Sociedad

Constitución europea y cristianismo

Escrito por José Luis Requero. Magistrado y vocal del Consejo General del Poder Judicial de España. Publicado en Europa.

El Tratado de Niza de 2001 ha sido la última gran reforma de la Unión Europea. Para acomodar sus instituciones a la adhesión en 2004 de países del centro y este europeo, invitaba a un debate sobre el futuro de Europa. Tras la Declaración de Laeken (diciembre de 2001) una Convención, presidida por Giscard D'Estaing, redactó el proyecto de Constitución europea aprobado el pasado 20 de junio, que se debatirá a partir del próximo lunes en la Conferencia Intergubernamental para aprobarlo en primavera.


Los términos no son gratuitos y cuando se apela no a una modificación o refundición de los actuales Tratados sino a una Constitución para Europa, es que la empresa política es de primera magnitud, de ahí que en Laeken se hablase de "Europa en una encrucijada", de "punto de inflexión". La historia del constitucionalismo occidental desde finales del siglo XVIII muestra que elaborar una constitución no es una operación de laboratorio, ni Europa admitiría ya lo que antes sería un texto otorgado graciablemente por el soberano -ahora por los Estados- a sus súbditos. Es un movimiento de abajo arriba que al ordenar la convivencia, debe reflejar la idiosincrasia, la cultura y tradición en general, y jurídica en particular de una comunidad. Los aciertos en esa empresa se saldan con constituciones perdurables; pero si el texto es artificial, una prótesis, ya sabemos lo que ocurre mirando a países dotados de constituciones inviables. Hay que entender esto para calibrar lo que supone que la Unión Europea, como organismo vivo en desarrollo, opte por una Constitución y trace una línea, un antes y después, en la historia de este viejo y complejo Continente.

En la Declaración de Laeken, el Consejo Europeo hizo un certero análisis de cómo ha evolucionado la Unión. En la segunda posguerra mundial se gestó una comunidad europea con ánimo de romper con los "demonios del pasado" -las guerras en el corazón europeo entre Francia y Alemania-, de ahí que se comenzase con la puesta en común del carbón y el acero, materias que eran la base del poder militar. El deseo de paz y la amenaza soviética -cierta aquellos años con la guerra de Corea-, fueron un poderoso motor que alumbró una Comunidad expansiva que de la unión aduanera en esas materias ha pasado a un mercado y una moneda única y a políticas comunes de seguridad, defensa, materia monetaria, inmigración, etc. Y una vez recuperada de esa salvaje mutilación que fue el Telón de Acero, Europa está destinada a una reintegración plena.

Con esta Constitución de los ciudadanos se cumple lo que pensaron los padres de Europa, Schumman, Adenauer o Monet. En esta tesitura, la Constitución no puede ser sólo -y ya es mucho- un código institucional de reparto de poder o de equilibrios para la viabilidad de un espacio jurídico, de convivencia y de prosperidad que va de Cádiz a Finlandia, de Irlanda al Mar Negro, ni una carta de Derechos para varios centenares de millones de europeos. Si hay -seguro que la hay- grandeza de miras, tiene que partir del nervio, del alma de Europa. Se comprende así que muchos, con el Papa Juan Pablo II a la cabeza, insistan en que la tradición y el presente de la Europa cristiana tienen que reflejarse en su texto. La autoridad moral de su pontificado es innegable y, en todo caso, Europa le debe mucho pues sin él no se comprendería su historia de los últimos 20 años; además la idea de Europa ha sido una constante en su doctrina, desde Santiago de Compostela en 1982 hasta la Exhortación Ecclesia in Europa, pasando por un Sínodo, decenas de discursos, alguno ante el Parlamento europeo. En esa doctrina hay una constante: Europa se juega su futuro si es coherente con sus raíces.

Es acertado que en Laeken se dijese que Europa ya no es sólo una cuestión de libre comercio: es algo más. Europa no es sinónimo de cuotas lecheras, caladeros o de una mera unión aduanera, aspectos que concretarán ciertas políticas instrumentales; pero dar con el nervio y el alma de Europa es una empresa mucho más ambiciosa.Aun así, esa perspectiva a veces se pierde de vista; vaya como ejemplo el documento de la Comisión sobre el espacio universitario europeo cuando dice que la misión de la universidad en Europa es lograr mayores cuotas de producción. Una visión corta, secamente economicista que persiste y que revolverá en sus tumbas a los fundadores de Oxford, Cambridge, Bolonia o Salamanca. Pues algo parecido podría ocurrir con la Constitución europea.

Está de más ahora exponer que Europa no se entiende sin su herencia cristiana, lo mismo que ocurre, por ejemplo, con la cultura clásica grecolatina o el Derecho Romano, sin embargo ha sido decisiva la influencia de la Convención de Giscard D'Estaing, que al principio redactó un Preámbulo de Constitución referido sólo a la herencia grecorromana y a la Ilustración. Esta actitud jacobina choca con la de otros franceses de clara vocación europeísta, piénsese en el Cardenal Arzobispo de París, Lustiger, o fuera de ámbitos eclesiásticos, en el propio padre de Europa Robert Schumman -por cierto, en vías de beatificación- cuando en su obra Pour L'Europe (1963), decía a las claras que el alma de Europa está en sus raíces cristianas. Esa omisión inicial ha sido rectificada en el proyecto definitivo al citar la "inspiración de las herencias culturales, religiosas y humanistas". Términos vagos e insuficientes, por lo que parece razonable que se diga algo más, y si dice que Europa "es un continente portador de civilización" hay que profundizar en el contenido de esa obra civilizadora por hacer honor a la verdad histórica, por su valor pedagógico y por lo que tiene de autoafirmación sincera de su propia identidad.

¿Implicaría esto un giro confesional en una Europa aconfesional y laica? No, pues hay confesionalismo cuando un Estado declara una determinada fe como oficial, pero lo que se debate ahora es que todo un continente reflexione y haga honor a su verdad histórica, sin silenciar ni ignorar cuáles son los valores y principios que le identifican. Reconocer, por ejemplo, que las aportaciones de los teólogos de la Escuela de Salamanca son fundamentales en la doctrina de los derechos humanos y la dignidad humana ¿es confesionalismo o afirmar una verdad histórica?

Como dice la Declaración de Laeken, estamos en una encrucijada histórica, en un punto de inflexión. He citado a Schumman, a Adenauer, protagonistas de otra encrucijada, la de 1945 a 1950, y gracias a ellos tenemos la Unión Europea. El Canciller Adenauer fue especialmente lúcido. Ante una Alemania devastada y mutilada, se preguntaba en sus Memorias cómo había llegado a esa situación y hallaba la causa en un pueblo sin conciencia de su responsabilidad, acrítico. Para su reconstrucción "era necesario educar a los jóvenes de nuestra futura Alemania para que fueran personas responsables políticamente, no se dejaran controlar ni guiar inconscientemente y tuvieran la voluntad y la habilidad de ordenarse responsablemente como hombres libres". Según el Canciller, esa educación debía basarse "sobre un espíritu cristiano y democrático y tenía que abrir a esta juventud la puerta, hasta ahora cerrada, de las convicciones y posturas humanas generalmente válidas". Estas ideas, motor de la reconstrucción alemana, también le inspiraron a la hora de hacer la Comunidad Europea, y es que cuando Europa está en una encrucijada surgen estadistas -Schumman, Adenauer- que miran a lo que es, a sus raíces.

(Artículo publicado en el periódico "El Mundo" de Madrid, el día 3 de febrero de 2004)