Sociedad

GAIA

Publicado en Ecología y Población.

Es una palabreja griega. Significa Tierra. En 1979, James Lovelock y Linn Margulis lanzaron la hipótesis Gaia. Al principio, pasó bastante desapercibida, pero en los últimos años se ha retomado. Consiste básicamente en atribuir a la Tierra las propiedades de un organismo “vivo” e “inteligente” que funciona como un sistema en permanente equilibrio –homeostasis- que posibilita la vida en nuestro planeta. Este equilibrio es dinámico. Los seres vivos de la biosfera, que se considera como un único ecosistema o ecosfera -que incluye la totalidad de la vida del planeta (biota) más la atmosfera, la hidrosfera, la litosfera, etc.-, interactúan e intercambian continuamente diferentes elementos: ciclos del carbono, del nitrógeno, del azufre, etc..

 

La ecosfera funciona como un sistema que controla las condiciones en las que puede haber vida: regulación de la temperatura, de la salinidad en los mares, del ph de la biosfera, ciclos de la lluvia, etc.

La cosa no tiene más en sí. Entre otras razones –y nada superfluas- por la complejidad de las cuestiones planteadas; y porque es una hipótesis poco verificable. Aunque está relativamente bien construida, con una buena dosis de imaginación, es, para algunas cosas, resultona; y para otras, posiblemente fallida. Además, como, en la práctica, son inverificables muchas de la tesis que propone, quedan a ponderaciones posteriores, conforme se avance en las ciencias de la vida, de la geología, etc.

El problema, sin embargo, surge cuando se pasa de una simple hipótesis de pretensiones científicas a la consideración de construir con ella una poderosa arma de lo que se denomina biofilosofía: la explicación del ser del mundo y del ser humano y su constitución, en base a posturas supuestamente científicas.

Si lo tomáramos en serio, en realidad regresaríamos a una concepción precientífica de la Tierra como Diosa-Madre, una sacralización de lo que la teología cristiana había desacralizado; y la moderna ciencia habría desencantado: el hecho de otorgar cualidades cuasi divinas y teleonómicas a nuestro planeta: la Tierra considerada como el macroorganismo, del que nosotros no somos más que partes y, en el caso del hombre, una estructura errática que se ha salido del sistema Gaia, único sujeto de derechos y susceptible de ser conservado en su integridad. Surge de ahí una doctrina que abona las tesis de la deep-ecology y de la new age, que han visto en Gaia una audaz y sutil propuesta para explicar esa vuelta a los orígenes más remotos, aderezada con sabor “científico”: ecologismo radical –odio al ser humano que ha instrumentalizado y saqueado a la Madre Tierra- e indigenismo: los únicos que realmente están bien implementados en la ecosfera son los pueblos indígenas a los que la cultura y la civilización del hombre occidental aún no ha llegado.

Me causa estupor haberlo escuchado a personas cultas. Constituye la plataforma de una especie de nueva religión “verde”. Ya el biólogo J. von Uexküll introdujo la tesis de que el ser humano no está circunscrito al medio ambiente (Umwelt), a la tierra; sino abierto al mundo (Welt), en cuanto a todo lo que es, a la realidad.

Publicado en “Levante”