Sociedad

Multiculturalismo

Escrito por Jaime Siles, Catedrático de Filología Clásica.- GEA Valencia. Publicado en Laicismo-laicidad.

Resumen de la conferencia pronunciada por el Dr. Siles en el transcurso de la Tertulia LX de GEA Valencia.
La democracia se siente agobiada cuando tiene que dar soluciones a problemas multiculturales. La democracia también aprende a vivir y no debe errar cuando va cubriendo los vacíos legales, las lagunas verbales. Las ideas, las buenas, las que descansan en los derechos humanos y se esfuerzan en prolongarlos y depositarlos en la ciudad, precisan de una ley que se sienta al servicio del ciudadano.

Una ley que defienda el bien allí donde esté y persiga el mal donde radique, y todo esto sin las prisas que son muchas veces malas consejeras. Pensemos en el caso Roma, en el helenismo... que fraguaron una ciudad multicultural después de muchos siglos y de la acogida de los llamados bárbaros que eran expulsados de sus naciones por la fuerza de la hambruna. El multiculturalismo romano se enriqueció cuando se otorgó la ciudadanía romana a todos aquellos que se la ganaron. Los derechos también se ganan. Nadie se extrañaba de que aparecieran emperadores romanos, filósofos, nacidos en España, como si fueran de la más pura estirpe romana.

Al logos griego que fue apareciendo a través de siglos, el pueblo romano le aplicó la lex, la praxis. Poco a poco se fue fraguando un culturalismo del multiculturalismo. Y a estos dos componentes de la lex y del logos se le añadió el humanismo del cristianismo que conforma el cálidol ambiente donde el logos y la lex se renuevan según las circunstancias. Una democracia viva se encuentra siempre en desarrollo de madurez. En el multiculturalismo siempre hay más de un pueblo, pero un espíritu que madura nuevas y mejores semillas.

La democracia se siente agobiada cada vez que suenan las trompetas de guerra de las culturas, y ante el agobio precisa de tiempo fundante y espacio acogedor para su madurez y contemplación. Se crece para adentro y no al compás ensordecedor de las manos alzadas. La democracia sabe que si no cuida su pensamiento (logos) y corazón (lex) quedará absorbida por la vorágine y devorada por su fragilidad. Quien no se cuida perece ante el envite de las hordas.

Y el mejor cuidado es esforzarse por ser el mejor y el primero en todo. Si la democracia no cuida este elitismo moral, científico, pedagógico, social... muy pronto se verá cautiva y esclavizada por los otros. Si la sociedad no cuida, ni exige lo que debe exigir a sus ciudadanos jóvenes, si no apoya una universidad de investigación, si no evalúa los gastos de la enseñanza, si no exige a sus estudiantes la calidad, muy pronto nos veremos en manos de médicos que no lo son, de arquitectos que no lo son, de ingenieros que no lo son. Y esto ha ocurrido no hace mucho, que han sido devueltos desde África un grupo de médicos que se fueron para allá a ayudar, y fueron devueltos para que aprendan a ser médicos. El título sí lo tenían, pero, olvidaron que para servir, servir.

El multiculturalismo nos ha llevado a la tan ansiada ley de calidad de la enseñanza. Es que no hay multiculturalismo si no hay calidad. Un multiculturalismo no es agregación, suma, sino vida y la vida se prende precisamente en el ámbito de la excelencia moral. No hay calidad sin esfuerzo, sin sacrificio. Y bienvenida sea toda invitación a que los mayores se sientan respaldados por unos jóvenes que más allá del botellón, se instalan en el ámbito del esfuerzo y de la calidad y que no tengan miedo a la reválida porque son muy espléndidos y transparentes.

Para que una democracia acoja otras culturas debe sentirse fuerte y segura en su calidad. En el multiculturalismo no vale todo. Preferimos la civis romana, la ciudadanía, a la polis o fuerza del estado. Y sobre todo elegimos como mejor el humanismo que ha brotado del cristianismo y que ha alimentado tanta experiencia y sabiduría a través de los siglos.

El ciudadano crea y el estado adormece. Demasiados ejemplos hemos tenido durante el siglo XX. Una democracia sana jamás tiene miedo a la libertad, ya que sabe que entonces tendrá los mejores médicos, los mejores profesores y, por fin, los mejores políticos, que buena falta nos hacen.

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