino de acuerdo con ella.

 

Esto resulta patente en todo lo que concierne a lo vivo. Por eso, el uso de técnicas moleculares, genéticas, etc. hechas de espaldas a lo que hace la naturaleza o en contra de la  naturaleza a mí me llena de espanto. Porque la naturaleza no perdona. Es, en este sentido, inmisericorde. Hace unos meses, participé en el recorrido que, desde hace algún tiempo, realiza la plataforma “pobreza cero”, con motivo del día mundial de la erradicación de la pobreza. Al final de la marcha, un grupo de jóvenes, en plan festivo, portaba una pancarta que atrajo mi mirada: “somos la primera generación de la historia que podemos erradicar la pobreza sobre la tierra”. Cierto, desde muchos puntos de vista; pero habría que añadirle una apostilla: ojo, somos también la primera generación que podemos erradicar a los pobres de la faz de la tierra.

 

Esto es precisamente la cultura: erradicar la pobreza sin eliminar a los pobres, huir de los planteamientos dicotómicos: o desarrollo o naturaleza, o muchos y pobres o menos y ricos, o buenos o malos... Esto es lo que nos ha hecho daño, lo que ha cerrado esa simbiosis necesaria entre cultura y medio ambiente.

 

No podemos continuar con el discurso de “cultura o medio ambiente”. Ambas han de ser posibles, porque si sucumbe una, sucumbe también la otra. Por tanto, la cuestión de la cultura surge de inmediato. ¿Qué es lo que puede hacer realidad una u otra alternativa? Ciertamente, no es la capacidad tecnológica, que se puede usar en ambos sentidos: borrar el hambre del mundo o borrar a los hambrientos del planeta (incluidos nosotros mismos). Amenazas no faltan. Elementos novedosos que dan vértigo, por cuanto significa no sólo la posibilidad del ingenio, sino también de la torpeza humana. Depende.

 

Joseph Ratzinger nos da en parte la clave de esa visión, en su reciente encíclica “salvados por la esperanza”. En un genuino texto suyo, una frase de esas directas, hondas, que se clavan en la inteligencia y, a veces, en el corazón, nos dice lo siguiente: “La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo (naturaleza) y de la humanidad (hombre). Pero también puede destruir al hombre y al mundo (naturaleza) si no está orientada por fuerzas externas a ella misma”.

¿De qué fuerzas -y ahí está la clave, el nudo gordiano, el meollo-, se tratan? Ya lo anuncia en el siguiente número y lo desarrollará a lo largo de toda su encíclica, empalmando así con la primera que escribió –Dios es amor-. Subraya, en otra frase, plena de sentido, que “no es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor”. Y esto es básicamente la cultura, porque sólo el/la hombre/mujer es sujeto y objeto de nuestro amor. El mono, es incapaz: puede tener sentimientos, mostrar incluso cariño, pero, en el fondo, sólo se mira a sí mismo como individuo de una especie: es incapaz de trascenderse, de tener “cultura”. Porque sólo el amor nos humaniza, no la tecnología. Y más adelante, señala que, fruto de ese amor, se ha de hacer un discernimiento entre el bien y el mal...  En caso contrario, la situación del hombre, en el desequilibrio entre la capacidad material, por un lado, y la falta de juicio del corazón, por otro, se convierte en una amenaza para sí mismo y para la creación”. Una destrucción de la cultura.

 

Cuando a Einstein le preguntaron como sería la tercera guerra mundial, contestó, más o menos, que no lo sabía, pero que la cuarta sería con palos y piedras. Ratzinger concluye con el siguiente discurrimiento: “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza”. Sin horizontes y sin justicia. Esperanza y amor, grandes ausentes, al tiempo que presentes en lo más íntimo de nuestra civilización si no queremos que perezca.

 

Es necesario que surja una nueva cultura, pero una cultura que sea fruto de la civilización del amor, también de ese amor hacia la naturaleza como el entorno querido por el Creador: como el hogar, nuestra propia casa, en el que los humanos vivimos y nos desarrollamos en plenitud.

 

Recomendamos

Noticias de ageanet

Escriba su correo electrónico