Sociedad

Europeidad: algo más que un nombre

Escrito por Luis Suárez Fernández - Académico de la Historia - Colaborador de GEA-Madrid. Publicado en Europa.

Al principio, cuando Beda, el anónimo de Córdoba o Eghinardo emplearon el término Europa, se están refiriendo a un suceso: la sustitución de la vieja romanidad latina por una nueva en la que se insertan los germanos. Pero esa sustitución se refería a un aspecto, el cristianismo, que actuaba como profundo unificador en el pensamiento y en la conducta, haciendo que latinos y francos y sajones y otros más formasen la nueva y sólida comunidad.


Por eso, no tardando mucho, el nombre fue sustituido por el de Universitas christiana (comunidad), Respublica christiana (forma de gobierno), o, simplemente, Christianitas, que nos indica un modo de ser. A eso es a lo que llamamos europeidad.

Sus grandes fundadores pusieron los cimientos.
Benito enseñó que la libertad nace del cumplimiento del deber en la verdad, que el trabajo es siempre honorable si se encamina al bien común, y que la vida es un ritmo de tres tiempos en que, labor, estudio y oración forman los ángulos esenciales.
Gregorio habló de la plena dignidad que reviste la naturaleza humana.
Isidoro enseñó que el saber no se encamina tanto a la utilidad material cuanto al crecimiento del hombre, que es lo que constituye progreso.
Y Bonifacio derribó a hachazos el árbol de la superstición, y murió mártir mientras se defendía con un ejemplar de las Etimologías, de san Isidoro.

De este modo nacieron las cinco naciones que forman Europa, por este orden: Italia, Alemania, Francia, España e Inglaterra, que marca la relación con Roma. A la antigua politeia griega sucedía una nueva, formulada por san Agustín como ciudadanía de Dios, es decir, obediencia a los mandatos éticos que la Iglesia custodia convirtiendo el poder político en simple medio.

Europa salió de la espantosa ruina en que la sumiera la caída del Imperio romano, y entró en un esquema en que las monarquías, como embriones de Estados, trataban de garantizar un pacto entre rey y reino en el cumplimiento de las leyes. Es a esto a lo que llamaban libertades en plural.

Y se descubrió finalmente que el ser humano está dotado en su naturaleza de esas tres condiciones: vida, libertad y propiedad, que se identifican con derechos naturales humanos, porque pertenecen a su propia naturaleza y no son producto del consenso.

Pero después del siglo XIII, el más maduro y eficaz de su historia, esa unidad se rompió. Frente a la racionalidad tomista se alzó el nominalismo voluntarista, tratando de apoderarse también del protagonismo de la persona humana en un nuevo Humanismo. Y no hubo diálogo. Erasmo será combatido por ambos frentes.Sin diálogo se entra en guerra.

Hubo un momento de descanso, en 1648, en que se creyó encontrar la solución a esta ruptura, consolidando el Estado. Es la fórmula de Westfalia o, mejor, de Hobbes y su Leviathan.

No hubo paz sino guerra, en una secuela prolongada: Luis XIV, Sucesión española, Pragmática, Siete Años, revolucion e Imperio, Crimea, 70, 14 y 39, cada vez más duras, hasta hacer del siglo XX el más cruel de la Historia.

Y en ese punto de llegada, tres católicos -Adenauer, Schuman y De Gasperi- levantaron la voz para decir: basta. Ése es el esfuerzo constructor que ha librado a Europa de la trampa de siglos.

Pero que nadie se engañe. A menos que se restauren, conserven y amen los fundamentos esenciales de esa europeidad, antes llamada Cristiandad, el resultado no será duradero. Europa necesita, ante todo, un sistema de valores, concordes con la naturaleza y no contrarios a ella, si quiere salir adelante del impasse en que se viera sumida.

Es el gran desafío, de modo especial, para los cristianos. Defender las raíces de la europeidad no es otra cosa que volver a ser ella misma. 

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