Sociedad

Septiembre, 11

Escrito por Julio Narro. GEA-Madrid II. Publicado en Terrorismo.

Una reflexión sobre el desencanto de la época moderna a partir del 11-S.


En cierta ocasión, después de haber visto una película inglesa, alguien me dijo que no le hablara de otra cosa que no fuera el tiempo y el fútbol. O sea algo meramente superficial, como corresponde a una mentalidad moderna que rechaza todo lo que no sea epidérmico. Por otra parte, cada vez es más frecuente acusar a nuestro tiempo de ser una "época de desencanto". Existe abundante literatura donde se habla de la crisis de nuestro tiempo. Ha desaparecido el desenfado de los años 60 y se lamentan los resultados habidos en los hijos. En los 70 se hablaba de crisis y el pesimismo de los 80 se prolonga hasta decir que nos hallamos en un "callejón sin salida".

Es cierto que las grandes utopías salvadoras han entrado en crisis. El "hombre ilustrado" está falto de convicciones, el "hombre liberado" programado por el psicoanálisis freudiano ha quebrado, el "hombre justo" predicado por el mundo "comunista" no sabe donde mirar desde 1.989. Refiere D. Aurelio Fernández, doctor por varias Universidades, que en la Feria del Libro de Frankfurt en 1.984, se exponían 4.000 libros que hacían referencia a "1.984", título de la novela de George Orwell, y mostraban que las previsiones de aquella obra futurista se habían cumplido solo en los errores y horrores que satirizaba el autor, pero no se había alcanzado ninguno de los logros positivos que se propugnaban en aquella obra.

Según esta literatura, la época actual es un tiempo acabado e incapaz de ofrecer soluciones. Ni el burgués, ni el pensador ateo, agnóstico o laico, ofrecen soluciones válidas que tengan continuidad. Estamos ante una serie de generaciones que envejecen sin aportar otra cosa que desesperanza, muy confortable, eso hay que reconocerlo. Julián Marías dice que vivimos "una deliberada falsificación" de la historia, un tiempo de "dominio de la mentira", especialmente en algunos aspectos que afectan inmediatamente al hombre y a la familia, hasta el punto que parece que la humanidad marcha encantada "hacia el zoologismo". Abundante muestra de ello se puede apreciar en la tele y en importantes diarios ilustrados.

Exagerado o no este pesimismo existencial, lo cierto es que el optimismo racionalista que proclamaba el uso exclusivo de la razón para conquistar la libertad y felicidad ya no se lo cree casi nadie, antes al contrario, amenaza al hombre de nuestro tiempo con la desesperación. Se había convencido al personal de que con mucha atención al cuerpo y poca al espíritu se solucionaban los problemas. Todos los problemas estaban en vías de solución, e incluso el de la muerte que, al menos, quedaba aparcada. Se ha olvidado que si algo define la vida humana es el riesgo y la precariedad. Todo lo humano es extremadamente frágil, el cuerpo, la familia, el amor, la economía, todo. La existencia entera del hombre está sometida a continuas pruebas que la amenazan.

Como decía un amigo mío cuando habló sobre: "La tierra, hogar del hombre", hay que reconocer que "vivimos de milagro". Por eso, la petición de auxilio es un gesto espontáneo de cualquier hombre en momento difíciles de su vida. A veces, el grito tiene resonancia universal como el del 11 de septiembre. Y como un "signo de los tiempos", a pesar de tanta secularización inducida, se detecta una difusa exigencia de espiritualidad que, en gran parte se manifiesta en una creciente necesidad de orar. Sin atenerse a diferencias religiosas, la gente busca la manera de orar, pero no sabe como hacerlo. Le han enseñado informática o psicología, pero no le han enseñado a rezar.

La vida y esperanzas del hombre no pueden estar supeditadas a la precariedad de su existencia y al dramatismo de un desenlace definitivo. La inflexión de la crisis ha de estar vinculada al hecho de que la vida del hombre está orientada al infinito y no se extingue o termina en el velatorio. Es necesario, por tanto, que en sus planteamientos intervenga, de forma clara, el factor de la trascendencia. Mientras el hombre quiera prescindir de Dios y se deje guiar al modo en que "un ciego guía a otro ciego",fracasará sin remedio.

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