Sociedad

La televisión y el postperiodismo: el entretenimiento es el rey [y no hay policía en el circo]

Escrito por José Javier Esparza. Publicado en Medios de comunicación.

La progresiva transformación del medio televisivo en un dispensador de entretenimiento está haciendo que los criterios profesionales clásicos, que dividían nítidamente los ámbitos de la comunicación –formar, informar, entretener– desaparezcan. Ahora se impone una realidad confusa, magmática, donde ya todo forma parte de un único espectáculo indiferenciado e ininterrumpido.  El periodista y crítico de televisión José Javier Esparza analizó este fenómeno en una conferencia, de la que ofrecemos un extracto, pronunciada en el 4º Congreso Internacional de Ética y Derecho de la Información, organizado por la Fundación Coso, de Valencia.

En las Facultades de Ciencias de la Información se enseñaba tradicionalmente que la función de los medios de comunicación es informar, formar y entretener. Se suponía que la información era lo prioritario. Esta misma tríada se trasplantó casi idéntica a la televisión, que, ciertamente, formaba poco, y que entretenía mucho, pero donde la información desempeñaba un papel importantísimo. No es que el grueso del horario de emisión fuera esencialmente informativo, pero el peso de los periodistas en cualquier cadena de televisión era enorme, a los programas informativos se les concedía una gran importancia y los informadores, por decirlo así, eran la aristocracia de cada canal.

 

Que siga el espectáculo

Todo eso, sin embargo, ha cambiado aceleradamente en los últimos años. El entretenimiento ha ido creciendo hasta invadirlo absolutamente todo. Incluso la información y la formación están empezando a elaborarse según criterios de entretenimiento. Y por todas partes proliferan los programas exclusivamente orientados a satisfacer las necesidades de ocio de unos espectadores cada vez más voraces, aunque no más exigentes.

 

Por supuesto, la información sigue siendo importante: todos los canales, con pocas excepciones, exhiben mucho sus armas informativas, los micrófonos de sus periodistas; pero las exhiben como se exhiben las armas de poder, es decir, para provocar un efecto ora disuasorio, ora de seducción, en el resto de los poderes de la sociedad. No se atiende a los servicios informativos porque ellos sean la expresión de un proyecto de comunicación, proyecto al que se subordinaría el resto de la parrilla, sino porque los informativos son el arma más poderosa para la estrategia política de los canales, esa arma que, bien utilizada, puede servir para obtener favores o devolver agravios.

 

En los últimos quince años, al ritmo del desarrollo tecnológico y comercial, la televisión ha variado sensiblemente su posición en el mundo de la comunicación. Ya no es, o lo es sólo secundariamente, un medio de información, sino que ha pasado a convertirse de manera principal en un medio de entretenimiento, en un dispensador de espectáculo.

 

Confusión de géneros

Esta nueva circunstancia afecta por igual a quienes se encuentran a los dos lados de la pantalla. A quienes hacen la televisión, porque su trabajo ha dejado de regirse por los criterios ético-profesionales que caracterizaban al trabajo periodístico: en el universo del entretenimiento, del espectáculo, principios como el de veracidad o el de servicio público empiezan a carecer de sentido, en beneficio de criterios estrictamente comerciales, de rentabilidad. Y a quienes ven la televisión, porque su actitud ante la pantalla ha de cambiar: ya no pueden contemplarla como se contempla a un espejo de la realidad, pues su misión es otra, ni pueden tampoco dispensarle el respeto que merece una autoridad en el ámbito público, porque la tele ha renunciado a tal condición.

 

Veamos, primero, cómo afecta esto a quienes hacen la televisión, a unos profesionales que sólo en parte son propiamente periodistas. El periodista es un informador y, ocasionalmente, un "opinador". No es un "showman", o al menos no es ésta su misión natural. La hipótesis de que un periodista sacrifique las normas canónicas de la información –la veracidad, por ejemplo– en beneficio del entretenimiento es sencillamente descabellada.

 

Sin embargo, lo que hemos visto en los últimos años es que la televisión, que genera su propio lenguaje y su propio estilo, ha ejecutado una sorprendente fusión (o, más bien, confusión) de géneros; una fusión en la que resulta cada vez más difícil discernir dónde acaba la información y dónde empieza el entretenimiento.

 

Con tal que aumente la audiencia

Tomemos un ejemplo: el de la periodista Lidia Lozano y su búsqueda fantasma de la hija perdida de dos artistas italianos. Lidia Lozano se inventó una noticia: la muchacha en cuestión no había muerto, según se suponía, sino que estaba viva. La noticia, hábilmente explotada por los programadores, llenó muchas horas de televisión durante varias semanas. Cuando todo se reveló falso, la noticia naufragó como hecho veraz comunicable, pero no como acontecimiento, es decir, no como objeto de espectáculo: días y días se prolongó el relato confiriendo ahora a la periodista el papel de acusada, lo cual incluyó algún bochornoso episodio regado por las lágrimas de la culpable.

 

La Federación de Asociaciones de la Prensa de España reprobó públicamente la conducta profesional de Lidia Lozano. Ello no impidió que la periodista siguiera siendo asidua colaboradora de la misma cadena, incluso de los mismos programas donde la falsa noticia estalló.

 

En este caso, la pregunta es qué código profesional se aplica a la cadena, pues ésta no sólo explotó durante semanas el argumento conociendo su poca base, sino que mantuvo a la periodista a pesar de la pública reprobación que cayó sobre Lidia Lozano. Ocurre que la cadena no ha juzgado la falta de la periodista con un criterio propio de profesionales de la información, sino con un criterio de empresa de espectáculos: en un plato de la balanza se pone la trasgresión ética y la decencia profesional, en el otro se pone la cuota de pantalla y los beneficios obtenidos por el escándalo, y si este segundo plato pesa más que el primero –y siempre pesa más–, entonces no hay culpa que no admita absolución.

 

Por supuesto, en la tele hay otras muchas formas de entretenimiento que no despiertan tantos problemas éticos: series de ficción, concursos, "reality-shows"… Digo que no presentan tantos problemas éticos porque el producto que ofrecen, al fin y al cabo, no aspira a ocultar su nombre y ni siquiera aspira a la veracidad. (...)

 

Fábrica de realidad

El espectador sigue acercándose a la televisión como quien acude a una fuente de realidad. Esto no quiere decir, evidentemente, que el espectador se crea a pies juntillas todo lo que ve en la tele, que confunda la realidad con la ficción. Lo que quiere decir es que la fuerza de la televisión es tan intensa, la capacidad de impregnación psicológica de la imagen televisada es tan feroz, que sus historias, sus personajes, los comportamientos que reproduce o las modas que transporta, terminan siendo emulados por la sociedad entera y, así, convirtiéndose en realidad viva.

 

En muy buena medida, la televisión se ha convertido en una productora de cultura, de criterios éticos y estéticos, de formas concretas de vivir y también de prejuicios sobre lo bueno y lo malo. Y esto, por cierto, se ejecuta de manera más eficaz a través de los programas de entretenimiento, que imponen modas e ideas sin coacción aparente, que a través de los informativos, cuyos contenidos, precisamente por permanecer en el ámbito del periodismo clásico, siempre están expuestos a que el espectador active la barrera crítica.

 

Este carácter "creador de realidad" de la televisión es importante, y volvemos al eje de nuestro tema, por la posición en la que queda el espectador. Lo que el espectador se encuentra, mucho más allá de los telediarios, es un expendedor de espectáculo que es percibido como espejo de la vida y que continuamente le está proponiendo mensajes, ideas, imágenes, impulsos, emociones.

Cómo defender la autonomía

 

En una situación así, el problema que se le plantea al espectador, al ciudadano que consume televisión, ya no se limita a los viejos términos de la exigencia de veracidad en la información o del requisito de honradez en los concursos, sino que se extiende a la comunicación televisiva en su conjunto, a la televisión como mundo autónomo que determina el mundo real de los ciudadanos. El problema del espectador, ahora, es cómo controlar al aparato, cómo hacer para que su autonomía de persona singular sea salvaguardada.

 

Suele decirse, sobre todo por parte de la gente que hace la televisión, que los ciudadanos no se plantean estas cosas en términos de conflicto. Si hubiera tal conflicto –arguyen–, los programas más polémicos no tendrían tan altas audiencias. Supongo que es cuestión de perspectivas y que todo depende del tipo de ciudadano con el que uno trate. La cifra de audiencia, la cifra de seguimiento de un programa, no equivale a una identificación ideológica o afectiva del espectador con sus contenidos.

 

No hay policía en el circo

Como el espectador no puede solucionar estos problemas por sí mismo, los poderes públicos, en todos los países del mundo, actúan para proteger al espectador. Las vías de protección son variadas y también distintas son las maneras como actúan. (...)

 

En España, esta protección del espectador se sustancia en un Código de Autorregulación firmado en la primavera de 2005 por las principales cadenas de televisión y por el Gobierno. (...) El Código no es un texto legal; es más bien una declaración de intenciones que expresa el compromiso de los canales para cuidar la decencia de sus contenidos. Como es un código de autorregulación, los protagonistas del mandato no son los espectadores ni los poderes públicos, sino los propios canales: son ellos mismos los que deciden quién y cuándo y cómo se vulnera el Código, y en eso consiste la autorregulación.

 

Para poner en práctica el control, del Código dimana un organismo mixto encargado de atender las denuncias de los ciudadanos. Este organismo está compuesto por canales y Gobierno, con una pequeña representación –proporcionalmente irrelevante– de las asociaciones de usuarios de la tele. Las denuncias deben ser depositadas en una página web habilitada al efecto [tvinfancia.es]. Una vez recibida la denuncia, el organismo evalúa su viabilidad.

 

En el primer año de vigencia del Código, el organismo de control sólo ha aceptado doce denuncias de violaciones de la norma. Para que nos hagamos una idea, en ese mismo periodo las asociaciones de telespectadores han señalado más de setecientas vulneraciones del Código. Los programas denunciados (no más de siete) han seguido en antena con sus mismos contenidos.

 

Regulación y autorregulación

Un medio que por su propia inercia tiende cada vez más hacia el espectáculo, forzosamente tenderá también a eludir cualesquiera mecanismos de control jurídico o ético: la sensación general, entre los profesionales de la televisión, es que la policía no tiene nada que hacer en el circo porque el cómico tiene bula. Y mientras siga habiendo espectadores complacientes –y los seguirá habiendo, y cada vez más dependientes del aparato–, los canales harán todo lo posible para permanecer ajenos a cualquier exigencia de carácter público.

 

Ahora bien, la comunicación es algo que se produce en el ámbito de lo público, forma parte de la vida pública, no se reduce a una transacción privada entre quien ofrece espectáculo y quien lo consume. (...) Ninguna sociedad consciente puede permitir que esta fuerza circule sola, a su propia conveniencia, al margen o, mucho menos, en contra de la sociedad.

 

Por eso hace falta definir unos nuevos parámetros éticos en torno a la televisión desde el punto de vista del consumo de entretenimiento.

Exigencias de responsabilidad

 

¿Dónde están los límites del espectáculo? ¿Hasta dónde son válidos los reclamos del productor de televisión con el objetivo de ganar audiencia? ¿Por qué vías puede el espectador defender sus propios derechos? ¿Y cuál debe ser el lugar de las empresas de comunicación, de los profesionales y de los gobiernos en este juego?

 

Nuestras respuestas giran en torno a tres convicciones:

Primera, que los medios de comunicación no dejan de tener responsabilidades públicas por el hecho de atender a estrategias comerciales privadas. La orientación hacia el espectáculo no libera a la empresa de obligaciones de carácter social.

 

Segunda convicción, que los profesionales siguen siendo responsables de la dimensión pública de su trabajo. El paso de la figura del informador a la figura del comunicador no puede significar una desaparición de toda responsabilidad, sino, en todo caso, una adaptación a las nuevas circunstancias. El Código vigente, que seguramente debería ser ampliado con otros conceptos, tiene que poseer la suficiente fuerza coercitiva para orientar eficazmente la responsabilidad de los profesionales.

 

Tercera convicción, que hay que promover por todos los medios la participación pública de los ciudadanos. Cuanto más poderosos son los instrumentos de comunicación de masas, más hay que precaverse para que la persona guarde su autonomía frente a esta nueva forma de poder. Esta participación puede materializarse a través de distintas vías.

 

Las cadenas de televisión siempre defenderán que ninguna coerción debe atar su camino; invocarán para ello su libertad. Pero la sociedad, y muy en primer lugar los ciudadanos, deberíamos argumentar que frente a esa libertad de los canales hay otra más importante, a saber, nuestra propia libertad de personas singulares. Los controles éticos y jurídicos son instrumentos que trabajan a favor de la libertad de los ciudadanos. Por eso es imprescindible reivindicar una y otra vez la necesidad de tales controles. Porque lo que hay detrás no es una simple actividad de entretenimiento, de recreo, sino el universo de principios, de convicciones, sobre el cual se construye una sociedad.

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