Sociedad

Poder espiritual

Escrito por Ignacio Sánchez Cámara. Publicado en "La Gaceta". Publicado en Laicismo-laicidad.

Una sociedad sin poderes espirituales es una sociedad mediocre que camina hacia su decadencia. Un Estado y un Gobierno liberales respetarán a los poderes espirituales y estimularán su desarrollo. Un Estado totalitario o demagógico recelará de todo poder que se le oponga y aspirará a debilitarlo o suprimirlo

Los acontecimientos más visibles y tremendos suelen afectar a la superficie de la vida social, y son efectos y consecuencias de fenómenos más profundos. Acaso esto suceda con los problemas políticos que padecemos: que sean consecuencia de males sociales más hondos, que afectan a la estructura profunda de nuestra sociedad. La democracia es el régimen de la opinión, pues es la forma política en la que el poder procede de la opinión y descansa sobre ella. Incluso cabe afirmar esto de todas las formas políticas, pues no es posible gobernar de manera estable y normal sin contar con la opinión pública.

Ahora bien, el proceso de formación de esta opinión no es un problema político, sino educativo. En toda sociedad debe haber un poder espiritual o varios, que influyen sobre la opinión pública y la forman. Así, la fuerza física que todo poder político entraña descansa en última instancia sobre un poder espiritual.

A lo largo de la historia ese poder ha correspondido y ha sido ejercido por diferentes titulares. En ocasiones, lo fue el Estado; hoy es imposible. Si el poder político depende de la opinión y está subordinado a ella, no puede erigirse en el poder espiritual. Es siervo y no señor. Digamos que el poder político, tan tremebundo y visible, es, en el fondo, muy poco poderoso, y vive atento a los más mínimos gestos de su señor: la opinión pública. También ha sido ejercido por la Iglesia, pero en los últimos tiempos ha visto menguada su capacidad para ejercer el poder espiritual. Para unos, porque se ha anclado en el pasado y ha olvidado el presente; para otros, porque el estado dominante de la opinión dificulta enormemente el ejercicio de toda autoridad espiritual. En cualquier caso, sigue siendo una de las pocas instituciones que se atreve a oponerse y criticar a la opinión dominante. Y éste es uno de los rasgos y atributos de todo poder espiritual.

La escuela y la universidad serían los principales aspirantes a ejercer esa función, mas hoy viven, en cierto estado de degradación, sometidas al poder político o presas de los dictados de la opinión dominante y de la corrección política. Especialmente, la universidad parece renunciar a la verdadera misión intelectual, que consiste en oponerse a la opinión dominante y, a la vez, seducirla. La prensa podría ejercer esa función. Incluso cabría pensar que constituye hoy el verdadero único poder espiritual. Pero, no parece que sea así, no parece que le preocupe, en general, mucho la formación de la opinión pública. Además, la mayoría de los medios viven sometidos al poder político o condicionados fuertemente por él. Queda finalmente el ámbito de la familia, acaso el último reducto del poder espiritual, ejercido por los padres (acaso sólo por una exigua minoría de ellos).

Un Estado y un Gobierno liberales respetarán a los poderes espirituales y estimularán su desarrollo. Un Estado totalitario o demagógico recelará de todo poder que se le oponga y aspirará a debilitarlo o suprimirlo. Esto explica la política que se sigue contra los poderes espirituales, para aniquilarlos o vaciarlos de autoridad. Se explican así las políticas educativas, la actitud hacia la Iglesia católica, las agresiones a la familia, la manipulación y el control de los medios de comunicación. El objetivo sería que no hubiera ningún poder espiritual, de manera que todo el campo quedara libre para la acción omnímoda del poder político. Una sociedad sin poderes espirituales es una sociedad inerme y mediocre que camina hacia su decadencia y su destrucción. Pero es también, por ello mismo, una sociedad maleable y dócil a los poderes no espirituales, sin capacidad de crítica, sin aspiración hacia una verdad que no hay que buscar porque ya reside en el seno de la opinión dominante. En estas condiciones, un Gobierno ni siquiera tiene ya que molestarse en convencer, pues por provenir de la mayoría es ya depositario de la verdad.

Acaso aquí se encuentre la clave de nuestra anómala situación política. Asistimos a un proceso, tan premeditado como intelectual y moralmente rastrero, de transformar radicalmente la sociedad, mediante una especie de revolución, sólo aparentemente legal, que invierta o destruya sus valores tradicionales. Para ello es ineludible destruir todo poder espiritual y erigir al poder político y a las eventuales mayorías parlamentarias en oráculos de la verdad moral y de la justicia. ¿Quién se dedicará a corregir, elevar y perfeccionar a la opinión pública? Todo lo demás, con ser grave, es efecto y consecuencia de esta anomalía profunda y superlativa: la demolición de la transición y la concordia, la ruptura revanchista, el intento de eliminación política de la mitad aproximada de la sociedad, la crisis institucional. Todo ello va encaminado a la perpetuación en el poder. Pero la piedra angular es la destrucción del poder espiritual.

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