Sociedad

Transigencia

Escrito por Julio Narro GEA-Madrid II. Publicado en Terrorismo.

Los atentados del 11 de septiembre, además de ser tan odiosos como cualquier otro, añaden la circunstancia de sus colosales proporciones hasta alcanzar una magnitud que la mente humana se resiste a comprender e incluso a imaginar. Ha sido necesario que las imágenes fueran repetidas una y otra vez para llegar a convencernos de que se trataba de una realidad y no de la ficción de una película de cataclismos cósmicos. Y después de enterarnos de esa triste realidad, no es posible entender ni explicar semejante barbarie.


Cuando se produce un acontecimiento que rebasa la limitada capacidad de entendimiento de la mente humana, se encienden las alarmas e incluso se funden los plomos cuando el dramatismo de los hechos nos obliga a reconocer la inconsistencia vital que habitualmente suele acompañarnos en nuestros actos diarios. En semejante tesitura, entre las diversas opciones que se ofrecen para sacudirse el trauma, se puede acudir a un especialista en remedios psíquicos o mantenerse en la situación de "depre" prolongada e incluso hay mucha gente que siente el impulso de tratar a Dios un poco más en serio y dejar de considerarlo como si fuera un florero.

Cuando se sale de lo cotidiano -en situaciones más o menos dramáticas y dolorosas- se puede observar la vida desde otra perspectiva. Ello hace que podamos valorar las cosas con criterios distintos, y puede que más objetivos que los que estamos acostumbrados a utilizar. En esas circunstancias es cuando es fácil pensar, como Rafael Alvira que: " se puede vivir sin los gozos de un buen arte, pero se vive tristemente. Se puede vivir sin una buena filosofía, pero se vive desconcertadamente. Se puede vivir sin la paz de una buena religión, pero se vive mal".

De este modo se podría explicar el fuerte movimiento que se ha verificado en los sentimientos religiosos del pueblo norteamericano, según se ha podido manifestar en actos de la vida pública de la nación y en actitudes individuales que se repiten en la calle como el de solicitar la confesión a un sacerdote católico identificado por su indumentaria. Es curioso que la blasfemia de cometer un acto inhumano, de horrendas consecuencias, invocando a Alá, haya sido motivo para que mucha gente, cristiana o no, haya buscado el consuelo de la religión.

Ser consecuente con las actitudes religiosas supone practicar un esforzado ejercicio de tolerancia, comprensión y, como decía el Beato Josemaría Escrivá, "ahogar el mal en abundancia de bien". Pero la tolerancia no quiere decir transigencia o indiferencia con lo que se refiere a la verdad, la belleza o el bien. Una cosa es la tolerancia y comprensión con las personas, que siempre hay que procurar, aunque no nos entiendan o estén equivocadas y otra cosa bien distinta es tolerar y admitir cualquier idea por disparatada y perversa que pueda ser.

Existen personas, incluso entre las que se creen cristianas, que equiparan al Islam con el cristianismo, y piensan que el Islam es una versión árabe del cristianismo con ligeras variantes. Y lo hacen con buena intención, convencidos de que se comportan de acuerdo con espíritu evangélico y piensan que la tolerancia es lo mismo que la confusión. Sin embargo, pensar de este modo es una tremenda muestra de ignorancia porque nunca se podrá decir que las religiones son similares. Si una tiene la verdad en su totalidad, la otra no. Y tampoco pueden tener el mismo fin. No se puede caer en la ingenuidad de respetar las ideas de otro, en algún aspecto, sus ideas se puedan asemejar algo a las nuestras. Son respetables todas las personas, sin excepción; pero no todas las ideas merecen respeto.

El Islam es una totalidad sociopolítica, cultural y religiosa. La mezquita no solo es un lugar de oración musulmán, sino también de estudio y de debates políticos. Y de hecho allí han nacido muchas revueltas y rebeliones en el mundo musulmán. Quien se convierte al Islam, realiza no solo un acto religioso, sino también una elección política, social, cultural y jurídica. Se puede ser, por ejemplo, croata o servio, pero si uno de ellos se convirtiera al Islam, sería llamado musulmán, como si hubiera perdido su origen étnico.

El P. Samir Khalil Samir, profesor de islamología en la Universidad de Beirut está convencido de que las relaciones entre cristianos y musulmanes resultan asimétricas. En los países de Occidente, un número cada vez mayor de inmigrantes musulmanes encuentran total libertad para vivir su fe, sin pretender muchos de ellos integrarse en la cultura del país. En cambio en los países islámicos, los cristianos sufren en muchos casos la intolerancia, bien por disposiciones legales, bien por la violencia de grupos extremistas. ¿Cómo puede vivir un cristiano en un sistema musulmán que tiene por fin la islamización de todos los aspectos de la vida social?.

El Islam interfiere incluso en las cosas más nimias. Por ejemplo, un cristiano en Egipto no puede criar un cerdo, porque eso molesta a cualquier musulmán. La mujer cristiana que se casa con un musulmán tiene derecho en teoría a seguir siendo cristiana. Pero no heredaría, y los hijos serían considerados legalmente como musulmanes, aunque estuvieran bautizados. En caso de divorcio, la custodia de los hijos se confía automáticamente "a la mejor parte", como dice la ley, es decir, a la musulmana. Por el contrario, el Islam no autoriza, por ley, el matrimonio entre una musulmana y un cristiano. El motivo es político, el matrimonio no es un asunto de amor, es un proyecto de sociedad que sirve también para aumentar el número de los creyentes musulmanes.

Un musulmán que se convierta al judaísmo o al cristianismo, debe ser matado por apóstata. Es evidente que no se puede hablar de libertad de conciencia. El sistema islámico es coherente hasta el extremo y confiere a la persona una gran sensación de fuerza, pero no deja espacio a los individuos para que sean libres, ni consiente que sean distintos. No es por casualidad que la democracia ha nacido en el mundo cristiano, y no en el mundo musulmán, ni en el budista o el hindú.