Sociedad

La búsqueda de la verdad, frente a la búsqueda de la certeza

Escrito por Alejandro Llano. Publicado en Laicismo-laicidad.

Resumen -realizado por "Alfa y Omega"- de la conferencia pronunciada por este insigne profesor de la Universidad de Navarra, en el ciclo Empresa y sociedad civil, organizado por el Foro Iberdrola, en la que afrontó el problema de la desvitalización de la democracia, como consecuencia de la "colonización del mundo vital" por las organizaciones políticas, el mercado y los medios de comunicación colectiva.


El carácter relacional de los valores cívicos


A no pocos cultivadores de las ciencias sociales y políticos en activo les preocupa seriamente la desvitalización de la democracia, como resultado del monopolio que de la vida pública tienen, de hecho, los partidos: la partitocracia es, efectivamente, una grave enfermedad política, especialmente en los países latinos y centroeuropeos.

Por mi parte, en cambio, considero que nos encontramos ante un problema de más amplio alcance. Se trataría de una colonización del mundo vital, de la existencia interpersonal y social, por parte, no sólo de las organizaciones políticas, sino también de los otros dos componentes que integran el tecnosistema, a saber, el mercado y los medios de comunicación colectiva.

El entrelazamiento y mutua imbricación de Estado, mercado y medios de comunicación social da lugar a una tecnoestructura autorreferencial, que dificulta extraordinariamente la posibilidad de una comparecencia activa de los ciudadanos y de las instituciones sociales básicas -como son la familia, la escuela o la empresa- en el espacio público.

En consecuencia, no creo que la vitalización de la vida social pueda proceder a una reforma de la estructura político-económica. Eso vendría a ser algo así como poner al lobo a cuidar de las ovejas.

Humanismo cívico

El nacedero de las energías que pueden regenerar y revitalizar el tejido social se encuentra, a mi juicio, en los propios ciudadanos y en las solidaridades primarias y secundarias que emergen desde la espontaneidad vital y la responsabilidad cívica. Parto del convencimiento de que el intervencionismo estatal en la vida personal, familiar y empresarial, la mercantilización consumista y la manipulación de la opinión pública llegan tan lejos como se lo permite la irresponsabilidad ciudadana, el narcisismo individualista y la renuncia a pensar por cuenta propia.

A esta propuesta regeneracionista la denomino humanismo cívico, siguiendo sugerencias de estudiosos recientes de la tradición republicana, entre los que destacaría a Hans Baron y J.G.A. Pocock. Debajo de tal rótulo no se ofrece, obviamente, un manifiesto político, ni de una especie de metaprograma de gobierno. Es una interpretación de los rasgos culturales de nuestro tiempo y la propuesta de un cambio de paradigma intelectual, como condición de posibilidad de una emergencia de la sociedad misma en una complejidad cada vez más tupida.

El predominio de los factores tecnocráticos en la configuración de la cosa pública está ligado a la prevalencia del paradigma de la certeza, propio del racionalismo moderno. Según este modelo epistemológico representacionista, la realidad se agota en el panorama de unas objetividades unívocas y homogéneas, a las que se puede acceder, sin temor a errar, por medio de un método adecuado, que vendría a ser la lectura matemática de una realidad física y social entendida de modo mecanicista, según las propuestas de Galileo, Descartes y Hobbes.

De acuerdo con este enfoque, no hay profundidad en lo real, que se presenta ante el espectador riguroso sin misterio alguno. El investigador salta de objetividad en objetividad, realizando un indefinido proceso de articulación y desarticulación de las representaciones fenoménicas, tanto en el ámbito de la naturaleza como en el de la sociedad.

La reflexión sobre el final de la modernidad -anticipada hace más de medio siglo por Romano Guardini- y el surgimiento de una nueva sensibilidad, a la que -en cierto sentido- se podrá calificar de postmoderna, han puesto masivamente en evidencia que el proyecto ilustrado resulta improseguible.

Es preciso sustituir el paradigma de la certeza por el paradigma de la verdad, según la terminología de Alasdair MacIntyre. Conforme a este segundo modelo, el conocimiento de la realidad no es una tekhné, sino que constituye una praxis en sentido aristotélico, es decir, un rendimiento vital (el más pleno) del hombre y la mujer que buscan desentrañar el misterio de lo real, atraídos amorosamente por la verdad en la que ese enigma se desvela a lo largo de la Historia.

Además, nunca es un empeño individual, porque el progreso del saber sólo acontece en comunidades de indagación y aprendizaje, que van decantando tradiciones de investigación, en las que las personas se integran y contribuyen a la empresa epistemológica común.

Las comunidades -familia, escuela, empresa- que se constituyen en protagonistas natos de la actividad social no son un mero agregado de individuos, ni una totalidad inicial que luego pudiera trocearse, sino que su realidad es la de un plexo de relaciones, de manera que los valores que ellas acogen y promueven tienen siempre, a su vez, una índole relacional.