Sociedad

Corazón de Europa

Escrito por Ignacio Sánchez Cámara - Publicado en La Gaceta el 31-05-06. Publicado en Europa.

“Si alguna vez Europa dejara de ser cristiana, dejaría de ser Europa” El presidente del Gobierno español, antes de serlo, anunció que devolvería a nuestra Nación al corazón de Europa. Con esta expresión, algo torpe y presuntuosa, se refería, principalmente, al eje franco-alemán y al abandono del atlantismo impulsado por Aznar. Como si hubiera que optar entre el europeísmo y la alianza con Estados Unidos. Como si no existiera la Alianza Atlántica. Pero Francia se encuentra en una grave crisis, y Alemania ha operado un cambio de rumbo decisivo y benéfico con el nuevo canciller, Angela Merkel. A Zapatero se le ha trastornado un poco el “corazón de Europa”. Ya no es lo que era. El problema es que este corazón o alma de Europa no se encuentra donde lo busca nuestro presidente. Dos hechos recientes lo atestiguan, un viaje y unas declaraciones: el viaje de Benedicto XVI a Polonia y las declaraciones de Angela Merkel sobre la necesidad de preservar las raíces cristianas de Europa.

Un Papa alemán, Benedicto XVI, visita Polonia y profundiza en la reconciliación entre alemanes y polacos, promovida por Juan Pablo II. Durante la segunda guerra mundial murieron seis millones de polacos, la mitad de ellos judíos. Esta reconciliación comenzó en 1965 con la publicación de la carta de los obispos polacos titulada “Perdonamos pedimos perdón”. El domingo pasado, Su Santidad visitó Auschwitz y Birkenau, lugares donde el hombre rebajó más allá del suelo el nivel de su dignidad. El Papa Ratzinger viajó como católico, ya que “la nacionalidad es una cosa relativa”. No se trata de un viaje sentimental sino de la continuidad de la misión que empezó su antecesor. Acaso Polonia pueda ser pronto una excepción europea, si la mayoría de los países de Europa dan la espalda a su vocación cristiana originaria. Y no hay que olvidar que el totalitarismo sólo fue posible cuando Dios fue expulsado de la vida pública. El “silencio de Dios” era más bien la sordera culpable del hombre. La reconstrucción de Europa sólo puede proceder de la reconciliación, de la cauterización de las viejas heridas y de la recuperación de su esencia cristiana.

Hace sólo unos días, la canciller federal Angela Merkel defendió la necesidad de definir los límites de Europa y preservar sus raíces cristianas. Ni la unión puede aceptar a todo el que quiera ingresar, sin requisitos ni condiciones, ni es posible dejar de lado la cuestión de la cultura cristiana de la Unión, incluso reabriendo la discusión sobre la mención al cristianismo en el Preámbulo del proyecto de Constitución.

En el cristianismo reside el alma y el corazón de Europa. Y no se trata sólo de unas raíces culturales o de la imposibilidad de entender la cultura europea sin la referencia al cristianismo. Es que, en cierto sentido profundo y radical, Europa es el ámbito espiritual de la Cristiandad. Así, no es sólo el cristianismo algo que haya actuado en el pasado o haya impregnado nuestra cultura y nuestra acción en la historia. No sólo constituye el fundamento de las raíces culturales de Europa y la condición de la posibilidad de su inteligibilidad. No sólo forma parte del pasado sino también del presente y del futuro. Si Europa dejara de ser cristiana, dejaría de ser Europa; sería otra cosa distinta. Naturalmente, eso no significa que todos los europeos (ni siquiera acaso la mayoría de ellos) tengan que ser cristianos. Existen, al menos, cinco ideas y principios cristianos, que forman parte de la naturaleza de la cultura europea: la creencia en la existencia de un Dios personal que se comunica con el hombre y cuida de él; la idea de la creación divina del mundo a partir de la nada; la suprema dignidad del hombre como ser personal, creado por Dios a su imagen y semejanza; la convicción de que el hombre es libre y responsable de sus actos, y no un mecanismo ni un animal más; y la fe en la resurrección de la persona y en su vida perdurable después de la muerte. Europa es el ámbito histórico de estas cinco convicciones, y de otras muchas derivadas de ellas, como nuestras instituciones políticas democráticas y liberales y la idea de los derechos humanos. La democracia y el respeto a los derechos arraigan con dificultad en las sociedades que no han recibido el influjo del cristianismo.

Al mismo tiempo que se producía ese viaje y esas declaraciones, el Episcopado español y el Ministerio de Educación volvían a exhibir sus discrepancias sobre la regulación de la clase de Religión. Lo más relevante es precisamente lo que más es cuestionado. Hay quien piensa que es el relativismo, y no la verdad, lo que nos hace libres. Resulta casi imposible entender ese esfuerzo por eliminar lo que forma parte esencial de la cultura europea. La religión no es un capricho o una arbitraria opción personal. La solución, sin embargo, se encuentra precisamente en la vuelta al verdadero corazón cristiano de Europa, ese corazón al que nos prometió llevarnos Zapatero, pero que, al parecer, ignora dónde está.